Desde el primer momento supe que algo no andaba bien.
Mi madre llamó quedamente a la puerta de la pieza y me pidió que por favor saliera, que ella y el viejo tenían que hablar muy seriamente conmigo. Ella sabía que bajo ningún concepto debía molestarme cuando me encerraba en mi refugio. Por eso intuí que un oprobioso sino se cernía sobre mi futuro.
Le contesté como siempre, con una buena puteada, y ella no se inmutó. Gradualmente la había acostumbrado a que la tratara con muy poca o ninguna cortesía, por lo que ya no hacía caso a mis réplicas mordaces, no obstante, ante su pesada e inoportuna insistencia, concedí a lo que me pedía.
Los viejos estaban en la cocina, así que la cosa debía ser importante. Era un lugar pequeño, mal ventilado y peor iluminado, pero era el centro neurálgico de la casa. Todas las decisiones importantes se tomaban allí. Más de una vez tuve que soportar ahí las peroratas sugiriéndome que estudiara, primero, o que trabajara, cuando asumieron por fin que los libros no eran lo mío. Nunca les di bola. ¿Para qué? Así como estaba, estaba bien.
Mi vieja, sentada en su lugar, la cabeza un tanto ladeada, la mirada baja y las manos sobre el regazo, con la actitud distante y resignada de quien ya no tiene ninguna esperanza me miraba furtivamente con los ojos empañados.
El viejo estaba en el suyo, rígido, envarado y distante. Noté que apretaba los carrillos y que sus sonrosados mofletes estaban hinchados. Minúsculas gotas de perlado sudor salpicaban su arrugada frente y su lustrosa calva.
Me senté en mi lugar, me repatingué en la silla y los miré a los dos con un indisimulado desdén. La pregunta que flotaba en el aire era ¿y ahora que mierda quieren? Ellos y yo sabíamos que no era necesario formularla.
¡Pobre hijo mío! Lo veo ahí sentado, confundido e indefenso y se me parte el corazón. Le dije a Esteban, le dije mil veces que lo trata con mucha rudeza. Si hasta parece que no lo quiere… pobrecito mi bebé, porque para mí siempre va a ser mi bebé. El confía en nosotros. A su manera nos quiere. Yo me doy cuenta, incluso, que cuando me putea lo hace de manera contenida, con cierta cortesía, casi con cariño. No se merece lo que Esteban le va a decir. De ninguna manera se lo merece. Si, está bien, el nene dejó la secundaria, pero yo se lo que sufrió, el me contaba como las profesoras lo maltrataban, insistían en amedrentarlo con ceros, eran intolerantes con el. Como esa vez que, seguramente sin pensarlo, agobiado por el maltrato, tomo del cuello a la de matemática y le pego un puñete en el ojo. ¡Que escándalo que hicieron! Maltratan a los chicos y después no se la aguantan.
Después, cuando quiso conseguir trabajo, no hubo nunca nada digno de el. Yo no voy a consentir que Nacho se arruine la salud en unos de esos oficios aberrantes. El está para cosas mejores, es alto, buen mozo, inteligentísimo y, cuando no putea mucho, hasta simpático. La culpa la tiene Esteban. Siempre le exigió demasiado. Me acuerdo cuando el nene enroscó el auto en un árbol, corriendo picadas con sus amiguitos. ¡Como se puso! Lo quería matar, no entendía razones. En vez de alegrarse por que no le había pasado nada, reaccionó como una bestia. Está bien que hacía solo dos semanas que había sacado el 0km. de la concesionaria, pero no era para que se pusiera así. Con el cinto le quería pegar el desalmado. Me interpuse, como haría toda madre, defendí a mi retoño. ¡Tanto escándalo por una travesura! Después hable con Nachito, le expliqué cariñosamente que lo que había hecho no estaba bien, que papi estaba un poco enojado por que había hecho un gran sacrificio para comprar el auto y ahora no servía más y que agradeciera a la Virgencita que no se había hecho nada. Yo se que me entendió. Me puteó, si, como hace siempre. Creo que también me dijo “andate a la recalcada concha de tu madre”, no escuché bien, porque tuve que esquivar el velador que me tiró mientras lo decía. Ahí si me enoje un poco, y para que viera que la cosa iba es serio lo mandé a la cama sin comer el postre.
Lo veo y no lo puedo creer. ¿Es posible que semejante pedazo de bosta lleve mi apellido? ¿Qué sea mi hijo? ¡Que hemos criado, Dios mío! Un inservible, bueno para nada, parásito repugnante. A veces dudo ¿No será este engendro fruto de una infidelidad de Helena? ¿Seré un cornudo ignorante, que tiene que cargar con semejante lastre? Que Dios me perdone pero es la única explicación razonable que se me ocurre.
Y la culpa la tiene Helena, por darle todos los gustos, mimarlo, consentirlo. Por este pajero, para darle todo lo que pide, estoy endeudado hasta las pelotas. Hipotequé la casa, saqué créditos arriba de otros créditos… ¿y para qué? Ni siquiera lo agradece. Actúa como si tuviera derecho a todo. Encima sus cartas son cada vez más exigentes, sus demandas mas descabelladas.
Pero todo tiene un límite, y hoy lo voy a poner. Aunque la bruja llore, patalee y me amenace con que no la voy a tocar más (como si eso pasara tan seguido). Se lo vamos a decir, porque si esto continua nos va a destruir a todos.
La cosa se estaba poniendo densa y yo ya no tenía ganas de estar ahí, así que decidí tomar la iniciativa:
- Bueno che, a ver si me dicen para que me llamaron, que ya me hinché las pelotas de verles las caras de tujes que tienen los dos.
- Mirá, sorete de mierda…
- No, no Esteban, así no, deciselo bien, por favor.
- Bueno, esta bien. Mirá hijo, con tu madre tenemos que decirte algo muy importante, algo que va a derrumbar tu vida de fantasía. Vos no quisiste estudiar y ahora no querés trabajar. Está bien, me la banco. Sos un vago vividor y eso ya no tiene remedio. Pero esto que te voy a decir, hace mucho que tenia que haberlo hecho. No podemos sostener más lo que a esta altura es una mentira descarada y de la que vos, si tuvieses dos dedos de frente, tendrías que haberte dado cuenta solito.
- Tenés que ser fuerte nachito…
- Dejame seguir, Helena. Mirá Ignacio, me voy a dejar de dar vueltas y te lo voy a decir de una buena vez: Papá Noel no existe.
Me quedé atónito, anonadado, no sabía como reaccionar. ¿Pero entonces la bici con cambios, el equipo de música, el reproductor de DVD, el plasma, la comp., el cuatriciclo… quien…?
Mi viejo pareció leer mi pensamiento.
- Nosotros, siempre fuimos nosotros. Tu madre siempre me convenció para que mantuviéramos la fantasía. Inofensiva -decía ella-, yo no estaba tan seguro. Pero no podemos más. Estamos en bancarrota y sencillamente, a esta altura, me importa un carajo romper tu ilusión.
- ¡No lo puedo creer, así que ustedes! ¡Después de todos estos años de escribir esas cartas pelotudas y obsecuentes, resulta que el viejo ese ni siquiera existe!
Veo que mi vieja sufre, aunque parece algo aliviada. El viejo, en cambio, está exultante. Disfruta el momento.
Después de pensarlo un rato, decido mandarlos bien a la mierda ¡Que me importa que Papá Noel no exista! Total, la Play Station 3 tenía pensado pedírsela a los Reyes.
domingo, 25 de julio de 2010
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
