jueves, 7 de octubre de 2010

"El fantasma del remordimiento"



- ¿Qué sentís por mí?
La pregunta, en su rotunda inocencia, lo tomó completamente desprevenido. Miró hacia arriba sin ver y su nuez de adán se convulsionó al tragar rápidamente saliva. ¿Qué intenciones verdaderas encubriría, así como fue formulada: neta, sin ambages ni prolegómenos? Al hacerla, incluso lo había tocado, casi rozado, con su mano pequeña y suave. Sentado en un taburete, con las piernas abiertas y los talones apoyados en el descanso, hizo acopio de valor y bajó la cabeza. Inhaló aire un par de veces, casi con desesperación, en un denodado e infructuoso intento por oxigenar sus ideas. Solo logró impregnar sus fosas nasales con su perfume embriagador, lo que confundió más su cerebro. Por un brevísimo instante, el que su escaso valor y su inocultable turbación le permitieron, le sostuvo la mirada. Solo eso le bastó para percatarse que ella se había parado frente a él, en el límite mismo del arco que formaba la abertura de sus ahora temblorosas piernas. La admiró nuevamente: la ensortijada y rebelde cabellera, el perfecto rostro, el par de almendrados y centelleantes ojos castaños, rodeados por discretas líneas que apenas anunciaban su muy bien llevada madurez, la espléndida y cautivadora sonrisa, el grácil cuello, el nacimiento de sus senos, que gallardos y generosos desafiaban, impertinentes la ley de la gravedad, el cuerpo pleno, grácil, elástico, dotado de todas las curvas y concavidades correspondientes.
No creyó justo que ella ahora lo sometiera, implacable, al duro trance de tener que responder una pregunta de ese calibre. ¿Acaso no eran amigos? Un pistoletazo en el centro de su corazón le hubiese dañado menos. ¿Qué debía responder? ¿Debía responder? Sopesó por un instante dejar correr la situación, ignorar el interrogante planteado, cambiar de tema, hablar de la incidencia de la cotización del dólar en la exportación agropecuaria o de los infortunios de su equipo de fútbol favorito. Instintivamente supo que no era posible. Se esperaba de él una respuesta.
Sus sentimientos, soterrados bajo el pesado edificio de su arraigada moralidad, se debatían denodadamente. Había sido educado para doblegar sus instintos, sublimar sus pulsiones, acotar su comportamiento a las firmes pautas de la fidelidad, la honradez, el sentido común. Estaba seguro que cualquier acción suya que se apartara de esos nobles preceptos ocasionaría que una pesada e insostenible culpa lo embargara y no lo dejara vivir. Su vida quedaría a merced del implacable fantasma del remordimiento, que lo perseguiría impiadoso, que se interpondría entre él y la felicidad. Su alma atormentada no conocería la paz y el sosiego jamás. El incansable y omnipresente fantasma se encargaría de ello.
Volvió a mirarla, y con los ojos inundados de lágrimas, le contestó.
Se encontraba ahora, recostado en la cama, su brazo izquierdo detrás de su cabeza, tranquilo y relajado, sintiendo una calma, una paz y una felicidad que nunca había soñado sentir. Con su mano libre la acarició suavemente. Dormía con un ligero ronquido acompasado y no la quiso despertar. Después de dos turbulentas y apasionadas horas el también hubiese querido imitarla. Pero no podía. Esperaba al fantasma de la culpa y el remordimiento. Lo que había hecho, por maravilloso que fuese, estaba mal. Mirando fijamente su reflejo en el cielorraso espejado apenas podía reconocerse. ¿Ese era él? ¿Por qué sonreía satisfecho? Poco le iba a durar, reflexionó. El fantasma ya estaría al caer. Su dedo acusador lo señalaría, su sombra lo perseguiría por el resto de sus días.
Cansado de esperar, se durmió. Durmió un sueño profundo y reparador y por eso no pudo ver cuando una figura etérea y ominosa se corporizó en la habitación y pareció ocuparla toda con su presencia; de su rostro solo se distinguían dos fulgurantes ojos rojos que escrutaron ceñudos la escena que tenían ante si. La figura, flotando como solo los fantasmas saben hacerlo, se acercó hasta él, se inclinó, y con una mano huesuda y descarnada le apartó un mechón de pelo de la transpirada frente, en un gesto casi maternal. “Por fin, pibe” le susurró, y se fue.

domingo, 25 de julio de 2010

"Todo tiene un límite"

Desde el primer momento supe que algo no andaba bien.
Mi madre llamó quedamente a la puerta de la pieza y me pidió que por favor saliera, que ella y el viejo tenían que hablar muy seriamente conmigo. Ella sabía que bajo ningún concepto debía molestarme cuando me encerraba en mi refugio. Por eso intuí que un oprobioso sino se cernía sobre mi futuro.
Le contesté como siempre, con una buena puteada, y ella no se inmutó. Gradualmente la había acostumbrado a que la tratara con muy poca o ninguna cortesía, por lo que ya no hacía caso a mis réplicas mordaces, no obstante, ante su pesada e inoportuna insistencia, concedí a lo que me pedía.
Los viejos estaban en la cocina, así que la cosa debía ser importante. Era un lugar pequeño, mal ventilado y peor iluminado, pero era el centro neurálgico de la casa. Todas las decisiones importantes se tomaban allí. Más de una vez tuve que soportar ahí las peroratas sugiriéndome que estudiara, primero, o que trabajara, cuando asumieron por fin que los libros no eran lo mío. Nunca les di bola. ¿Para qué? Así como estaba, estaba bien.
Mi vieja, sentada en su lugar, la cabeza un tanto ladeada, la mirada baja y las manos sobre el regazo, con la actitud distante y resignada de quien ya no tiene ninguna esperanza me miraba furtivamente con los ojos empañados.
El viejo estaba en el suyo, rígido, envarado y distante. Noté que apretaba los carrillos y que sus sonrosados mofletes estaban hinchados. Minúsculas gotas de perlado sudor salpicaban su arrugada frente y su lustrosa calva.
Me senté en mi lugar, me repatingué en la silla y los miré a los dos con un indisimulado desdén. La pregunta que flotaba en el aire era ¿y ahora que mierda quieren? Ellos y yo sabíamos que no era necesario formularla.
¡Pobre hijo mío! Lo veo ahí sentado, confundido e indefenso y se me parte el corazón. Le dije a Esteban, le dije mil veces que lo trata con mucha rudeza. Si hasta parece que no lo quiere… pobrecito mi bebé, porque para mí siempre va a ser mi bebé. El confía en nosotros. A su manera nos quiere. Yo me doy cuenta, incluso, que cuando me putea lo hace de manera contenida, con cierta cortesía, casi con cariño. No se merece lo que Esteban le va a decir. De ninguna manera se lo merece. Si, está bien, el nene dejó la secundaria, pero yo se lo que sufrió, el me contaba como las profesoras lo maltrataban, insistían en amedrentarlo con ceros, eran intolerantes con el. Como esa vez que, seguramente sin pensarlo, agobiado por el maltrato, tomo del cuello a la de matemática y le pego un puñete en el ojo. ¡Que escándalo que hicieron! Maltratan a los chicos y después no se la aguantan.
Después, cuando quiso conseguir trabajo, no hubo nunca nada digno de el. Yo no voy a consentir que Nacho se arruine la salud en unos de esos oficios aberrantes. El está para cosas mejores, es alto, buen mozo, inteligentísimo y, cuando no putea mucho, hasta simpático. La culpa la tiene Esteban. Siempre le exigió demasiado. Me acuerdo cuando el nene enroscó el auto en un árbol, corriendo picadas con sus amiguitos. ¡Como se puso! Lo quería matar, no entendía razones. En vez de alegrarse por que no le había pasado nada, reaccionó como una bestia. Está bien que hacía solo dos semanas que había sacado el 0km. de la concesionaria, pero no era para que se pusiera así. Con el cinto le quería pegar el desalmado. Me interpuse, como haría toda madre, defendí a mi retoño. ¡Tanto escándalo por una travesura! Después hable con Nachito, le expliqué cariñosamente que lo que había hecho no estaba bien, que papi estaba un poco enojado por que había hecho un gran sacrificio para comprar el auto y ahora no servía más y que agradeciera a la Virgencita que no se había hecho nada. Yo se que me entendió. Me puteó, si, como hace siempre. Creo que también me dijo “andate a la recalcada concha de tu madre”, no escuché bien, porque tuve que esquivar el velador que me tiró mientras lo decía. Ahí si me enoje un poco, y para que viera que la cosa iba es serio lo mandé a la cama sin comer el postre.
Lo veo y no lo puedo creer. ¿Es posible que semejante pedazo de bosta lleve mi apellido? ¿Qué sea mi hijo? ¡Que hemos criado, Dios mío! Un inservible, bueno para nada, parásito repugnante. A veces dudo ¿No será este engendro fruto de una infidelidad de Helena? ¿Seré un cornudo ignorante, que tiene que cargar con semejante lastre? Que Dios me perdone pero es la única explicación razonable que se me ocurre.
Y la culpa la tiene Helena, por darle todos los gustos, mimarlo, consentirlo. Por este pajero, para darle todo lo que pide, estoy endeudado hasta las pelotas. Hipotequé la casa, saqué créditos arriba de otros créditos… ¿y para qué? Ni siquiera lo agradece. Actúa como si tuviera derecho a todo. Encima sus cartas son cada vez más exigentes, sus demandas mas descabelladas.
Pero todo tiene un límite, y hoy lo voy a poner. Aunque la bruja llore, patalee y me amenace con que no la voy a tocar más (como si eso pasara tan seguido). Se lo vamos a decir, porque si esto continua nos va a destruir a todos.
La cosa se estaba poniendo densa y yo ya no tenía ganas de estar ahí, así que decidí tomar la iniciativa:
- Bueno che, a ver si me dicen para que me llamaron, que ya me hinché las pelotas de verles las caras de tujes que tienen los dos.
- Mirá, sorete de mierda…
- No, no Esteban, así no, deciselo bien, por favor.
- Bueno, esta bien. Mirá hijo, con tu madre tenemos que decirte algo muy importante, algo que va a derrumbar tu vida de fantasía. Vos no quisiste estudiar y ahora no querés trabajar. Está bien, me la banco. Sos un vago vividor y eso ya no tiene remedio. Pero esto que te voy a decir, hace mucho que tenia que haberlo hecho. No podemos sostener más lo que a esta altura es una mentira descarada y de la que vos, si tuvieses dos dedos de frente, tendrías que haberte dado cuenta solito.
- Tenés que ser fuerte nachito…
- Dejame seguir, Helena. Mirá Ignacio, me voy a dejar de dar vueltas y te lo voy a decir de una buena vez: Papá Noel no existe.
Me quedé atónito, anonadado, no sabía como reaccionar. ¿Pero entonces la bici con cambios, el equipo de música, el reproductor de DVD, el plasma, la comp., el cuatriciclo… quien…?
Mi viejo pareció leer mi pensamiento.
- Nosotros, siempre fuimos nosotros. Tu madre siempre me convenció para que mantuviéramos la fantasía. Inofensiva -decía ella-, yo no estaba tan seguro. Pero no podemos más. Estamos en bancarrota y sencillamente, a esta altura, me importa un carajo romper tu ilusión.
- ¡No lo puedo creer, así que ustedes! ¡Después de todos estos años de escribir esas cartas pelotudas y obsecuentes, resulta que el viejo ese ni siquiera existe!
Veo que mi vieja sufre, aunque parece algo aliviada. El viejo, en cambio, está exultante. Disfruta el momento.
Después de pensarlo un rato, decido mandarlos bien a la mierda ¡Que me importa que Papá Noel no exista! Total, la Play Station 3 tenía pensado pedírsela a los Reyes.

jueves, 3 de junio de 2010

"La revelación"


Adolfo Federico Reinhart no era un hombre de andarse con vueltas, Adolfo Federico Reinhart no era un hombre de andar eludiendo responsabilidades, Adolfo Federico Reinhart, en fin, no era un hombre.

No en el sentido que su germana apariencia indicara. Era un fornido descendiente de alemanes. Su metro noventa y cinco, sus ciento siete kilos, su rubicundo rostro con marcas de viruela, sus pobladas cejas, unidas en el puente de su ganchuda nariz, los ojos celestes desteñidos, casi grises, de mirar penetrante y definitivo, el pelo rubio cortado a cepillo y ahora aclarado por canas que delataban su mediana edad; imponían respeto.

No obstante su viril y ruda apariencia, Adolfo escondía, en lo más recóndito de su ser, un secreto. No sabía a ciencia cierta por qué, pero desde su más tierna infancia sentía una total e indeclinable atracción hacia las personas de su mismo sexo. Recordaba todavía sus Navidades y Reyes, cuando, en posesión de su pelota de fútbol, de su autito, de su revolver a cebita o de cualquier otro juguete convenientemente varonil, envidiaba secretamente la muñeca, el jueguito de cocina, el vestidito que puntualmente recibía su hermana menor.

Su precoz inclinación finalizó, en su infancia al menos, a los catorce años. Su padre lo sorprendió una tarde que regresara temprano del trabajo; vestido con ropas de su madre, maquillado y manipulando de manera poco apropiada un voluminoso pepino, hortaliza infaltable en la ensalada del almuerzo dominical de la familia.

Años más tarde, su madre le contaría que recién al tercer día de internación en terapia intensiva el médico le pudo informar, con cierto grado de certeza, que sobreviviría a la feroz paliza.

Su padre era inflexible, rígido en sus pautas, no toleraba la menor disidencia. Partidario acérrimo del castigo corporal como método pedagógico infalible. Nunca dudó en utilizar la voluminosa hebilla de su cinto cuando era necesario enderezar a su retoño.

Nunca admitiría la menor falla en su prole.

Así las cosas, Adolfo hizo un esfuerzo sobrehumano para erradicar su abominable desviación y desarrollar una vida normal. Se casó con una fornida mujer, a la que apenas soportaba, y engendró dos hijos, a los que educó en el duro código ético y moral que había aprendido; aunque todavía en la actualidad, bien entrado en los cincuenta, le costaba un arduo esfuerzo no mirar demasiado fijamente los cuerpos musculosos, húmedos y jóvenes de sus compañeros de trabajo, cuando compartían el vestuario de la fábrica.

Ahora su hijo mayor estaba frente a el, diciéndole unas palabras que le resultaban increíbles, pero al mismo tiempo, no le sonaban descabelladas. Al fin y al cabo era su hijo. Sangre de su sangre.

- Mirá viejo, ya se que no hay una forma fácil de decir esto, así que la hago corta. Soy gay. Me gustan los hombres, siempre me gustaron. Ahora mismo estoy en pareja con uno. Un muchacho maravilloso que me hizo entender que era inútil que negara mi esencia, mi verdadera personalidad. Se que esto no te va a caer bien, pero yo si lo estoy. Soy feliz, viejo, y si te cuento esto es porque no quiero tener ningún esqueleto guardado en el ropero. Quiero vivir una vida plena y no tener que arrepentirme de nada. No te pido que me entiendas y no te pido perdón, pero quiero...

Adolfo, en secreto, admiró la valentía de su hijo. Una mezcla de encontradas emociones se arremolinaban en su cerebro. ¡Como hubiera querido enfrentar de esa manera a su padre! La placa de titanio firmemente atornillada en su brazo y el dolor que sentía en sus huesos quebrados los días de humedad, le decían que no hubiese sido una buena idea. Sintió que debía hacer algo. No podía hablar. ¿Qué iba a decir? Así que sin pensarlo siquiera, obedeciendo a un impulso que partía de su más recóndita frustración y de un indemostrable orgullo por su hijo, extendió su fornido brazo derecho por sobre su hombro izquierdo y descargó un furibundo cachetazo de revés sobre el rostro de su primogénito. Lo vio volar, literalmente, por sobre la mesa ratona y caer despatarrado en un sillón. Lo vio levantarse a duras penas, vio en su rostro, marcado por sus nudillos, una ausencia total de sorpresa, como si no esperara otra cosa.

- Andate a la mierda, viejo hijo de puta – balbuceó su hijo, con la boca llena de sangre. Y se fue.

De repente, Adolfo comprendió. Salió casi corriendo de su casa y subió a su automóvil. Se dirigió al asilo donde estaba internado su padre y que jamás había visitado.

En la recepción pidió verlo y le dieron las señas de cómo llegar a su habitación.

Lo encontró sentado en su silla de ruedas, solo, frente a la ventana, contemplando un lozano y florecido jardín primaveral.

- Hola, viejo – le dijo, sin el menor asomo de simpatía o compasión.

Su padre lo miró de soslayo y con el mentón le indicó que se sentara, como si su visita fuera cosa de todos los días.

- Marcos me acaba de confesar que es gay.

El viejo arqueó levemente las cejas, sin decir nada, en una mirada de interrogación.

- Que es gay, puto, trolo, eso me dijo – fue mas explicito Adolfo. – Y no me sorprendió, ¿sabés? Es curioso, casi lo esperaba. Hizo lo que yo nunca pude hacer. Todavía recuerdo la paliza que me diste. Tuve miedo, negué mi condición, enterré mis sentimientos, fui un infeliz. Pero ahora me doy cuenta el por qué de tu reacción; esto no es casualidad, ¿no es cierto, viejo? Vos hiciste conmigo lo que seguramente hicieron con vos. Porque ahora me doy cuenta de que vos también sos puto. Vos también sos un puto reprimido.

El viejo pareció encogerse en su silla y lo miró sin responder. Una lágrima brotó de sus legañosos ojos desteñidos.

Ambos desviaron la vista hacia la ventana, sin más que decir. Una gran mariposa multicolor se había posado sobre el alfeizar. Ante la perdida mirada de los dos, dedicó unos segundos a acicalarse y luego echó a volar, buscando una flor.

lunes, 17 de mayo de 2010

"Mano de hierro"


Si bien los desafortunados hechos que acaecieron en nuestro hospital fueron de público conocimiento, en parte supongo gracias al nivel de gravedad que alcanzaron y que motivó que fuésemos foco de atención de la prensa local, regional y hasta nacional, hubo algo que no trascendió: El porqué se llegó a una situación de esa naturaleza, sin retorno, apocalíptica. La erupción volcánica de las más bajas pasiones, el comportamiento descomedido de mis compañeros. Su actitud, por decirlo de una manera suave, casi criminal.
Porque, seamos sinceros, nada sucede gratuitamente. Todo tiene una causa, un por qué, un fundamento. Y en este caso en particular, mal que me pese decirlo, tengo algo de responsabilidad.
Nos habíamos acostumbrado, con el correr de los años, a desenvolvernos con indolencia, desinterés y molicie, en un clima de completa impunidad y estulticia. Sucesivas administraciones de proceder ineficaz y fraudulento nos habían sumido en un fangoso escenario de inmovilidad del que dudo ya que alguien pueda sustraernos.
La inopia e inoperancia se habían transformado ya en la regla, de la cual unos pocos (entre los cuales, modestia aparte, me incluyo) intentábamos ser la excepción. Pero ya estábamos desfalleciendo. La tumultuosa e implacable marejada de la mediocridad hacía que atravesarla nadando en contracorriente fuese una empresa desalentadora, más aún cuando la orilla resultaba estar siempre más lejana cada vez.
Por eso celebré cuando la nueva administración se hizo cargo. Era como vislumbrar una tenue luz al final del túnel, aunque a la postre esa tenue luz resultó ser el faro de un ciclópeo tren que nos terminó de desintegrar.
Cuando presentaron al nuevo director, un santiagueño de mirar manso y perenne sonrisa bonachona, supe enseguida que no iba estar a la altura. Ciertamente no necesitábamos bondad, tolerancia, paciencia, llamados al respeto y al trabajo mancomunado, valores a los que ya nadie hacía caso. Necesitábamos mano dura, consignas firmes y castigos ejemplares. Para colmo de males, su ladero, un ex delegado otrora combativo, devenido en administrador – interventor por la magia de la política y por la escasez de gente capacitada para el cargo, no parecía que fuese a ser de mucha utilidad, ya que como pronto nos percatamos, cualquier problema más o menos serio que se le planteara encontraba como respuesta una irónica y ronca risilla seguida de un “y bueno…” nada halagüeño.
Supe yo que, conocedor del paño y sus dobleces y con la ventaja de no tener ninguna responsabilidad y de no afrontar las gravosas facturas que indudablemente devengarían de tomar las decisiones que habría que tomar, tendría que iniciar una cruzada de esclarecimiento sobre el doctor, que dado su moroso carácter provinciano hubiese estado mejor empleado como médico rural que como director del serpentario que se había convertido nuestro querido hospital.
Por ello en la primera oportunidad que tuve le di a conocer mi acertado razonamiento:
- Doctor, usted debe manejar esto con dureza, debe hacer saber quien manda, los empleados, ya sean mucamas, enfermeros o médicos, deben saber que no cumplir con sus obligaciones supondrá una sanción, debe hacerse respetar, no ya por la razón, porque la situación ya está muy deteriorada para ello, sino por el temor. Debe ser la Némesis que barra con las malas costumbres y la impunidad. Tenemos un reglamento que determina nuestros derechos y obligaciones, hay que hacer dejar de lado un poco los primeros y hacer hincapié en los últimos. Tiene que borrar de su cara esa sonrisilla buenuda y tratar a todos con el ceño fruncido, dejando que la velada amenaza del castigo recaiga sobre quienes osen incumplir con lo que usted manda. Suena duro, doctor, pero créame, es la única manera de enderezar esto. Los buenos modales, los argumentos razonados y la benevolencia no sirven. No en este caso.
El pobre doctor me miró con sus ojos mansos, quizá sorprendido por la vehemencia de mis argumentos y solo atinó a responder, balbuceando apenas:
- Yo no soy así, tiene que haber una manera mejor de hacer las cosas…
- No, no la hay – respondí exasperado- ¿no lo entiende, acaso? Necesitamos la disciplina, aunque no la querramos. Tiene que aprovechar la oportunidad. Si deja pasar el tiempo, todos sus esfuerzos serán inútiles.
A su lado, el gordito comparsa se reía
- Je, je, je… Je, je… Je, je, je… Este es peor que Videla, che – dijo, refiriéndose a mí – Nosotros no vamos a hacer eso, somos socialistas, ¿entendés?
- Si piensan encarar las cosas así, háganse cargo de las consecuencias – apostrofé y me retiré.
No obstante, no cejé en mi empeño. Cada vez que tenia la oportunidad, volvía a repetirles, palabras más, palabras menos, los mismos argumentos. Lamentablemente, la manera pusilánime que tenían de llevar las cosas deterioró aún más la situación. El personal obraba a su antojo, no había ya regla o disposición que se acatara. El Doctor y su sempiterno adlátere comenzaron a esquivarme, mientras la anarquía campeaba en el lugar. Fue duro observar el deterioro físico y moral de dos personas bienintencionadas e inteligentes empeñadas en una batalla perdida de antemano por no querer esgrimir las armas adecuadas.
Pasaron los meses, y así como la gota de agua orada la piedra, mi predica fue haciendo mella en el carácter apacible del doctor. Con gran satisfacción vi que comenzaba a tomar actitudes más duras, aunque no con la energía y en la medida que hubiesen sido necesarias y por supuesto, no con los resultados esperados. Es muy difícil volver al redil a las ovejas díscolas.
- ¿Vos querías mano dura? Vení a la reunión y vas a ver… vas a ver… esto se terminó- me dijo la última ocasión que tuve que hablar con el. No pude dejar de notar la terrible presión a la que se veía sometido, que se delataba sobre todo en su mirada un tanto extraviada, en un persistente tic nervioso que estremecía su flaca mejilla y en un leve indicio de espuma salivácea que aparecían en las comisuras de su boca, torcida en una sonrisa no ya bonachona sino –se me ocurrió – un tanto enajenada.
En ese preciso momento supe que nada bueno podía ocurrir.
El salón designado para la mencionada reunión estaba atestado, era la primera vez en mucho tiempo que un director obligaba a hacer algo, y para muchos era una novedad.
Él, ceñudo, nos observaba a todos con una mueca de disgusto. El interventor retorcía su voluminoso cuerpo y no dejaba de emitir una risita nerviosa e incómoda.
Pidió silencio con autoridad, no exenta de malos modales y ante un auditorio perplejo comenzó una fuerte y apasionada perorata en la que con términos duros y descarnados expuso todas las iniquidades que cometía sistemáticamente el personal. No pude reprimir cierto asomo de orgullo al notar que su apasionado discurso abrevaba en las numerosas charlas que habíamos mantenido y en las que yo había tratado, hasta ese esclarecedor momento pensaba yo, de aleccionarlo en vano.
Pasado el primer instante de sorpresa, su atónito auditorio comenzó a inquietarse. Siempre he notado que basta una reprimenda a alguien totalmente inicuo para que adopte una actitud de indignada afrenta y rebata con vehemencia cualquier acusación por fundada que esté. Si multiplicamos esta actitud por un centenar, pueden darse una idea aproximada del clima que rápidamente fue formándose en el recinto.
Estaba ya el doctor fuera de sí. Su precipitada y altisonante verba salpicaba la primera fila de furiosos e indignados oyentes cuando ocurrió. Un objeto contundente (tiempo después supe que había sido el reloj de un tensiómetro) arrojado desde el anonimato, surcó raudo el salón y pegó con fuerza en su frente, cortándola. Un considerable reguero de sangre cayó, resbalando por su arco superciliar, recorriendo el contorno de su nariz y boca para caer de su barbilla. Esa fue la señal. El personal, que a esta altura era ya una turbamulta embravecida, renegó de cualquier criterio de urbanidad y razonamiento y se arrojó, como un solo hombre, sobre el aturdido doctor, propinándole una soberana paliza. Un griterío aterrador lleno de aullidos y vituperios enmarcó la dantesca escena.
Afortunadamente, como estaba cerca de la puerta, pude rápidamente escapar al pasillo. Un momento después, con la ropa hecha jirones y la cara cubierta de arañazos y cardenales, salió gateando el interventor. Pesadamente se tumbó, apoyando la espalda contra la azulejada pared y con los ojos llenos de lágrimas me miró.
- Que cagada – fue lo único que musito, tembloroso. Advertí que ya no reía.
Al doctor no lo vi más. Después supe que los mismos que participaron de su cuasi linchamiento, quizá asustados por lo que habían hecho, lo socorrieron. Los mismos médicos y enfermeras que instantes antes acometían con fiereza contra él, cosieron y vendaron sus heridas, redujeron sus fracturas y lo derivaron a Rosario. (Estos últimos gestos me hacen pensar que no está todo perdido).
Mucho tiempo después también me enteré que el doctor, del que piadosamente omito su nombre, curadas ya sus heridas físicas y mentales, había recuperado su proverbial tranquilidad provinciana, atendiendo un consultorio en Añatuya, su pueblo natal; en donde sus dóciles pacientes todavía le pagan las consultas con pollos, huevos o algunas mantas con motivos autóctonos, tejidas en telares caseros.

jueves, 6 de mayo de 2010

"Yo no me meto con nadie"

Los hechos y personajes de esta narración son absolutamente ficticios, cualquier parecido con hechos y personas de la vida real sería, en verdad, una triste coincidencia.
“…Yo no me meto con nadie, ¿entendés? a mi no me importa lo que hagan los demás. El problema, viejo, es que la gente acá no se cansa de meter las narices en la vida ajena. Que qué dijo, que qué hizo, que con quien está… No hermano, eso conmigo no va. A mi no me vas a encontrar dándole bola a esos puteríos. Yo voy de frente, si le tengo que decir algo a alguien, se lo digo en la jeta. De frente march.
Fijate que el agua esta un poquito fría, un poquito nomás.
Como te decía, che, ¡que quilombo fue esto!
Miralo a Fontevecchia ¡Presidente! Si cuando cayó acá se lo comían los piojos al croto ese, si hasta lástima te daba, ni plata para los puchos tenía. La cuestión es que un día aparece muy instalado en la oficina de la gerente administrativa, cebando mate, hablando boludeces, acomodando papeles, chupándole la media a la turra esa ¡Ay, que Sofía de aquí; ay, que Sofía de allá! La cuestión es que se enquisto ahí y no salio más y en cuanto te descuidás ¡Presidente! Uy dió no se puede creer, semejante nabo de presidente. Pero parece que de boludo tenia la cara nomás, porque de la noche a la mañana el tipo se transforma en un dandi, en un gentleman. Celular, ataché, auto. Como te decía, a mí no me importa lo que hagan los demás, ¿no? Pero si ese venía ad honorem, como decían, yo soy Ghandi.
“Y anda a saber lo que hacía encerrado todo el tiempo en la oficina con Sofía, porque esa tiene su historia también ¿eh? Según cuentan, ¿eh? A mi no me consta ni me interesa, pero esa mina era bravísima. Cayó un día con esos benditos planes que el gobierno les da a los que no quieren laburar, para que vivan a costilla nuestra. Empezó como secretaria de Córdoba, ¡Córdoba! El morocho, alto, pintón, si, ese, ese. Le atendía todos los asuntos, ¡todos! ¿entendés? No me gusta hablar al pedo pero te diré que este Córdoba no le hacia asco a nada, acá se comenta que se las paso pal cuarto a varias… y si lo dicen, algo debe haber, ¿no? Aparte vos tenés que verlo al tipo cuando le pasa cerca una minita, no digo una de esas yeguas que rompen las paredes, no, una mas o menos, nomás, y loco, al chabón las babas le llegan hasta las rodillas, te tenés que apartar porque te salpica, si te descuidas quedas chapoteando en las babas del tipo. Y bueno, esta mina aprovecho eso y lo uso para trepar. Los que la conocen de antes dicen que tiene esa maña, esa habilidad… no se… porque es una habilidad ¿no? Lo mas lindo es que vos la mirás, y la tipa no vale mucho. Una morocha retacona con unos modales de arriero; pero le sacudia las gomas esas de plástico que tiene en la trucha del pobre tipo y lo dejaba grogui.
“La cuestión es que al poco tiempo ya estaba compartiendo la administración con las otras dos, la gorda Farabini y la Marucha Marzola. Esta bien que hay que decir que juntando a las dos no hacías ni media, pero la forma en que les serruchó el piso es digna de figurar en los manuales. Una verdadera obra maestra del serruche.
A la gorda la cagó enseguidita nomás, porque se quiso hacer la estrecha y la mandaron de una a contar internados. Encima, en un alarde democrático, dice que es radical ¡te imaginás! Se cavó la tumba solita. La Marucha resistió más, pero le hacían la vida imposible. Al final terminó en un escritorio, encarpetando facturas de las que no tenía la menor idea.
Mmmhmm, fijate que me parece que se tapó la bombilla y ponele más yerba que esta muy largo.
“Como te decía, estos dos pajarracos, el director y uno de los asesores se hicieron un festival… ¿Cómo? El director, el petiso Santoni, el peladito, carita de querubín, si, si, ese que dicen que se le cae el paquete, ¿Qué como lo se? Que se yo, lo escuche, es lo que se dice, yo no tengo nada contra esa gente, che; ni tampoco me dejo llevar por habladurías, peeeero, muy machote que digamos no parece. Y el asesor es el Negro Ramírez. Pero decime ¿dónde vivís, en un termo? Ramírez, ese que está en política, pero nadie sabe bien que hace. Asesor, le dicen. Un tipo sin estudios ni profesión, que nunca en su vida trabajó pero que vive mejor que cualquiera. Y, si… supongo que son un mal necesario, Cualquier político que se precie tiene uno. Ellos están ahí, trafican influencias, consiguen planes, subsidios, becas y se las arreglan perfectamente para que todos esos beneficios no vayan a parar a los que realmente lo necesitan, de eso quedate tranquilo.
Mirá, bien, bien, no se, pero dicen que esos eran como los cuatro jinetes del Apocalipsis, ¡mamita querida! Arrasaron con todo. Y hay que reconocer que la venían haciendo bien, se rodearon de un séquito de arrastrados que le hacían el caldo gordo y mientras tanto palo y a la bolsa. Que se yo, vos me preguntas cada cosa, también ¿Qué pruebas va a haber?, yo no vi ninguna. Ellos manejaban casi cien mil luquitas por mes ¡por mes! Casi sin control, y en ese tiempo, con la malaria que había, ¿Quién no te iba a dibujar una boletita? Comprame a mi y yo te hago una caidita, una mano lava a la otra, hoy por mi y mañana por ti, y todos los refranes que se te ocurran. Y aunque vos no lo creas, todavía hay gente que cree que fueron unos pobres angelitos de Dios, inocentes traicionados por una jugada política. Ojo que algo de eso hay, también, porque la venían llevando de órdago hasta que se marearon y empezaron a repartir mierda. Se creyeron inalcanzables y empezaron a cagar gente hasta que tropezaron con la horma de su zapato. Se metieron con la Garmedia. ¡Y si! ¡En su putísima vida iban a pensar que la Garmendia iba a llegar donde llego! ¿Te tengo que decir todo? ¿Cómo donde llegó? ¡Boludo, la Teresita Garmendia…! ¡Un toque de distinción para el Concejo, la mina esa!
Y ese fue el comienzo del fin. La tipa esta, quilombera como era y encima con conexiones, empezó a remover el avispero, y cuando se destapó la olla el olor a podrido llego a lo mas alto. Empezaron a caer una auditoría tras otra y se armó la caracatanga. Y si, de esto hace una pila de años y fue un circo en toda regla, pero después no pasó más nada. Viste como son las cosas en este país, robás una gallina y te encanutan, vacías una institución pública y nunca hay pruebas suficientes. Andá a saber si al final esta pobre gente no era inocente y le hicieron una cama.
Bueno, che, muy ricos mates, ya hable mucho, y no se si te lo dije, pero a mi no me gustan los puteríos, no les doy bola, ¿entendés? Me voy a ver si hago algo. ¿Que decís? ¿Que qué pasa con los que están ahora? Esa, querido, es otra historia…”

lunes, 26 de abril de 2010

"El descubrimiento del Dr. Samuel Fritz"

Caminaba por el ancho pasillo con su sonrisa canchera y la apostura propia de un galán de telenovela latina. El doctor Samuel Fritz era una de esas personas que irradian un aura de superioridad sin siquiera esforzarse por lograrlo. Líder nato, sabía dominar la situación con solo esbozar una sonrisa de costado –casi una mueca– o intimidar con su profunda mirada, enarcando elegantemente una ceja sobre sus ojos. Su pelo crespo, siempre cortado con un estilo casi militar y, a pesar de su juventud, poblado de abundantes canas, le daba un plus a su natural atractivo. Sus facciones eran cuadradas, armónicas, con un dejo de rudeza masculina. Siempre se le veía elegante, enfundado en su entallado ambo verde claro.
Estaba casado hacía dos años, con una bella y encantadora joven, pero no era de los que hacen un culto a la fidelidad. En las largas guardias que cumplía, había demasiadas médicas, enfermeras, mucamas, bioquímicas, dispuestas a caer subyugadas ante sus irresistibles encantos.
Médico por tradición familiar –su abuelo y su padre le precedían– jamás consideró que el tradicional “Juramento Hipocrático” lo atara demasiado. Su calidad profesional y su juventud le aseguraban que su paso por este perdido hospital provincial de baja categoría no se extendería en el tiempo. Mientas tanto trataba de cumplir con sus obligaciones lo mas tranquilamente posible. Su objetivo era adquirir alguna experiencia, mientras ejercitaba sus dotes de seducción con cualquier personal femenino que valiera la pena.
Como médico de U.T.I. su vida profesional transcurría sin mayores sobresaltos. Los casos que revestían alguna gravedad eran sistemáticamente derivados a centros de salud de la gran ciudad, por lo que solo atendía a viejos y desahuciados para los que el final era casi un alivio y también para sus familiares, aunque se mostrasen compungidos y derramaran abundantes lagrimas.
Jamás se involucró emocionalmente con paciente alguno. Creía firmemente que la clave del éxito profesional residía en mantenerse frío, eficiente y distante. Él estaba para curar el cuerpo; del alma -si existía- y de las emociones, que se ocupasen los familiares. O algún cura.
Caminaba el doctor, ajeno a cualquier problema terrenal. Feliz y relajado luego de un gratificante interludio con la bioquímica en el estrecho catre del laboratorio.
Cuando estaba a punto de ingresar a su servicio se percató de un movimiento inusual en la guardia. Escuchó gritos y la confusión que solo podría indicar el arribo de una emergencia.
- Cagamos, un accidente –maldijo a media voz– Ojala que no me rompan las bolas.
No alcanzó a finalizar este escatológico pensamiento, cuando la puerta que tenía delante se abrió, asomando la cabeza de la enfermera. El rostro huesudo y anguloso mostraba la expresión atarugada y perpleja propia de alguien que es despertado de sopetón y puesto en actividad, antes de que su cerebro alcance a comprender que es lo que sucede.
- Doctor, acaban de llamar de la guardia, parece que hubo un accidente –le manifestó con la voz pastosa y los ojos legañosos– quieren que vaya.
- Bueno, vamos a ver que pasa –se resignó.
Cuando llegó a la enfermería, no se asombró al ver el desbarajuste que campeaba en el lugar. Nora Gorostiza, veterana médica de guardia y Juana Laborde, diminuta y pelirroja enfermera, parecían extraídas de un filme policial. La brillante y escarlata sangre arterial estaba desperdigada por todas partes, en la estrecha, incomoda y poco funcional enfermería. Manchaba las ropas, las manos enguantadas, las gafas protectoras de acrílico. Las dos mujeres luchaban denodadamente para detener la hemorragia.
- ¿Qué pasó? – Fue la breve pregunta de rigor.
- Un accidente múltiple. Tres personas. A dos los pudimos mandar a Rosario, pero este quedó acá. Me gustaría que lo vieras, pero creo que lo más conveniente es llevarlo a UTI. –concentrada como estaba, Nora habló sin mirarlo.
Samuel se inclinó sobre el hombro de la enfermera y lo que vio no hizo sino confirmar el diagnóstico de su colega. El tronco del joven presentaba una pronunciada depresión sobre su costado derecho y unas astillas inusualmente blancas perforaban la piel del desdichado. Fractura expuesta de costillas, tórax comprimido, casi con seguridad ambos pulmones perforados. Por la cantidad de sangre perdida, también alguna arteria principal comprometida.
- Bueno, sacale los frenos a la camilla, Vamos a llevarlo.
En el trayecto, sobre la camilla, rodeado de los dos médicos y la enfermera que llevaba el suero, el joven abrió los ojos y clavo sus dilatadas pupilas en él.
- Doctor, por favor, sálveme. No me deje morir.
Todos dieron un respingo. Samuel lo miró perplejo. Era imposible que estuviera consciente en tal estado.
Cuando llegaron a la sala de cuidados intensivos, lo depositaron en una cama y la enfermera del sector, ya totalmente despabilada, comenzó a conectarle toda la parafernalia propia de las circunstancias.
El muchacho estaba despierto. Su rostro, pálido y desencajado; sus ojos, aterrorizados. Contemplaba las filosas astillas de sus huesos, dándose cuenta de que por esos desgarrados orificios se le escapaba la vida. Desvió la mirada y comenzó a gemir quedamente.
- El auto... el auto... mi viejo me mata...
Cada palabra pronunciada era acompañada por el gorgoteo de la sangre mezclada con el aire de sus deshechos pulmones
- Doctor, dígale a mi papá que me perdone, no sé lo que paso, dígale que no fue mi culpa
- Calmate flaco, no hables ahora. Después se lo decís vos -Samuel no pudo mirar directamente a los ojos, sabiendo, como sabía, que le estaba mintiendo. Todavía no entendía como era posible la lucidez del muchacho.
- No doctor, no, me estoy muriendo, lo sé. Doctor... prométame que va a hablar con mis padres... explíqueles... no fue mi culpa... - Una débil tos interrumpió las palabras, un hilillo de sangre se deslizó por la comisura de la boca. La enfermera se apresuró a limpiarlo.
- No digas pavadas, flaco. Te vas a poner bien. -La sonrisa de Samuel y sus despreocupadas palabras contrastaban con la tristeza que asomaba en sus ojos.
El joven cerró los ojos y ladeó la cabeza. Su respiración se tornaba cada vez más dificultosa. El ominoso burbujeo se escuchaba cada vez más fuerte.
De pronto comenzó a sollozar:
− No quiero morir... no quiero morirme. Doctor ayúdeme, por favor – una débil tos entrecortaba las palabras salpicando con pequeñas gotas de sangre pulmonar su barbilla desencajada.
− Flaco, no hables, quedate tranquilo, todo va a salir bien – Samuel lo alentaba en voz baja, mientras miraba a su alrededor, como buscando ayuda. No soportaba escuchar esa súplica.
- Mamá... mamá... no quiero... no... - el balbuceo apenas inteligible, termino por destruir las pocas reservas anímicas de todos. Samuel se dio vuelta y miró a los ojos a la doctora, moviendo la cabeza de lado a lado, derrotado. La ciencia médica ya no tenía nada que hacer.
De repente el muchacho inspiró ruidosamente y quedó inmóvil. El monitor cardiaco cambió su irregular trazo por una macabra línea y el pitido intermitente se transformó en un ominoso y desolador sonido continuo.
La enfermera tomó rápidamente las paletas del desfibrilador, ya listo para ser aplicado y se las tendió.
- Doctor - le ofreció suavemente.
Samuel negó nuevamente con la cabeza.
- Es inútil, todo es inútil.
La enfermera, entonces, cumplió con el clásico ritual. Con la sabana manchada de sangre cubrió el cuerpo y el rostro del joven exánime y comenzó a desconectar los aparatos.
Un denso velo de lágrimas cubría sus ojos y los de la doctora. Curtidas veteranas en la lucha contra la muerte, ésta en particular había tocado la poca sensibilidad que aún quedaba en sus duros corazones.
El Doctor Fritz, los hombros caídos, la mirada perdida, se sentó sobre una camilla desocupada y apoyó la espalda contra la pared.
Por la puerta lateral entró atropelladamente Héctor, el chofer.
- Che, afuera están los viejos del pendejo, quieren saber que pasa con su... - la frase quedo suspendida en la densa atmósfera que reinaba en el recinto. Al ver la sábana que cubría el cadáver giró para enfrentarse con Samuel.
- ¿Qué, se murió? - quiso saber
- Ahora no, negro, ahora no - le contestó un pálido doctor, con la mirada fija en el piso verde y aséptico del lugar.
Héctor, cosa rara en él, se llamó a silencio.
Era su deber dar la noticia a los padres. Se sentía raro, lo ocurrido lo había afectado de una manera que no creía posible. Si hasta había llegado a burlarse de los colegas que se mortificaban cuando perdían un paciente. No era lo correcto tomarlo como algo personal, y aún sabiendo eso, no entendía por que se sentía tan mal.
Quizá en unos pocos días volvería a ser el de antes. Un profesional frío, metódico y ambicioso. Y trataría a los demás con el desdén y la condescendencia propias de su superioridad. Quizá en unos pocos días volvería a las andadas, disfrutando de los favores de cuanto personal del género femenino accediera. Quizá. Pero no en ese momento. Se encontraba enfrentado a su conciencia, una conciencia que no creía tener.
El muchacho, del que aún no sabía ni el nombre, en su agonía, lo había hecho ingresar en un estadio nuevo, donde lo posible no alcanzaba, en donde todo su saber, toda su preparación no servían siquiera para agregar un par de segundos a la vida de una persona. No podía borrar de su mente la mirada, hasta cierto grado acusadora, del que sabe que nada podrá hacer para salvarlo. Le dolía en el alma haber perdido, no por su orgullo de ganador, lamentaba sinceramente haber sido incapaz de evitar esa muerte en particular.
Los demás observaban en silencio, con asombro y curiosidad como, sentado e inmóvil en la camilla, con aire vencido y distante, el otrora altanero y orgulloso doctor Samuel Fritz se cubría la cara con sus manos enguantadas y rompía a llorar.

miércoles, 14 de abril de 2010

"Anónimos" II

El Subcomisario Arturo Esteban Etchenique, jefe del departamento “Drogas Peligrosas” de la Unidad Regional de la ciudad, escuchó atentamente el sucinto relato que las dos insignes señoras que tenía delante le hacían de los hechos. La primera conclusión a la que arribó era que, precisamente, no existía ningún hecho. Se guardó de expresar su opinión y siguió escuchando atentamente.
−... y así Señor Subcomisario, con la Sra. Arreche coincidimos en que lo más atinado era dar parte de estos lamentables sucesos a la policía, para que se tomen las medidas necesarias que lleven a su total esclarecimiento.
−Comprenderán señoras –explicó el Subcomisario en un pedagógico tono de voz– que si ustedes presentan una denuncia formal sobre la base de estos anónimos, es porque consideran que tienen algún fundamento. En este caso, se abriría el sumario correspondiente y la causa pasaría al Juez para que dictamine los procedimientos necesarios.
Angélica y Haydeé intercambiaron una fugaz mirada de mutuo entendimiento. Haydeé dijo:
−Sr. Subcomisario, comprendemos la gravedad y las implicaciones; por lo que le decimos que el hospital debe quedar libre de toda sospecha. Nuestra intención es que este problema de solucione de la mejor manera posible y con la mayor discreción.
−En ese caso, pueden ustedes estar tranquilas, les aseguro que han tomado la mejor decisión.
−Gracias, Sr. Subcomisario –Angélica tomó nuevamente la palabra– No le quitamos mas de su valioso tiempo. Dejamos todo en sus manos.
Y sin decir más estrecharon la mano del enjuto y cejijunto oficial de la ley y tan majestuosamente como habían ingresado en su oficina, se retiraron, las cabezas erguidas y las conciencias en paz.
El Subcomisario Etchenique contempló en meditabundo silencio como las señoras abandonaban su despacho y se quedó sopesando las alternativas que se le presentaban. Estaba casi seguro que todo esto no era más que una fantochada. Las denuncias anónimas no presentaban más datos que una insidiosa y trasnochada afirmación, sin ninguna prueba o fundamento. Por otra parte, tenía que considerar su situación al frente de la división “Drogas Peligrosas”. Mas allá de alguna requisa ocasional, su gestión no había sido ciertamente para destacarse. Los peces gordos de la zona eran, bien lo sabía el, intocables y su impunidad se extendía también a los “dealers” que hacían su agosto en boliches y escuelas de la ciudad. El se preciaba de ser un policía honrado, pero no podía enfrentar al sistema. Sabía bien lo que les ocurría a quienes osaban arriesgarse. Policía honesto, si –pensó– suicida, jamás. El caso Ramírez se presentaba como una oportunidad de bajo riesgo para poner en movimiento los oxidados engranajes de la maquinaria policial. Si, como estaba seguro, todo era una falsa alarma, tendría para presentar una impecable investigación y una absoluta dedicación a la lucha antidroga. Por el contrario, si los anónimos estaban en lo cierto, ya vería como zafar de cualquier implicación nefasta. Tomó el teléfono y se dispuso a comunicarse con el Juez.
A Agustín la vida le sonreía. Nunca se había sentido mejor. Mientras caminaba de regreso a su casa tomado de la mano de su novia, bajo el cielo tachonado de estrellas de esa fría noche de invierno, se sintió verdaderamente feliz.
Desde lejos pudo notar que algo no estaba bien. Una punzada de inquietud traspasó su conciencia. ¿Qué habría pasado? El despliegue ante sus ojos era impresionante. Pudo contar tres patrulleros y un furgón policial. Al acercarse pudo ver policías en sus ropas de fajina y armados con amedrentadores fusiles. Estaban por todas partes, en la vereda, en la calle, arriba de los techos. Su inquietud se trocó en franco temor cuando advirtió que todo el despliegue era precisamente en su casa. Al llegar pudo ver que los agentes también estaban en el interior. Era un allanamiento en toda regla.
La voz de Marisa sonó a su lado, con una nota de pánico que el mismo comenzaba a sentir hasta los huesos.
−¿Qué está pasando, amor?
−No sé, no tengo la menor idea. Debe ser un error –respondió, aferrándose a la única explicación plausible que se le ocurrió.
Dos robustos policías, de aspecto amenazador y cara de pocos amigos se adelantaron para cortarle el paso.
−¿Qué sucede? ¿Qué es todo esto? ¿Por qué están en mi casa? –Las preguntas le brotaban a borbotones, mientras sentía que sus piernas no lo sostenían.
−¿El Señor Agustín Ramírez? – Quien habló era el Subcomisario Etchenique, que parado y apoyado en la puerta del patrullero dirigía el operativo.
−Si soy yo. Y esta es mi casa. ¿Me pueden decir de una vez que está pasando?
El Subcomisario hizo una seña casi imperceptible y los dos fornidos policías se abalanzaron sobre él, mientras otros que estaban cerca lo apuntaban con sus armas. Lo arrancaron del lado de Marisa, que profirió un involuntario chillido ante el atropello, y sin ninguna delicadeza lo dieron de bruces contra el capot del automóvil policial, sonde lo sometieron a un humillante cacheo.
−Sr. Agustín Ramírez –recitó protocolariamente el Subcomisario– queda usted detenido. Se le acusa de robo y tráfico de estupefacientes.
Agustín quedo desconcertado. ¿Robo? ¿Tráfico? ¿De dónde había sacado la policía semejante disparate? Seguramente lo estaban confundiendo con otra persona. Abrió la boca para defenderse pero no pudo pronunciar palabra. El agudo y tétrico sonido de las esposas al cerrarse sobre sus muñecas resonó dramáticamente. Con rapidez, los integrantes del grupo de operaciones especiales de la división “Drogas Peligrosas” ocuparon sus lugares en los móviles, partiendo raudamente con su atónita presa.
Sola, de pie, temblando incontrolablemente, Marisa trataba de entender que había pasado. Sus ojos arrasados de lágrimas, distinguieron las borrosas siluetas de los patrulleros que se alejaban con las balizas girando en forma dantesca; mientras los vecinos, curiosos, comenzaron a asomarse cuando estuvieron seguros que el peligro había pasado.

El agente se encontraba de pie, en posición de firmes, la vista fija por encima de la cabeza de su superior sentado en su escritorio.
−Entonces, oficial ¿Cuál fue el resultado del procedimiento? ¿Encontraron algo?
−Negativo señor. La casa estaba limpia. Salvo un par de revistas pornográficas y unas tabletas de aspirinas no encontramos nada. Ni armas, ni dinero, ni drogas, ni medicamentos. Lo único para destacar, señor, es que la tableta de aspirinas decía “Ministerio de Salud Distribución gratuita” –La voz del agente dejaba traslucir algo de la decepción que sentía por lo que él consideraba el fracaso del operativo. Luego calló, esperando obedientemente la orden de su jefe.
−Está bien, agente. Traiga al detenido.
−Si señor –El agente se retiró de inmediato a cumplir con la orden.
El Subcomisario Etchenique quedó solo. Mientras aguardaba que trajeran al sujeto pensó que por esta vez había estado en lo cierto. Hasta ahora, nada de lo que habían encontrado, o de lo que no habían encontrado, se corrigió mentalmente, indicaba que las denuncias tuvieran algún fundamento. Dudaba que la cosa cambiara. El tal Ramírez no tenía antecedentes de ninguna clase y estaba limpio. Sin embargo el juez ya había instruido el sumario y la causa, caratulada “Robo y tráfico de sustancias peligrosas”, seguiría abierta por un buen tiempo. Aún con la intervención de un buen abogado, tardaría al menos un par de años en cerrarla. Sintió pena por el muchacho, pero desdeñó enseguida el sentimiento. El solo había cumplido con su deber.
Agustín ingresó al despacho, esposado y escoltado por dos policías. Pálido, ojeroso, los hombros caídos y la cabeza gacha, deshecha su habitual bizarría. Había pasado la noche en unos de los calabozos de la Seccional y todo en su aspecto revelaba que había dormido poco y nada.
−Bueno muchacho, tuviste suerte, tu casa está limpia, no encontramos nada y eso te va a ayudar.
−No, no tuve suerte. No encontraron nada porque soy inocente de todas esas barbaridades de las que me acusan.
−Si sos inocente o no, eso lo decidirá el Juez. Por ahora te notifico que te vas a quedar acá, incomunicado hasta que su Señoría disponga otra cosa. Vas a poder hacer una llamada y te aconsejo que te busqués un buen abogado.
A una seña suya los oficiales tomaron a Agustín de los brazos y se lo llevaron de regreso a su celda.
Caminaba arrastrando los pies, los ojos enrojecidos y no solamente por la falta de sueño. Todo se le antojaba una terrible pesadilla. Una sensación de irrealidad se había apoderado de él, invadiendo sus sentidos hasta lo más profundo de su ser.

El abogado cerró su cartapacio y le dijo a un atento Agustín:
−Bueno, esta tarde te largan por falta de mérito. Estuve hablando con el juez y no tiene nada firme. Solamente los anónimos y la denuncia de tus jefas del Hospital. Está claro que la policía se armó una película con vos. Una especie de ejercicio.
Agustín no daba crédito a sus oídos. Lo que había creído en un primer momento –que lo habían confundido con otra persona– quedó rápidamente descartado cuando el mismo Subcomisario se lo dijo. Lo que no alcanzaba a entender era de donde había sacado la policía que él era un traficante. Pero lo que el prestigioso y caro abogado le estaba diciendo era que la denuncia formal en contra suya la habían efectuado la Directora y la Presidenta del Samco, basadas en unos absurdos anónimos manuscritos, que la policía y el juez tomaron como verdaderos basados en la importancia que estas señoras dieron al asunto. El estupor y la consternación que sintiera al sufrir tamaña humillación habían mudado en una bronca profunda y visceral.
−Mirá, -prosiguió el abogado- está claro que te acusaron injustamente, sin tener pruebas. Es un hecho que el Hospital salteó pasos administrativos ya que no confrontaron las denuncias ni realizaron el correspondiente sumario. No hubo una investigación interna para corroborar que lo denunciado tuviera asidero. Es decir que nadie se molestó en averiguar su alguna vez faltó algún medicamento. Podés probar que la moto y la casa las estas pagando con la plata del juicio laboral que hace poco ganaste. En definitiva –El abogado miró a Agustín por encima de sus lentes, ávido, olfateando su tajada– tenés elementos de sobra para querellar a todos los que te perjudicaron de tan mala manera.
Agustín lo pensó unos segundos y respondió.
−No sé, dejame ver. No estoy seguro que voy a hacer.
El abogado ocultó su desilusión y dijo:
−Bueno, como quieras. Cuando te suelten, date una vuelta por mi estudio, así arreglamos.
El abogado se puso de pie, asió su maletín negro y se marchó. Agustín lo vio alejarse sintiendo envidia. Contaba los minutos para poder seguir el mismo camino.
El joven agente de policía lo acompañó hasta la puerta de salida de la jefatura y hasta se permitió gastarle una broma:
−¡A ver cuando nos venís a visitar de nuevo, che!
Agustín no se dignó a responder. Lo miró de reojo haciendo una mueca que pretendía ser amable y cruzó el vano de la puerta. Cuando por fin pisó la embaldosada vereda suspiró aliviado. Las treinta horas que había estado demorado se le habían antojado una eternidad. Se sentía como el protagonista de una mediocre película policial. El muchacho bueno acusado injustamente. Sacudió su cabeza, haciendo que su ahora desgreñada melena se sacudiera sin gracia. Por más que le daba vueltas al asunto no lograba encuadrar los hechos en un marco lógico, aunque su abogado le había sido claro. Una causa penal no era joda.

−¡Me mandaron en cana! ¡No lo puedo creer, me mandaron en cana sin tener ninguna prueba! Todavía no puedo entender como pudieron creer semejante barbaridad.
−Mire Ramírez, nosotras no creímos nada, solo nos limitamos a obrar de manera correcta. Lo lógico ante una denuncia de tal calibre era demandar la intervención policial. Usted sabe lo que a mí me disgusta tratar con la policía, pero en este caso no teníamos opción.
Se encontraban los tres reunidos en la oficina de la directora. Esta, con voz glacial se dirigía a su subordinado con la clara intención de que terminara de una vez con su reclamo.
−Agustín, pensá en que situación tan difícil nos encontrábamos. Era algo muy grave, muy serio. Nosotras sabíamos que vos no tenías nada que ver, pero no nos quedaba otra alternativa –Haydeé hacía uso de todo su encanto de política persuasiva, sonriéndole mientras lo consolaba.
−¡Ustedes no tienen idea de lo que yo pasé! –Agustín levantó una octava el tono de su voz– ¡fui tratado como un delincuente peligroso, me detuvieron y esposaron frente a mi novia, tengo que gastar todos mis ahorros y malvender mi moto para pagarle al abogado y voy a tener una causa penal abierta por dos años y ahora me dicen que no tenían otra alternativa, que está todo bien! ¡Me entregaron sin darme la oportunidad de defenderme! ¡Quisieron zafar ustedes mandándome al frente a mí! –La voz de Agustín se quebró en el último y exasperado grito. Estaba al borde de las lágrimas, lágrimas de impotencia y frustración.
−Tenga cuidado con lo que dice y como lo dice, Ramírez –la voz de la directora sonó apretada, implacable– Puede que, como usted dice, sea inocente, pero todavía es mi subordinado y no voy a permitir que me falte el respeto.
−Pero Agustín, tranquilizate, te aseguro que no pasa nada, todo esto se va a olvidar, vas a ver – Haydeé seguía con su tesitura contemporizadora.
−¡No me tranquilizo un carajo! –El grito de Agustín sonó visceral, dolido. Se sentía justificado en su furia. Que se creían esas señoras, arrellanadas en su reducido y mezquino reducto de poder, a él no lo iban a amedrentar así nomás– Mi abogado me dice que puedo querellar al hospital y al Samco por lo que ustedes me hicieron. Tengo un amigo que tiene una empresa de vigilancia y seguridad que está reuniendo las pruebas necesarias. Van a pagar lo que me hicieron.
Esto fue lo último que la Dra. Durigoni estaba dispuesta a escuchar. Se irguió despacio de su silla, como un intimidante oso, inundando con su imponente presencia física todo el recinto y vociferó, al borde de la histeria:
−¡Usted no va a hacer nada, si quiere seguir trabajando en este lugar!¡Puedo echarlo a la mierda de un plumazo y lo voy a hacer si es tan estúpido como para seguir con esto!¡Lo voy a destrozar!¡Nunca va a conseguir un miserable trabajo...! – La Dra., totalmente fuera de control, inclinaba amenazadoramente su cuerpo hacia delante, salpicando con gotas de saliva la cara de Agustín.
−¡Agustín, pensá bien lo que vas a hacer, te digo que lo mejor es que dejes todo como está, no te conviene meterte en más quilombo, haceme caso! –Haydeé intentaba por todos los medios de poner al díscolo recepcionista de nuevo en su sayo– ¡Calmate, hombre, no pasa nada!
Agustín dio un paso adelante. Miró, por única vez, los rostros de sus antagonistas: La Dra., las ventanas de la nariz dilatadas, buscando aire después de sus gritos, las comisuras de su generosa boca llenas de saliva, su mirada cruel y decidida. Haydeé, observándolo con sus lavados e inexpresivos ojos celestes, una sonrisa vacua colgada en su cara; se le antojo casi tan peligrosa como la otra, torva y traicionera. Su mente se puso en blanco. Un calidoscopio de sensaciones contrapuestas invadió su atormentado cerebro, que se quebró, como una rama seca. En una sucesión vertiginosa de imágenes; se vio abalanzarse sobre Haydeé, inclinando su hombro derecho hacía atrás mientras torsionaba su cintura como un experto boxeador, el puño cerrado descargando un demoledor golpe sobre su pómulo, arrojándola por el aire como una desgreñada muñeca de trapo, escuchando el sonido a hueco que hacia su nuca al golpear contra la pared. Se vio volverse hacia la directora; con dos largos pasos alcanzarla y con su fuerte mano asirla del cuello, presionando fuertemente. Quería liquidarla, terminar con ella. Cobrarse todo lo que había pasado...
Sintió unos toquecitos en su hombro. A través del velo rojo que nublaba su cerebro pudo ver a Haydeé, que lo miraba, extrañada de su inmovilidad.
−Agustín, Agustín, ¿Te sentís bien?
−Sí, sí, estoy bien – contestó Agustín. De mala gana acalló su torturada imaginación y se dio cuenta que estaba vencido. Ni venganza, ni querella, ni nada. Solo agachar la cabeza y tratar que el mal trago pasase lo más rápido posible. Hundió la cabeza entre sus hombros caídos y suspiró. Un suspiro que trasuntaba desaliento y derrota.
−Está bien –dijo quedamente– solo quiero que quede claro que soy inocente.
Haydeé olió la victoria. Ensanchó su sonrisa y tomó del hombro al atribulado Agustín, guiándolo hasta la puerta.
−¡Pero claro!¡Seguro que sí!¡Eso nunca estuvo en duda!¡Andá, andá tranquilo y seguí cumpliendo como siempre! -Con una palmadita amistosa en la espalda, lo despidió y cerró la puerta.
Cuando quedaron solas cruzaron una mirada de alivio.
Agustín caminó lentamente por el pasillo y llegó a la recepción de guardia, su lugar de trabajo. Se enteraría, más tarde, gracias a una compungida confesión de parte, que los anónimos los había enviado una suegra despechada que no soportaba la idea de que no fuese su adorado yerno nunca más. “Jamás pensé que se armara tal quilombo” le confesó entre sollozos de arrepentimiento.
Acomodó su humanidad en la banqueta, encendió su luminosa sonrisa, esa que mantendría la mayor parte de las horas que duraría su turno, y se dirigió a la mujer, que del otro lado de la ventanilla ya daba claras señas de impaciencia ante la espera:
−¡Buenos días señora! ¿En qué puedo ayudarle?

jueves, 1 de abril de 2010

Anonimos I



El día se presentaba gris, frío. El invierno había hecho su aparición con una inusitada crudeza y la poca gente que se atrevía a desafiar el mal tiempo llegaba luchando contra el cortante viento que, desaprensivo, daba vuelta sus frágiles paraguas y les azotaba contra la cara una tenue pero persistente llovizna.

A pesar de no ser las siete todavía, se agolpaban en el pequeño y poco acogedor alero que precedía a las puertas de ingreso al hospital. Los murmullos de disconformidad iban aumentando a medida que la fría llovizna invernal arreciaba. Una obesa señora vestida con una pollera y un suéter que habían conocido tiempos mejores, blandía el paraguas plegado y expresaba en voz alta el pensamiento de la mayoría:

¡Que falta de consideración! ¡Nos tienen aquí esperando, muriéndonos de frío, todos mojados! ¡Podrían abrir las puertas un rato antes!

¡Sí, sí! Recién le grité a una chica ahí adentro que estaba pasando el trapo, que nos abriera y me dijo que no podía, que hay que esperar que lleguen los recepcionistas. – Quien aportaba la información era un señor flaco y alto que con su estatura dominaba a todo el grupo, la mayoría mujeres.

Hasta que esta gente se digne a abrir las puertas nos vamos a enfermar más de lo que ya estamos. – Dijo una joven mamá con su bebé en brazos.

Hubo murmullos de asentimiento. De pronto el bramido de una motocicleta de gran cilindrada acalló todas las voces. Pasó como una exhalación, y con una serie de rebajes, ingresó por la entrada de las ambulancias. Las personas amontonadas en la entrada miraron con curiosidad mientras se apretujaban contra las puertas recién abiertas.

Agustín detuvo su potente moto y apagó el motor. Se apeó, se quitó el casco y sacudió brevemente su cabeza para acomodar su bien cuidada cabellera. Era alguien que llamaba la atención. Atlético, de hombros anchos, cintura estrecha; vestía, debajo del camperón impermeable, un suéter multicolor, camisa blanca con corbata roja y calzaba un jean “stone wear” ajustado, que resaltaba sus atributos físicos. Ingresó al hospital por el pasillo lateral de la cochera de ambulancias. Los pacientes que atestaban el pasillo esperando con resignación su turno para ser atendidos se hicieron a un lado como una sola persona, para darle paso. El andar acompasado y seguro de sus zambas piernas, hizo que varias mujeres le siguieran con la mirada, con un dejo de fascinación.

Cuando llegó a la recepción, saludó a Reinaldo con un ademán. Sosteniendo el teléfono con el hombro y escribiendo en un formulario, poco tiempo tuvo éste de retribuirle el saludo. Agustín lo observó con curiosidad. Grandes gotas de sudor perlaban la frente de su compañero, su cuello se mostraba enrojecido hasta la línea de su bien cuidadas patillas y dos grandes manchas húmedas afeaban su blanca camisa, justo bajo sus brazos, como si hubiera participado de una carrera pedestre en lugar de haber estado ocho horas atendiendo una ventanilla. Sintió pena por él.

Hola Agustín. Ahí en el cuaderno están anotadas las novedades, te dejo dieciséis pesos en la caja y cinco fichas de televisor. Recién llamó el doctor Mischler para avisar que se iba a demorar una o dos horas en tomar la guardia. Hace un rato ingresó un accidente de moto y está en transitoria, al parecer no es de gravedad. No tuve tiempo de hacer los papeles. Bueno, eso es todo. Chau, me voy – Reinaldo soltó toda la información de un tirón, casi sin tomar resuello, no veía la hora de irse de ese pandemonio.

Ajá – Asintió Agustín, distraído, mientras se cercioraba que los datos que le pasaba su compañero eran correctos.

Bueno, chau, me voy – Concedió Reinaldo con un gesto y se fue, tan rápido como su barriga y sus cortas piernas se lo permitieron.

Agustín se acomodó en la banqueta, encendió en su viril rostro una encantadora sonrisa, que mantendría la mayor parte de su largo y agotador turno y se dirigió a la mujer que, esperando de pie junto a la abertura circular del vidrio de la ventanilla, ya mostraba señales de impaciencia.

Buenos días Señora ¿En qué puedo ayudarle?


La directora se revolvió inquieta en su amplio sillón y arrojo el papel que sostenía sobre el escritorio como si quemara, juntó los dedos de sus manos unos con otros y quedó absorta en sus profundas cavilaciones. Distraída de todo lo que no fuera el gran entuerto que se cernía sobre ella, dejó que su acerada mirada vagara por el despacho que ocupaba. No era muy grande, pero le resultaba cómodo. Su siempre ordenado escritorio, con su teléfono, la agenda donde anotaba todos sus asuntos, un lapicero y un coqueto reloj de mesa, obsequio de un atento visitador médico, presidían la sala. Contra la pared, a su izquierda, en un armario de nerolite gris, que hacía juego con el escritorio, guardaba bajo llave toda la documentación importante. El armario contaba con varios estantes, en donde podían verse algunos adornos baratos. En uno de ellos descansaba una Biblia de tapas rojas, abierta en la cita correspondiente a la lectura litúrgica del día, junto a una pequeña imagen de la Virgen de San Nicolás y un florero. Sobre la pared de enfrente colgaba un enorme pergamino, bellamente enmarcado, que testimoniaba el protagonismo que había tenido en la finalización e inauguración del nuevo hospital. Su mayor logro y orgullo. Un par de sillas ubicadas frente al escritorio, un perchero, un turboventilaor y una estufa a cuarzo completaban el espartano mobiliario.

Por el pasillo algo distrajo su atención. A través de la estructura de acero y vidrio que delimitaba su oficina, pudo ver a un par de empleados administrativos que pasaban bromeando entre sí, casi a los gritos. Las carcajadas resonaron en sus oídos, pero no reaccionó. Reconoció, sin embargo, que tiempo atrás se hubiera incorporado para llamarles la atención por su inconducta. En ese momento carecía de la energía suficiente. En los muchos años que llevaba al frente del Hospital, había aflojado un poco la férrea mano con la que dirigía sus destinos, aunque todavía se permitía cepillar alguna que otra cabeza, cuando lo creía necesario, para que nadie olvidara quien estaba al mando.

El problema que tenía entre manos la perturbaba profundamente. Miró el papel que descansaba sobre el escritorio y que contenía unas pocas líneas sin firma, escritas con una desprolija caligrafía. No era el primero. Había encontrado otros dos bajo la puerta, días anteriores.

Su adormecido sentido común le decía que era altamente improbable que ocurriera tal calamidad en su querido hospital, tenía la certeza de que no podía quedarse de brazos cruzados. Acomodó, con un dejo de coquetería, su leonina cabellera, con algunas hebras de plata aquí y allá, fruto de los años y las preocupaciones de su cargo y juntó sus labios separándolos rápidamente, emitiendo un sonido como el repiqueteo de una gota al caer en el agua. Ya había decidido quién sería la persona que compartiría sus desvelos. Se desperezó lánguidamente, como un felino listo para entrar en acción y tomando el teléfono discó el interno número diez.

Hospital – contestó una ronca voz masculina.

Sebastián, haga que desocupen la línea, tengo que efectuar una llamada– ordenó secamente al recepcionista de administración.

Si doctora, enseguida.

Esperó unos segundos y vio como la luz roja que indicaba que la línea estaba ocupada cesaba en su parpadeo, luego apretó la tecla correspondiente y digitó el número que conocía de memoria.

Acción Social, buenos días.

Buenos días, habla la Dra. Angélica Concepción Durigoni, Directora del Hospital local. Necesito hablar con la señora secretaria. Es urgente.

Lo lamento, doctora, pero la señora Arreche no se encuentra en este momento. Está recorriendo con su cuerpo de asesores el barrio Santa Teresita. ¿Quiere dejar algún mensaje?

Dígale que me llame lo antes posible, por favor.

Colgó el teléfono con un dejo de fastidio. No soportaba tener que dilatar cuestiones importantes y ahora tenía que armarse de paciencia y esperar que Haydeé finalizara con su puesta en escena. No desconocía la ilimitada ambición que motorizaba a la que ahora veía como una adversaria. En algún momento del pasado había cometido el error de alimentarla, hasta que cayó en la cuenta, quizá demasiado tarde, de que la estaba usando como palanca para acceder a los más encumbrados círculos del poder local y provincial.

Imaginó a Haydeé recorriendo el barrio orillero, con barro en sus zapatos, el pelo lacio y rubio restallando bajo el sol, repartiendo sonrisas, ropas, chapas y caja de alimentos, y la firme promesa de más, si ganaba las elecciones. Con la intención apenas disimulada de que cada óbolo entregado, cada promesa efectuada con voz vibrante y convencida se transformara en un voto. Una de las formas más procaces de hacer política. Aprovechar la necesidad del pobre. La política como ella la entendía y la practicaba era eso, un continuo toma y daca, donde solo sobrevivía el más fuerte, el que menos escrúpulos tuviese.


La noche apuraba su entrada, oscureciendo con su negro velo a la ciudad. Una gran luna llena bañaba con su fría luz los techos de chapa del hospital, reflejando en ellos haces iridiscentes y mortecinos. Las farolas que cercaban la construcción aguardaban apagadas la señal del mecanismo automático que las controlaba, por lo que bajo la selénica lumbre, el hospital era una mole grande y sombría, de aspecto poco acogedor.

En el interior del despacho de dirección, y a pesar de la estufa de cuarzo encendida, el ambiente era tan o más gélido que el de afuera. Directora y Presidenta del Samco se encontraban reunidas allí, despojadas por completo de la máscara de amabilidad con la que pretendían tratarse en público. Sentadas una frente a la otra, con el escritorio de por medio, se estudiaban lenta y concienzudamente, como gladiadores que intentan descubrir el punto débil de su contrincante.

Angélica bostezo sin disimulo, tapándose apenas la boca con la mano derecha y eructó. No fue por cansancio o aburrimiento. Era su particular manera de expeler de su interior las corrosivas malas ondas que sentía arremolinarse en torno a ella. Se inclinó sobre el escritorio y alcanzó a Haydeé los tres papeles que tanto la perturbaban, evitando deliberadamente tocarle la mano.

Esos son los anónimos de los que te hable. Son acusaciones muy graves.

Haydeé tomó los papeles y los leyó, uno por uno. El último, el más virulento decía textualmente:

“Señora Directora:

Es mi deber reiterar la denuncia contra el Sr. Agustín Ramírez. Este señor, cuando trabaja de noche roba medicamentos y jeringas del Hospital para después cambiarlas por droga, que luego vende en las escuelas. Por eso es que en tan poco tiempo pudo comprarse la moto nueva que tiene y además, alquilar una casa.

Espero que tome medidas contra esta persona, ya que al no hacer nada lo está encubriendo”

Bueno Angélica, no veo porque me lo mostrás a mí. Vos bien sabés que los asuntos del personal le corresponden a la Dirección. El Samco no puede hacer nada al respecto– Haydeé arrojo sobre la mesa los papeles esbozando una media sonrisa de condescendencia.

No te hagas la mosquita muerta, vos bien sabes porque te muestro esto a vos– Angélica, que no se caracterizaba por su paciencia, comenzaba a perder los estribos.

Te repito que no me pienso involucrar. Es tú problema, además esto no está confirmado, es un simple puterío. Alguien que no quiere a ese chico le quiere hacer pasar un mal momento y nada más.

Mirá Haydeé, yo no sé si esto es verdad o no, pero si llega a tener algo de cierto, esta situación nos va a perjudicar a las dos y no hace falta que yo te lo diga. No te olvidés que este pibe entró por recomendación tuya.

Haydeé entrecerró sus bellos y fríos ojos celestes, mirando fijamente a su antagonista. Ya se daba cuenta por donde venía el juego de Angélica. Deslindar responsabilidades lo más rápido posible, o por lo menos compartirlas. Nadie ignoraba que la mayoría de la planta de empleados del nuevo hospital había ingresado gracias a ella. Todo se había realizado bajo los estrictos códigos de la política de pueblo. Una telaraña de “conocidos de”, “recomendados por”, pago de favores, favores a cuenta, se había entretejido vertiginosamente en su rededor. Muchas familias le debían el pan de cada día y esperaba ciertamente poder cobrarse tales favores en las próximas elecciones, donde se postulaba como candidata a concejal.

Se daba cuenta que Angélica tenía algo de razón. Si los anónimos decían la verdad, ella, como presidenta del Samco, se vería involucrada en un caso que alcanzaría la primera plana en la prensa local y provincial. No podía permitirse este riesgo a tan poco tiempo de las elecciones. Su conclusión fue, por una vez, coincidente con la de su rival.

–Bueno Angélica – concedió diplomáticamente – me parece que te estas apurando a juzgar a este pobre chico sobre la base de unas denuncias sin fundamentos, pero coincido con vos en que no nos podemos quedar de brazos cruzados. ¿Vos que propones?

Mirá, lo mejor es hacer la denuncia policial. Ellos sabrán que hacer.

Si, tenés razón, no podemos permitir que el hospital se vea involucrado en un caso de tráfico. No debe haber ni la menor sombra de duda sobre este punto.

De esta manera Directora y Presidenta del Samco dejaron de lado sus diferencias personales y políticas y sellaron un pacto de mutua conveniencia. A ninguna de las dos se les ocurrió siquiera considerar el realizar una investigación interna para constatar la veracidad de las denuncias. En un centro de salud donde la falta de antibióticos, calmantes y hasta aspirinas es crónica, no hubiese sido algo difícil de averiguar.

martes, 16 de marzo de 2010

"107 Emergencias" III


La sirena le indicó a Héctor que la ambulancia regresaba con un paciente dentro. Como carecían de comunicación, esta era la señal que habían acordado para poner a todo el personal en estado de alerta. Si bien el espíritu algo exhibicionista de Hernán muchas veces le había hecho dar una falsa alarma, no podía dejar de tomar como algo serio la inminente llegada de un caso de urgencia.

La guardia estaba todo lo lista que podía estar. Había aprendido, en cinco años que llevaba ocupando su puesto, las dificultades que surgían al preparar lo que él llamaba, con cierta pomposidad propia de su carácter, “el teatro de operaciones”. Pasó lista mentalmente los pasos que había seguido para dejar todo listo y elevó una plegaria rogando no haber omitido nada. En rigor de verdad, el procedimiento a seguir en casos de urgencia en el hospital, era fruto de una larga serie de casos atendidos, con la esperanza de poder aprender algo más de cada uno. También era cierto que los cuatro recepcionistas tenían una manera diferente de encarar las cosas y ni hablar de los médicos y los enfermeros, por lo que cada caso particular era una especie de entramado de reglas que la mayoría de las veces eran contradictorias.

Por supuesto – pensó – él era el que la tenia más clara, sin darse cuenta que los demás seguramente pensaban lo mismo.

El golpe seco de la ambulancia al subir en la entrada lo saco de sus pensamientos. La doctora Comesaña ya había retirado su abollado automóvil. Héctor alcanzó a escuchar los epítetos, nada propios para una profesional, que había dirigido hacia el chofer y toda su familia mientras realizaba esta tarea, sonriendo para sí.

Hernán detuvo el vehículo con un teatral chirrido de frenos y prestamente bajó para sacar la camilla por las puertas posteriores. Julio abrió la puerta lateral y se dirigió a la Doctora para darle los primeros informes sobre el accidentado. Esta, enojada por lo ocurrido con su auto, no le prestó la menor atención y dirigiéndose a Hernán le gritó, con esa familiaridad que dan las largas noches compartidas en la guardia de una institución de salud:

Negro, la puta que te parío, me hiciste mierda el auto, me hiciste.

Hernán le contesto en el mismo tono, sabiendo que la cosa no pasaría a mayores:

No te calentés, Sofía, yo después te lo hago arreglar.

Julio no se dio por vencido e insistió con su informe, hablando casi al mismo tiempo que Hernán, de manera que la doctora no pudo escuchar a ningunos de los dos, y decidió prestamente, que en ese momento quizá era más importante tratar de hacer algo por la pobre persona que dentro de la ambulancia había comenzado a proferir un profundo y lastimero gemido.

Hernán abrió por fin las puertas traseras de la ambulancia y comenzó a retirar la camilla de su soporte. Con la suficiencia propia de su experimentada trayectoria como chofer, avalado por los innumerables cursos de accidentología que había realizado y que según él le hacían el más capacitado para afrontar situaciones límites como ésta, tiró para atrás la traba de las patas plegables de la camilla al mismo tiempo que la deslizaba hacia afuera, en un movimiento perfectamente sincronizado. Lamentablemente para el y mucho más para el accidentado, la traba no alcanzó a expandirse en su totalidad, por lo que las patas posteriores no quedaron enclavadas y, al terminar su recorrido por el riel, no sostuvieron el peso del cuerpo, haciendo que la camilla con paciente y todo se precipitara a tierra.

Los gemidos del accidentado se interrumpieron en una brusca exhalación al estrellarse con su humanidad en el frío y húmedo piso de cemento de la entrada de ambulancias, reiniciándose instantes después, para alivio de todos, porque significaba que todavía estaba vivo.

¡Epa! – Exclamó Julio, estirando sus brazos hacia delante, en un vano intento por evitar lo inevitable.

¡Se te cayó el paciente, pedazo de boludo!- acotó innecesariamente Sofía.

¡Que querés, si nadie me ayuda, tengo que hacerlo todo yo solo! – Respondió un ofuscado Hernán, en un intento por defenderse o por lo menos compartir la responsabilidad de lo ocurrido.

Entre los tres acomodaron al hombre accidentado, cuyos quejidos habían subido en intensidad y tenía los ojos fuertemente cerrados, la cara contraída en una mueca de dolor, llevándolo rápidamente hacia la sala de guardia; donde la actividad se hizo febril. La Dra. Sofía y Julio trabajaban sobre el paciente, tratando de estabilizar sus signos vitales. Hernán, que no se había arredrado en lo absoluto por su pequeño percance con la camilla, estaba parado a un costado, presto a brindar su experimentada colaboración cuando se lo solicitasen. Flora había querido ingresar. Testigo privilegiado del penoso incidente que ocasionara Hernán, quería averiguar si la caída había agravado el estado del accidentado. Siempre era muy útil poseer la mayor cantidad posible de información.

¿Está consciente el tipo? Necesito los datos para la planilla – pregunto Héctor a voz en cuello, ingresando precipitadamente a la ya atestada enfermería por la puerta lateral, golpeando a Julio y lanzándolo contra la camilla.

¡No! ¡Y dejate de joder, eso lo podés hacer después! – Le respondió Sofía al tiempo que le lanzaba una mirada furibunda, porque odiaba las interrupciones y además se le complicaban las cosas. - ¡Necesito que me consigas al radiólogo y al bioquímico que estén de guardia! ¡Ya!

Héctor desistió por el momento de averiguar la filiación del hasta el entonces anónimo accidentado y se dirigió al teléfono para cumplir con lo que le habían encargado.

Julio, alcanzame el suero, tenemos que canalizar a este tipo antes que entre en shock. Decime la presión y el pulso.

Presión 90/60, pulso 110 – contestó eficientemente Julio, al tiempo que le alcanzaba el suero estéril para iniciar la perfusión por vía intravenosa.

No está tan mal, ponele la mascarilla con oxígeno – indicó Sofía, mientras intentaba introducir la agujeta en la vena de la mano del paciente- la puta, no la encuentro- exclamó al tercer y frustrante intento.

Tranquila Sofía, respirá hondo y tomate tu tiempo, salvo por la sangre que le sale de la pierna, el tipo no está tan mal - terció Hernán, al notar el nerviosismo que se iba apoderando de la pobre médica.

¡Callate negro de mierda, vos no me vas a decir lo que tengo que hacer!¡ yo soy una profesional entrenada! – respondió duramente Sofía – ¡Y vos, ponele el oxígeno de una vez! – le grito a Julio.

El pobre enfermero, que no las tenía todas consigo, no soportaba que le gritasen. De carácter sensible e introvertido, le comenzaron a temblar las manos cayéndosele la mascarilla de oxigeno, con tanta mala fortuna que cuando quiso recuperarla tiro de la manguera cristal que la conectaba al regulador del panel, inundando la sala con el particular ruido de los gases a presión cuando escapan libremente. Si algo le faltaba a Julio para quedar al borde del colapso nervioso era soportar nuevamente los gritos de la doctora, que no se hicieron esperar:

¡Pelotudo, que hacés! ¡Tené un poco más de cuidado!

Julio, que no atinó a responder nada, en un desesperado intento por remediar su error, dio un rápido paso hacia el panel del oxigeno para cerrar la válvula, enganchando con su ambo de enfermero la pierna lastimada del accidentado, atrayéndola hacia sí. El grito que sobrevino a esta acción fue infrahumano; taladró los oídos de todos los presentes y congeló la sangre de las personas que se encontraban esperando fuera de la enfermería. El pobre hombre que yacía en la camilla, con los ojos fuera de órbita y la mano fuertemente asida a la pechera de la doctora, enfrentaba su rostro con el de ella, la boca abierta en un alarido desgarrador. Luego, y afortunadamente, perdió el conocimiento.

El silencio que sobrevino podía cortarse con un bisturí. Julio, con los ojos llenos de lagrimas y ya temblando incontrolablemente pudo por fin alcanzar el panel de la pared y cerrar el flujómetro. Hernán lo ayudó a conectar de nuevo la manguera y colocar la mascarilla sobre el rostro del paciente. La cara de Sofía era una mascara hierática que ocultaba como una armadura los sentimientos que bullían en su interior. ¿Quién me habrá mandado a meterme acá?, se preguntaba. Hasta ahora había tenido suerte y sus guardias habían resultado tranquilas. Este, podría decirse, era su bautismo de fuego. Y no le estaba gustando nada.

Julio trataba de mantenerse bajo control. Él era un enfermero capaz. Un profesional con experiencia. No iba a dejar que esa medicucha lo basureara. Lo que había pasado era una desgracia, un accidente, algo imprevisible. Pero estaba dispuesto a superar el mal trance.

Hernán observaba todo atentamente. Se daba cuenta que la situación no era normal y que tanto médica como enfermero estaban nerviosos, casi al punto del derrumbe, pero no podía decir nada. Se le había caído el paciente de la camilla. La pesadilla de un chofer de ambulancia. Solo lo consolaba en parte el hecho de que había poca gente a esa hora, aunque no se hacía demasiadas ilusiones. Su blooper circularía en poco tiempo por todo el hospital y sus alrededores.

Sofía trató de tomar el control de la situación.

Julio, por favor, medí los signos vitales, Hernán por favor controlá el panel, que no se vuelva a salir la manguera. Voy a mirar la herida.

Tanto Hernán como Julio se apresuraron a cumplir lo indicado, mientras que Sofía tomó el fotósfero y lo ubicó en posición para observar la pierna. Este aparato; un tubo de acero inoxidable de unos 30 cm. de largo y unos 10 cm. de diámetro, con un portalámparas en un extremo y un lente de aumento en el otro, sujeto a un pie; sirve para focalizar la luz en sitios donde se requiere un examen minucioso.

La doctora conectó el fotósfero y éste no encendió. Maldiciendo en voz baja apoyó su mano derecha sobre el cilindro para sacudirlo un poco, quizá fuera un falso contacto.

El primero en darse cuenta que algo no andaba bien fue Hernán, cuando notó que las luces comenzaron a parpadear. Observó que a Sofía se le habían erizado los pelos, tenía los ojos en blanco, un hilo de saliva le corría por la comisura de su boca entreabierta, que no profería sonido alguno y que su cuerpo se sacudía en movimientos espasmódicos.

¡Quedó pegada! ¡Julio, Sofía quedó pegada!

¿Eh?! ¿Qué pasa?!

Correte salame – solo la veloz reacción de Hernán impidió la tragedia. Con un par de veloces zancadas llegó hasta el enchufe y teniendo la saludable precaución de no tocar a la infortunada doctora, que se sacudía como una coctelera, asió el cable del fotósfero y le dio un tirón.

Sofía dejó de temblar, trastabilló y cayo sobre el carro de guardia, repleto de instrumental, arrastrando estrepitosamente todo en su caída.

Julio, ayudame, vamos a llevarla a transitoria.

Entre el chofer y el enfermero cargaron el cuerpo exánime de la profesional y lo depositaron en la cama de la habitación contigua que oficiaba de sala de internación transitoria.

Hernán le pidió a Héctor, que había escuchado el estrépito y se acercaba a ver que pasaba, con Flora pisándole los talones:

Llamá por favor a Miguel, a ver si se puede hacer cargo de este desastre.

Bueno, pero ¿me podés contar que pasó?

Después te cuento, esto es un quilombo, llamá a Miguelito, por favor.

El recepcionista optó por reprimir su curiosidad y se dirigió a llamar al médico de UTI (Unidad de Terapia Intensiva). Cuando Miguel llegó a la guardia, Sofía estaba reclinada en su cama y ya se encontraba mejor. Julio estaba en la enfermería, cuidando del traumatizado, todavía inconsciente en la camilla.

Miguel era una persona de pocas palabras y mucha iniciativa. Cuando escuchó de boca de Hernán y Julio lo que había pasado, le echó una ojeada al paciente y mandó llamar a Héctor.

Escuchame negro, ¿este tipo tiene obra social?

Si, acá llegaron unos parientes que me dieron sus datos. Se llama Ramón Almada y tiene obra social.

Bueno, listo el pollo. Conseguime una derivación al Rivadavia, explicale mas o menos como viene la mano. Hernán prepará todo para llevarlo, yo te acompaño.

Una vez cumplimentados todos los trámites cargaron, con muchísimo cuidado al hombre accidentado en la ambulancia, emprendiendo el corto camino hasta el sanatorio privado.

Unos días después apareció pegado en el transparente de la recepción un papelito manuscrito en el que se podía leer:

“Los familiares de Ramón Almada agradecen enormemente la atención recibida en este Hospital, orgullo de toda la comunidad, y especialmente a la Dra. Sofía, a Julio, a Hernán, a Héctor y al Dr. Miguel por la preocupación y la enjundia que demostraron atendiendo a nuestro querido Ramón. Que Dios los bendiga a todos”