lunes, 17 de mayo de 2010

"Mano de hierro"


Si bien los desafortunados hechos que acaecieron en nuestro hospital fueron de público conocimiento, en parte supongo gracias al nivel de gravedad que alcanzaron y que motivó que fuésemos foco de atención de la prensa local, regional y hasta nacional, hubo algo que no trascendió: El porqué se llegó a una situación de esa naturaleza, sin retorno, apocalíptica. La erupción volcánica de las más bajas pasiones, el comportamiento descomedido de mis compañeros. Su actitud, por decirlo de una manera suave, casi criminal.
Porque, seamos sinceros, nada sucede gratuitamente. Todo tiene una causa, un por qué, un fundamento. Y en este caso en particular, mal que me pese decirlo, tengo algo de responsabilidad.
Nos habíamos acostumbrado, con el correr de los años, a desenvolvernos con indolencia, desinterés y molicie, en un clima de completa impunidad y estulticia. Sucesivas administraciones de proceder ineficaz y fraudulento nos habían sumido en un fangoso escenario de inmovilidad del que dudo ya que alguien pueda sustraernos.
La inopia e inoperancia se habían transformado ya en la regla, de la cual unos pocos (entre los cuales, modestia aparte, me incluyo) intentábamos ser la excepción. Pero ya estábamos desfalleciendo. La tumultuosa e implacable marejada de la mediocridad hacía que atravesarla nadando en contracorriente fuese una empresa desalentadora, más aún cuando la orilla resultaba estar siempre más lejana cada vez.
Por eso celebré cuando la nueva administración se hizo cargo. Era como vislumbrar una tenue luz al final del túnel, aunque a la postre esa tenue luz resultó ser el faro de un ciclópeo tren que nos terminó de desintegrar.
Cuando presentaron al nuevo director, un santiagueño de mirar manso y perenne sonrisa bonachona, supe enseguida que no iba estar a la altura. Ciertamente no necesitábamos bondad, tolerancia, paciencia, llamados al respeto y al trabajo mancomunado, valores a los que ya nadie hacía caso. Necesitábamos mano dura, consignas firmes y castigos ejemplares. Para colmo de males, su ladero, un ex delegado otrora combativo, devenido en administrador – interventor por la magia de la política y por la escasez de gente capacitada para el cargo, no parecía que fuese a ser de mucha utilidad, ya que como pronto nos percatamos, cualquier problema más o menos serio que se le planteara encontraba como respuesta una irónica y ronca risilla seguida de un “y bueno…” nada halagüeño.
Supe yo que, conocedor del paño y sus dobleces y con la ventaja de no tener ninguna responsabilidad y de no afrontar las gravosas facturas que indudablemente devengarían de tomar las decisiones que habría que tomar, tendría que iniciar una cruzada de esclarecimiento sobre el doctor, que dado su moroso carácter provinciano hubiese estado mejor empleado como médico rural que como director del serpentario que se había convertido nuestro querido hospital.
Por ello en la primera oportunidad que tuve le di a conocer mi acertado razonamiento:
- Doctor, usted debe manejar esto con dureza, debe hacer saber quien manda, los empleados, ya sean mucamas, enfermeros o médicos, deben saber que no cumplir con sus obligaciones supondrá una sanción, debe hacerse respetar, no ya por la razón, porque la situación ya está muy deteriorada para ello, sino por el temor. Debe ser la Némesis que barra con las malas costumbres y la impunidad. Tenemos un reglamento que determina nuestros derechos y obligaciones, hay que hacer dejar de lado un poco los primeros y hacer hincapié en los últimos. Tiene que borrar de su cara esa sonrisilla buenuda y tratar a todos con el ceño fruncido, dejando que la velada amenaza del castigo recaiga sobre quienes osen incumplir con lo que usted manda. Suena duro, doctor, pero créame, es la única manera de enderezar esto. Los buenos modales, los argumentos razonados y la benevolencia no sirven. No en este caso.
El pobre doctor me miró con sus ojos mansos, quizá sorprendido por la vehemencia de mis argumentos y solo atinó a responder, balbuceando apenas:
- Yo no soy así, tiene que haber una manera mejor de hacer las cosas…
- No, no la hay – respondí exasperado- ¿no lo entiende, acaso? Necesitamos la disciplina, aunque no la querramos. Tiene que aprovechar la oportunidad. Si deja pasar el tiempo, todos sus esfuerzos serán inútiles.
A su lado, el gordito comparsa se reía
- Je, je, je… Je, je… Je, je, je… Este es peor que Videla, che – dijo, refiriéndose a mí – Nosotros no vamos a hacer eso, somos socialistas, ¿entendés?
- Si piensan encarar las cosas así, háganse cargo de las consecuencias – apostrofé y me retiré.
No obstante, no cejé en mi empeño. Cada vez que tenia la oportunidad, volvía a repetirles, palabras más, palabras menos, los mismos argumentos. Lamentablemente, la manera pusilánime que tenían de llevar las cosas deterioró aún más la situación. El personal obraba a su antojo, no había ya regla o disposición que se acatara. El Doctor y su sempiterno adlátere comenzaron a esquivarme, mientras la anarquía campeaba en el lugar. Fue duro observar el deterioro físico y moral de dos personas bienintencionadas e inteligentes empeñadas en una batalla perdida de antemano por no querer esgrimir las armas adecuadas.
Pasaron los meses, y así como la gota de agua orada la piedra, mi predica fue haciendo mella en el carácter apacible del doctor. Con gran satisfacción vi que comenzaba a tomar actitudes más duras, aunque no con la energía y en la medida que hubiesen sido necesarias y por supuesto, no con los resultados esperados. Es muy difícil volver al redil a las ovejas díscolas.
- ¿Vos querías mano dura? Vení a la reunión y vas a ver… vas a ver… esto se terminó- me dijo la última ocasión que tuve que hablar con el. No pude dejar de notar la terrible presión a la que se veía sometido, que se delataba sobre todo en su mirada un tanto extraviada, en un persistente tic nervioso que estremecía su flaca mejilla y en un leve indicio de espuma salivácea que aparecían en las comisuras de su boca, torcida en una sonrisa no ya bonachona sino –se me ocurrió – un tanto enajenada.
En ese preciso momento supe que nada bueno podía ocurrir.
El salón designado para la mencionada reunión estaba atestado, era la primera vez en mucho tiempo que un director obligaba a hacer algo, y para muchos era una novedad.
Él, ceñudo, nos observaba a todos con una mueca de disgusto. El interventor retorcía su voluminoso cuerpo y no dejaba de emitir una risita nerviosa e incómoda.
Pidió silencio con autoridad, no exenta de malos modales y ante un auditorio perplejo comenzó una fuerte y apasionada perorata en la que con términos duros y descarnados expuso todas las iniquidades que cometía sistemáticamente el personal. No pude reprimir cierto asomo de orgullo al notar que su apasionado discurso abrevaba en las numerosas charlas que habíamos mantenido y en las que yo había tratado, hasta ese esclarecedor momento pensaba yo, de aleccionarlo en vano.
Pasado el primer instante de sorpresa, su atónito auditorio comenzó a inquietarse. Siempre he notado que basta una reprimenda a alguien totalmente inicuo para que adopte una actitud de indignada afrenta y rebata con vehemencia cualquier acusación por fundada que esté. Si multiplicamos esta actitud por un centenar, pueden darse una idea aproximada del clima que rápidamente fue formándose en el recinto.
Estaba ya el doctor fuera de sí. Su precipitada y altisonante verba salpicaba la primera fila de furiosos e indignados oyentes cuando ocurrió. Un objeto contundente (tiempo después supe que había sido el reloj de un tensiómetro) arrojado desde el anonimato, surcó raudo el salón y pegó con fuerza en su frente, cortándola. Un considerable reguero de sangre cayó, resbalando por su arco superciliar, recorriendo el contorno de su nariz y boca para caer de su barbilla. Esa fue la señal. El personal, que a esta altura era ya una turbamulta embravecida, renegó de cualquier criterio de urbanidad y razonamiento y se arrojó, como un solo hombre, sobre el aturdido doctor, propinándole una soberana paliza. Un griterío aterrador lleno de aullidos y vituperios enmarcó la dantesca escena.
Afortunadamente, como estaba cerca de la puerta, pude rápidamente escapar al pasillo. Un momento después, con la ropa hecha jirones y la cara cubierta de arañazos y cardenales, salió gateando el interventor. Pesadamente se tumbó, apoyando la espalda contra la azulejada pared y con los ojos llenos de lágrimas me miró.
- Que cagada – fue lo único que musito, tembloroso. Advertí que ya no reía.
Al doctor no lo vi más. Después supe que los mismos que participaron de su cuasi linchamiento, quizá asustados por lo que habían hecho, lo socorrieron. Los mismos médicos y enfermeras que instantes antes acometían con fiereza contra él, cosieron y vendaron sus heridas, redujeron sus fracturas y lo derivaron a Rosario. (Estos últimos gestos me hacen pensar que no está todo perdido).
Mucho tiempo después también me enteré que el doctor, del que piadosamente omito su nombre, curadas ya sus heridas físicas y mentales, había recuperado su proverbial tranquilidad provinciana, atendiendo un consultorio en Añatuya, su pueblo natal; en donde sus dóciles pacientes todavía le pagan las consultas con pollos, huevos o algunas mantas con motivos autóctonos, tejidas en telares caseros.

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