Adolfo Federico Reinhart no era un hombre de andarse con vueltas, Adolfo Federico Reinhart no era un hombre de andar eludiendo responsabilidades, Adolfo Federico Reinhart, en fin, no era un hombre.
No en el sentido que su germana apariencia indicara. Era un fornido descendiente de alemanes. Su metro noventa y cinco, sus ciento siete kilos, su rubicundo rostro con marcas de viruela, sus pobladas cejas, unidas en el puente de su ganchuda nariz, los ojos celestes desteñidos, casi grises, de mirar penetrante y definitivo, el pelo rubio cortado a cepillo y ahora aclarado por canas que delataban su mediana edad; imponían respeto.
No obstante su viril y ruda apariencia, Adolfo escondía, en lo más recóndito de su ser, un secreto. No sabía a ciencia cierta por qué, pero desde su más tierna infancia sentía una total e indeclinable atracción hacia las personas de su mismo sexo. Recordaba todavía sus Navidades y Reyes, cuando, en posesión de su pelota de fútbol, de su autito, de su revolver a cebita o de cualquier otro juguete convenientemente varonil, envidiaba secretamente la muñeca, el jueguito de cocina, el vestidito que puntualmente recibía su hermana menor.
Su precoz inclinación finalizó, en su infancia al menos, a los catorce años. Su padre lo sorprendió una tarde que regresara temprano del trabajo; vestido con ropas de su madre, maquillado y manipulando de manera poco apropiada un voluminoso pepino, hortaliza infaltable en la ensalada del almuerzo dominical de la familia.
Años más tarde, su madre le contaría que recién al tercer día de internación en terapia intensiva el médico le pudo informar, con cierto grado de certeza, que sobreviviría a la feroz paliza.
Su padre era inflexible, rígido en sus pautas, no toleraba la menor disidencia. Partidario acérrimo del castigo corporal como método pedagógico infalible. Nunca dudó en utilizar la voluminosa hebilla de su cinto cuando era necesario enderezar a su retoño.
Nunca admitiría la menor falla en su prole.
Así las cosas, Adolfo hizo un esfuerzo sobrehumano para erradicar su abominable desviación y desarrollar una vida normal. Se casó con una fornida mujer, a la que apenas soportaba, y engendró dos hijos, a los que educó en el duro código ético y moral que había aprendido; aunque todavía en la actualidad, bien entrado en los cincuenta, le costaba un arduo esfuerzo no mirar demasiado fijamente los cuerpos musculosos, húmedos y jóvenes de sus compañeros de trabajo, cuando compartían el vestuario de la fábrica.
Ahora su hijo mayor estaba frente a el, diciéndole unas palabras que le resultaban increíbles, pero al mismo tiempo, no le sonaban descabelladas. Al fin y al cabo era su hijo. Sangre de su sangre.
- Mirá viejo, ya se que no hay una forma fácil de decir esto, así que la hago corta. Soy gay. Me gustan los hombres, siempre me gustaron. Ahora mismo estoy en pareja con uno. Un muchacho maravilloso que me hizo entender que era inútil que negara mi esencia, mi verdadera personalidad. Se que esto no te va a caer bien, pero yo si lo estoy. Soy feliz, viejo, y si te cuento esto es porque no quiero tener ningún esqueleto guardado en el ropero. Quiero vivir una vida plena y no tener que arrepentirme de nada. No te pido que me entiendas y no te pido perdón, pero quiero...
Adolfo, en secreto, admiró la valentía de su hijo. Una mezcla de encontradas emociones se arremolinaban en su cerebro. ¡Como hubiera querido enfrentar de esa manera a su padre! La placa de titanio firmemente atornillada en su brazo y el dolor que sentía en sus huesos quebrados los días de humedad, le decían que no hubiese sido una buena idea. Sintió que debía hacer algo. No podía hablar. ¿Qué iba a decir? Así que sin pensarlo siquiera, obedeciendo a un impulso que partía de su más recóndita frustración y de un indemostrable orgullo por su hijo, extendió su fornido brazo derecho por sobre su hombro izquierdo y descargó un furibundo cachetazo de revés sobre el rostro de su primogénito. Lo vio volar, literalmente, por sobre la mesa ratona y caer despatarrado en un sillón. Lo vio levantarse a duras penas, vio en su rostro, marcado por sus nudillos, una ausencia total de sorpresa, como si no esperara otra cosa.
- Andate a la mierda, viejo hijo de puta – balbuceó su hijo, con la boca llena de sangre. Y se fue.
De repente, Adolfo comprendió. Salió casi corriendo de su casa y subió a su automóvil. Se dirigió al asilo donde estaba internado su padre y que jamás había visitado.
En la recepción pidió verlo y le dieron las señas de cómo llegar a su habitación.
Lo encontró sentado en su silla de ruedas, solo, frente a la ventana, contemplando un lozano y florecido jardín primaveral.
- Hola, viejo – le dijo, sin el menor asomo de simpatía o compasión.
Su padre lo miró de soslayo y con el mentón le indicó que se sentara, como si su visita fuera cosa de todos los días.
- Marcos me acaba de confesar que es gay.
El viejo arqueó levemente las cejas, sin decir nada, en una mirada de interrogación.
- Que es gay, puto, trolo, eso me dijo – fue mas explicito Adolfo. – Y no me sorprendió, ¿sabés? Es curioso, casi lo esperaba. Hizo lo que yo nunca pude hacer. Todavía recuerdo la paliza que me diste. Tuve miedo, negué mi condición, enterré mis sentimientos, fui un infeliz. Pero ahora me doy cuenta el por qué de tu reacción; esto no es casualidad, ¿no es cierto, viejo? Vos hiciste conmigo lo que seguramente hicieron con vos. Porque ahora me doy cuenta de que vos también sos puto. Vos también sos un puto reprimido.
El viejo pareció encogerse en su silla y lo miró sin responder. Una lágrima brotó de sus legañosos ojos desteñidos.
Ambos desviaron la vista hacia la ventana, sin más que decir. Una gran mariposa multicolor se había posado sobre el alfeizar. Ante la perdida mirada de los dos, dedicó unos segundos a acicalarse y luego echó a volar, buscando una flor.

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