lunes, 26 de abril de 2010

"El descubrimiento del Dr. Samuel Fritz"

Caminaba por el ancho pasillo con su sonrisa canchera y la apostura propia de un galán de telenovela latina. El doctor Samuel Fritz era una de esas personas que irradian un aura de superioridad sin siquiera esforzarse por lograrlo. Líder nato, sabía dominar la situación con solo esbozar una sonrisa de costado –casi una mueca– o intimidar con su profunda mirada, enarcando elegantemente una ceja sobre sus ojos. Su pelo crespo, siempre cortado con un estilo casi militar y, a pesar de su juventud, poblado de abundantes canas, le daba un plus a su natural atractivo. Sus facciones eran cuadradas, armónicas, con un dejo de rudeza masculina. Siempre se le veía elegante, enfundado en su entallado ambo verde claro.
Estaba casado hacía dos años, con una bella y encantadora joven, pero no era de los que hacen un culto a la fidelidad. En las largas guardias que cumplía, había demasiadas médicas, enfermeras, mucamas, bioquímicas, dispuestas a caer subyugadas ante sus irresistibles encantos.
Médico por tradición familiar –su abuelo y su padre le precedían– jamás consideró que el tradicional “Juramento Hipocrático” lo atara demasiado. Su calidad profesional y su juventud le aseguraban que su paso por este perdido hospital provincial de baja categoría no se extendería en el tiempo. Mientas tanto trataba de cumplir con sus obligaciones lo mas tranquilamente posible. Su objetivo era adquirir alguna experiencia, mientras ejercitaba sus dotes de seducción con cualquier personal femenino que valiera la pena.
Como médico de U.T.I. su vida profesional transcurría sin mayores sobresaltos. Los casos que revestían alguna gravedad eran sistemáticamente derivados a centros de salud de la gran ciudad, por lo que solo atendía a viejos y desahuciados para los que el final era casi un alivio y también para sus familiares, aunque se mostrasen compungidos y derramaran abundantes lagrimas.
Jamás se involucró emocionalmente con paciente alguno. Creía firmemente que la clave del éxito profesional residía en mantenerse frío, eficiente y distante. Él estaba para curar el cuerpo; del alma -si existía- y de las emociones, que se ocupasen los familiares. O algún cura.
Caminaba el doctor, ajeno a cualquier problema terrenal. Feliz y relajado luego de un gratificante interludio con la bioquímica en el estrecho catre del laboratorio.
Cuando estaba a punto de ingresar a su servicio se percató de un movimiento inusual en la guardia. Escuchó gritos y la confusión que solo podría indicar el arribo de una emergencia.
- Cagamos, un accidente –maldijo a media voz– Ojala que no me rompan las bolas.
No alcanzó a finalizar este escatológico pensamiento, cuando la puerta que tenía delante se abrió, asomando la cabeza de la enfermera. El rostro huesudo y anguloso mostraba la expresión atarugada y perpleja propia de alguien que es despertado de sopetón y puesto en actividad, antes de que su cerebro alcance a comprender que es lo que sucede.
- Doctor, acaban de llamar de la guardia, parece que hubo un accidente –le manifestó con la voz pastosa y los ojos legañosos– quieren que vaya.
- Bueno, vamos a ver que pasa –se resignó.
Cuando llegó a la enfermería, no se asombró al ver el desbarajuste que campeaba en el lugar. Nora Gorostiza, veterana médica de guardia y Juana Laborde, diminuta y pelirroja enfermera, parecían extraídas de un filme policial. La brillante y escarlata sangre arterial estaba desperdigada por todas partes, en la estrecha, incomoda y poco funcional enfermería. Manchaba las ropas, las manos enguantadas, las gafas protectoras de acrílico. Las dos mujeres luchaban denodadamente para detener la hemorragia.
- ¿Qué pasó? – Fue la breve pregunta de rigor.
- Un accidente múltiple. Tres personas. A dos los pudimos mandar a Rosario, pero este quedó acá. Me gustaría que lo vieras, pero creo que lo más conveniente es llevarlo a UTI. –concentrada como estaba, Nora habló sin mirarlo.
Samuel se inclinó sobre el hombro de la enfermera y lo que vio no hizo sino confirmar el diagnóstico de su colega. El tronco del joven presentaba una pronunciada depresión sobre su costado derecho y unas astillas inusualmente blancas perforaban la piel del desdichado. Fractura expuesta de costillas, tórax comprimido, casi con seguridad ambos pulmones perforados. Por la cantidad de sangre perdida, también alguna arteria principal comprometida.
- Bueno, sacale los frenos a la camilla, Vamos a llevarlo.
En el trayecto, sobre la camilla, rodeado de los dos médicos y la enfermera que llevaba el suero, el joven abrió los ojos y clavo sus dilatadas pupilas en él.
- Doctor, por favor, sálveme. No me deje morir.
Todos dieron un respingo. Samuel lo miró perplejo. Era imposible que estuviera consciente en tal estado.
Cuando llegaron a la sala de cuidados intensivos, lo depositaron en una cama y la enfermera del sector, ya totalmente despabilada, comenzó a conectarle toda la parafernalia propia de las circunstancias.
El muchacho estaba despierto. Su rostro, pálido y desencajado; sus ojos, aterrorizados. Contemplaba las filosas astillas de sus huesos, dándose cuenta de que por esos desgarrados orificios se le escapaba la vida. Desvió la mirada y comenzó a gemir quedamente.
- El auto... el auto... mi viejo me mata...
Cada palabra pronunciada era acompañada por el gorgoteo de la sangre mezclada con el aire de sus deshechos pulmones
- Doctor, dígale a mi papá que me perdone, no sé lo que paso, dígale que no fue mi culpa
- Calmate flaco, no hables ahora. Después se lo decís vos -Samuel no pudo mirar directamente a los ojos, sabiendo, como sabía, que le estaba mintiendo. Todavía no entendía como era posible la lucidez del muchacho.
- No doctor, no, me estoy muriendo, lo sé. Doctor... prométame que va a hablar con mis padres... explíqueles... no fue mi culpa... - Una débil tos interrumpió las palabras, un hilillo de sangre se deslizó por la comisura de la boca. La enfermera se apresuró a limpiarlo.
- No digas pavadas, flaco. Te vas a poner bien. -La sonrisa de Samuel y sus despreocupadas palabras contrastaban con la tristeza que asomaba en sus ojos.
El joven cerró los ojos y ladeó la cabeza. Su respiración se tornaba cada vez más dificultosa. El ominoso burbujeo se escuchaba cada vez más fuerte.
De pronto comenzó a sollozar:
− No quiero morir... no quiero morirme. Doctor ayúdeme, por favor – una débil tos entrecortaba las palabras salpicando con pequeñas gotas de sangre pulmonar su barbilla desencajada.
− Flaco, no hables, quedate tranquilo, todo va a salir bien – Samuel lo alentaba en voz baja, mientras miraba a su alrededor, como buscando ayuda. No soportaba escuchar esa súplica.
- Mamá... mamá... no quiero... no... - el balbuceo apenas inteligible, termino por destruir las pocas reservas anímicas de todos. Samuel se dio vuelta y miró a los ojos a la doctora, moviendo la cabeza de lado a lado, derrotado. La ciencia médica ya no tenía nada que hacer.
De repente el muchacho inspiró ruidosamente y quedó inmóvil. El monitor cardiaco cambió su irregular trazo por una macabra línea y el pitido intermitente se transformó en un ominoso y desolador sonido continuo.
La enfermera tomó rápidamente las paletas del desfibrilador, ya listo para ser aplicado y se las tendió.
- Doctor - le ofreció suavemente.
Samuel negó nuevamente con la cabeza.
- Es inútil, todo es inútil.
La enfermera, entonces, cumplió con el clásico ritual. Con la sabana manchada de sangre cubrió el cuerpo y el rostro del joven exánime y comenzó a desconectar los aparatos.
Un denso velo de lágrimas cubría sus ojos y los de la doctora. Curtidas veteranas en la lucha contra la muerte, ésta en particular había tocado la poca sensibilidad que aún quedaba en sus duros corazones.
El Doctor Fritz, los hombros caídos, la mirada perdida, se sentó sobre una camilla desocupada y apoyó la espalda contra la pared.
Por la puerta lateral entró atropelladamente Héctor, el chofer.
- Che, afuera están los viejos del pendejo, quieren saber que pasa con su... - la frase quedo suspendida en la densa atmósfera que reinaba en el recinto. Al ver la sábana que cubría el cadáver giró para enfrentarse con Samuel.
- ¿Qué, se murió? - quiso saber
- Ahora no, negro, ahora no - le contestó un pálido doctor, con la mirada fija en el piso verde y aséptico del lugar.
Héctor, cosa rara en él, se llamó a silencio.
Era su deber dar la noticia a los padres. Se sentía raro, lo ocurrido lo había afectado de una manera que no creía posible. Si hasta había llegado a burlarse de los colegas que se mortificaban cuando perdían un paciente. No era lo correcto tomarlo como algo personal, y aún sabiendo eso, no entendía por que se sentía tan mal.
Quizá en unos pocos días volvería a ser el de antes. Un profesional frío, metódico y ambicioso. Y trataría a los demás con el desdén y la condescendencia propias de su superioridad. Quizá en unos pocos días volvería a las andadas, disfrutando de los favores de cuanto personal del género femenino accediera. Quizá. Pero no en ese momento. Se encontraba enfrentado a su conciencia, una conciencia que no creía tener.
El muchacho, del que aún no sabía ni el nombre, en su agonía, lo había hecho ingresar en un estadio nuevo, donde lo posible no alcanzaba, en donde todo su saber, toda su preparación no servían siquiera para agregar un par de segundos a la vida de una persona. No podía borrar de su mente la mirada, hasta cierto grado acusadora, del que sabe que nada podrá hacer para salvarlo. Le dolía en el alma haber perdido, no por su orgullo de ganador, lamentaba sinceramente haber sido incapaz de evitar esa muerte en particular.
Los demás observaban en silencio, con asombro y curiosidad como, sentado e inmóvil en la camilla, con aire vencido y distante, el otrora altanero y orgulloso doctor Samuel Fritz se cubría la cara con sus manos enguantadas y rompía a llorar.

miércoles, 14 de abril de 2010

"Anónimos" II

El Subcomisario Arturo Esteban Etchenique, jefe del departamento “Drogas Peligrosas” de la Unidad Regional de la ciudad, escuchó atentamente el sucinto relato que las dos insignes señoras que tenía delante le hacían de los hechos. La primera conclusión a la que arribó era que, precisamente, no existía ningún hecho. Se guardó de expresar su opinión y siguió escuchando atentamente.
−... y así Señor Subcomisario, con la Sra. Arreche coincidimos en que lo más atinado era dar parte de estos lamentables sucesos a la policía, para que se tomen las medidas necesarias que lleven a su total esclarecimiento.
−Comprenderán señoras –explicó el Subcomisario en un pedagógico tono de voz– que si ustedes presentan una denuncia formal sobre la base de estos anónimos, es porque consideran que tienen algún fundamento. En este caso, se abriría el sumario correspondiente y la causa pasaría al Juez para que dictamine los procedimientos necesarios.
Angélica y Haydeé intercambiaron una fugaz mirada de mutuo entendimiento. Haydeé dijo:
−Sr. Subcomisario, comprendemos la gravedad y las implicaciones; por lo que le decimos que el hospital debe quedar libre de toda sospecha. Nuestra intención es que este problema de solucione de la mejor manera posible y con la mayor discreción.
−En ese caso, pueden ustedes estar tranquilas, les aseguro que han tomado la mejor decisión.
−Gracias, Sr. Subcomisario –Angélica tomó nuevamente la palabra– No le quitamos mas de su valioso tiempo. Dejamos todo en sus manos.
Y sin decir más estrecharon la mano del enjuto y cejijunto oficial de la ley y tan majestuosamente como habían ingresado en su oficina, se retiraron, las cabezas erguidas y las conciencias en paz.
El Subcomisario Etchenique contempló en meditabundo silencio como las señoras abandonaban su despacho y se quedó sopesando las alternativas que se le presentaban. Estaba casi seguro que todo esto no era más que una fantochada. Las denuncias anónimas no presentaban más datos que una insidiosa y trasnochada afirmación, sin ninguna prueba o fundamento. Por otra parte, tenía que considerar su situación al frente de la división “Drogas Peligrosas”. Mas allá de alguna requisa ocasional, su gestión no había sido ciertamente para destacarse. Los peces gordos de la zona eran, bien lo sabía el, intocables y su impunidad se extendía también a los “dealers” que hacían su agosto en boliches y escuelas de la ciudad. El se preciaba de ser un policía honrado, pero no podía enfrentar al sistema. Sabía bien lo que les ocurría a quienes osaban arriesgarse. Policía honesto, si –pensó– suicida, jamás. El caso Ramírez se presentaba como una oportunidad de bajo riesgo para poner en movimiento los oxidados engranajes de la maquinaria policial. Si, como estaba seguro, todo era una falsa alarma, tendría para presentar una impecable investigación y una absoluta dedicación a la lucha antidroga. Por el contrario, si los anónimos estaban en lo cierto, ya vería como zafar de cualquier implicación nefasta. Tomó el teléfono y se dispuso a comunicarse con el Juez.
A Agustín la vida le sonreía. Nunca se había sentido mejor. Mientras caminaba de regreso a su casa tomado de la mano de su novia, bajo el cielo tachonado de estrellas de esa fría noche de invierno, se sintió verdaderamente feliz.
Desde lejos pudo notar que algo no estaba bien. Una punzada de inquietud traspasó su conciencia. ¿Qué habría pasado? El despliegue ante sus ojos era impresionante. Pudo contar tres patrulleros y un furgón policial. Al acercarse pudo ver policías en sus ropas de fajina y armados con amedrentadores fusiles. Estaban por todas partes, en la vereda, en la calle, arriba de los techos. Su inquietud se trocó en franco temor cuando advirtió que todo el despliegue era precisamente en su casa. Al llegar pudo ver que los agentes también estaban en el interior. Era un allanamiento en toda regla.
La voz de Marisa sonó a su lado, con una nota de pánico que el mismo comenzaba a sentir hasta los huesos.
−¿Qué está pasando, amor?
−No sé, no tengo la menor idea. Debe ser un error –respondió, aferrándose a la única explicación plausible que se le ocurrió.
Dos robustos policías, de aspecto amenazador y cara de pocos amigos se adelantaron para cortarle el paso.
−¿Qué sucede? ¿Qué es todo esto? ¿Por qué están en mi casa? –Las preguntas le brotaban a borbotones, mientras sentía que sus piernas no lo sostenían.
−¿El Señor Agustín Ramírez? – Quien habló era el Subcomisario Etchenique, que parado y apoyado en la puerta del patrullero dirigía el operativo.
−Si soy yo. Y esta es mi casa. ¿Me pueden decir de una vez que está pasando?
El Subcomisario hizo una seña casi imperceptible y los dos fornidos policías se abalanzaron sobre él, mientras otros que estaban cerca lo apuntaban con sus armas. Lo arrancaron del lado de Marisa, que profirió un involuntario chillido ante el atropello, y sin ninguna delicadeza lo dieron de bruces contra el capot del automóvil policial, sonde lo sometieron a un humillante cacheo.
−Sr. Agustín Ramírez –recitó protocolariamente el Subcomisario– queda usted detenido. Se le acusa de robo y tráfico de estupefacientes.
Agustín quedo desconcertado. ¿Robo? ¿Tráfico? ¿De dónde había sacado la policía semejante disparate? Seguramente lo estaban confundiendo con otra persona. Abrió la boca para defenderse pero no pudo pronunciar palabra. El agudo y tétrico sonido de las esposas al cerrarse sobre sus muñecas resonó dramáticamente. Con rapidez, los integrantes del grupo de operaciones especiales de la división “Drogas Peligrosas” ocuparon sus lugares en los móviles, partiendo raudamente con su atónita presa.
Sola, de pie, temblando incontrolablemente, Marisa trataba de entender que había pasado. Sus ojos arrasados de lágrimas, distinguieron las borrosas siluetas de los patrulleros que se alejaban con las balizas girando en forma dantesca; mientras los vecinos, curiosos, comenzaron a asomarse cuando estuvieron seguros que el peligro había pasado.

El agente se encontraba de pie, en posición de firmes, la vista fija por encima de la cabeza de su superior sentado en su escritorio.
−Entonces, oficial ¿Cuál fue el resultado del procedimiento? ¿Encontraron algo?
−Negativo señor. La casa estaba limpia. Salvo un par de revistas pornográficas y unas tabletas de aspirinas no encontramos nada. Ni armas, ni dinero, ni drogas, ni medicamentos. Lo único para destacar, señor, es que la tableta de aspirinas decía “Ministerio de Salud Distribución gratuita” –La voz del agente dejaba traslucir algo de la decepción que sentía por lo que él consideraba el fracaso del operativo. Luego calló, esperando obedientemente la orden de su jefe.
−Está bien, agente. Traiga al detenido.
−Si señor –El agente se retiró de inmediato a cumplir con la orden.
El Subcomisario Etchenique quedó solo. Mientras aguardaba que trajeran al sujeto pensó que por esta vez había estado en lo cierto. Hasta ahora, nada de lo que habían encontrado, o de lo que no habían encontrado, se corrigió mentalmente, indicaba que las denuncias tuvieran algún fundamento. Dudaba que la cosa cambiara. El tal Ramírez no tenía antecedentes de ninguna clase y estaba limpio. Sin embargo el juez ya había instruido el sumario y la causa, caratulada “Robo y tráfico de sustancias peligrosas”, seguiría abierta por un buen tiempo. Aún con la intervención de un buen abogado, tardaría al menos un par de años en cerrarla. Sintió pena por el muchacho, pero desdeñó enseguida el sentimiento. El solo había cumplido con su deber.
Agustín ingresó al despacho, esposado y escoltado por dos policías. Pálido, ojeroso, los hombros caídos y la cabeza gacha, deshecha su habitual bizarría. Había pasado la noche en unos de los calabozos de la Seccional y todo en su aspecto revelaba que había dormido poco y nada.
−Bueno muchacho, tuviste suerte, tu casa está limpia, no encontramos nada y eso te va a ayudar.
−No, no tuve suerte. No encontraron nada porque soy inocente de todas esas barbaridades de las que me acusan.
−Si sos inocente o no, eso lo decidirá el Juez. Por ahora te notifico que te vas a quedar acá, incomunicado hasta que su Señoría disponga otra cosa. Vas a poder hacer una llamada y te aconsejo que te busqués un buen abogado.
A una seña suya los oficiales tomaron a Agustín de los brazos y se lo llevaron de regreso a su celda.
Caminaba arrastrando los pies, los ojos enrojecidos y no solamente por la falta de sueño. Todo se le antojaba una terrible pesadilla. Una sensación de irrealidad se había apoderado de él, invadiendo sus sentidos hasta lo más profundo de su ser.

El abogado cerró su cartapacio y le dijo a un atento Agustín:
−Bueno, esta tarde te largan por falta de mérito. Estuve hablando con el juez y no tiene nada firme. Solamente los anónimos y la denuncia de tus jefas del Hospital. Está claro que la policía se armó una película con vos. Una especie de ejercicio.
Agustín no daba crédito a sus oídos. Lo que había creído en un primer momento –que lo habían confundido con otra persona– quedó rápidamente descartado cuando el mismo Subcomisario se lo dijo. Lo que no alcanzaba a entender era de donde había sacado la policía que él era un traficante. Pero lo que el prestigioso y caro abogado le estaba diciendo era que la denuncia formal en contra suya la habían efectuado la Directora y la Presidenta del Samco, basadas en unos absurdos anónimos manuscritos, que la policía y el juez tomaron como verdaderos basados en la importancia que estas señoras dieron al asunto. El estupor y la consternación que sintiera al sufrir tamaña humillación habían mudado en una bronca profunda y visceral.
−Mirá, -prosiguió el abogado- está claro que te acusaron injustamente, sin tener pruebas. Es un hecho que el Hospital salteó pasos administrativos ya que no confrontaron las denuncias ni realizaron el correspondiente sumario. No hubo una investigación interna para corroborar que lo denunciado tuviera asidero. Es decir que nadie se molestó en averiguar su alguna vez faltó algún medicamento. Podés probar que la moto y la casa las estas pagando con la plata del juicio laboral que hace poco ganaste. En definitiva –El abogado miró a Agustín por encima de sus lentes, ávido, olfateando su tajada– tenés elementos de sobra para querellar a todos los que te perjudicaron de tan mala manera.
Agustín lo pensó unos segundos y respondió.
−No sé, dejame ver. No estoy seguro que voy a hacer.
El abogado ocultó su desilusión y dijo:
−Bueno, como quieras. Cuando te suelten, date una vuelta por mi estudio, así arreglamos.
El abogado se puso de pie, asió su maletín negro y se marchó. Agustín lo vio alejarse sintiendo envidia. Contaba los minutos para poder seguir el mismo camino.
El joven agente de policía lo acompañó hasta la puerta de salida de la jefatura y hasta se permitió gastarle una broma:
−¡A ver cuando nos venís a visitar de nuevo, che!
Agustín no se dignó a responder. Lo miró de reojo haciendo una mueca que pretendía ser amable y cruzó el vano de la puerta. Cuando por fin pisó la embaldosada vereda suspiró aliviado. Las treinta horas que había estado demorado se le habían antojado una eternidad. Se sentía como el protagonista de una mediocre película policial. El muchacho bueno acusado injustamente. Sacudió su cabeza, haciendo que su ahora desgreñada melena se sacudiera sin gracia. Por más que le daba vueltas al asunto no lograba encuadrar los hechos en un marco lógico, aunque su abogado le había sido claro. Una causa penal no era joda.

−¡Me mandaron en cana! ¡No lo puedo creer, me mandaron en cana sin tener ninguna prueba! Todavía no puedo entender como pudieron creer semejante barbaridad.
−Mire Ramírez, nosotras no creímos nada, solo nos limitamos a obrar de manera correcta. Lo lógico ante una denuncia de tal calibre era demandar la intervención policial. Usted sabe lo que a mí me disgusta tratar con la policía, pero en este caso no teníamos opción.
Se encontraban los tres reunidos en la oficina de la directora. Esta, con voz glacial se dirigía a su subordinado con la clara intención de que terminara de una vez con su reclamo.
−Agustín, pensá en que situación tan difícil nos encontrábamos. Era algo muy grave, muy serio. Nosotras sabíamos que vos no tenías nada que ver, pero no nos quedaba otra alternativa –Haydeé hacía uso de todo su encanto de política persuasiva, sonriéndole mientras lo consolaba.
−¡Ustedes no tienen idea de lo que yo pasé! –Agustín levantó una octava el tono de su voz– ¡fui tratado como un delincuente peligroso, me detuvieron y esposaron frente a mi novia, tengo que gastar todos mis ahorros y malvender mi moto para pagarle al abogado y voy a tener una causa penal abierta por dos años y ahora me dicen que no tenían otra alternativa, que está todo bien! ¡Me entregaron sin darme la oportunidad de defenderme! ¡Quisieron zafar ustedes mandándome al frente a mí! –La voz de Agustín se quebró en el último y exasperado grito. Estaba al borde de las lágrimas, lágrimas de impotencia y frustración.
−Tenga cuidado con lo que dice y como lo dice, Ramírez –la voz de la directora sonó apretada, implacable– Puede que, como usted dice, sea inocente, pero todavía es mi subordinado y no voy a permitir que me falte el respeto.
−Pero Agustín, tranquilizate, te aseguro que no pasa nada, todo esto se va a olvidar, vas a ver – Haydeé seguía con su tesitura contemporizadora.
−¡No me tranquilizo un carajo! –El grito de Agustín sonó visceral, dolido. Se sentía justificado en su furia. Que se creían esas señoras, arrellanadas en su reducido y mezquino reducto de poder, a él no lo iban a amedrentar así nomás– Mi abogado me dice que puedo querellar al hospital y al Samco por lo que ustedes me hicieron. Tengo un amigo que tiene una empresa de vigilancia y seguridad que está reuniendo las pruebas necesarias. Van a pagar lo que me hicieron.
Esto fue lo último que la Dra. Durigoni estaba dispuesta a escuchar. Se irguió despacio de su silla, como un intimidante oso, inundando con su imponente presencia física todo el recinto y vociferó, al borde de la histeria:
−¡Usted no va a hacer nada, si quiere seguir trabajando en este lugar!¡Puedo echarlo a la mierda de un plumazo y lo voy a hacer si es tan estúpido como para seguir con esto!¡Lo voy a destrozar!¡Nunca va a conseguir un miserable trabajo...! – La Dra., totalmente fuera de control, inclinaba amenazadoramente su cuerpo hacia delante, salpicando con gotas de saliva la cara de Agustín.
−¡Agustín, pensá bien lo que vas a hacer, te digo que lo mejor es que dejes todo como está, no te conviene meterte en más quilombo, haceme caso! –Haydeé intentaba por todos los medios de poner al díscolo recepcionista de nuevo en su sayo– ¡Calmate, hombre, no pasa nada!
Agustín dio un paso adelante. Miró, por única vez, los rostros de sus antagonistas: La Dra., las ventanas de la nariz dilatadas, buscando aire después de sus gritos, las comisuras de su generosa boca llenas de saliva, su mirada cruel y decidida. Haydeé, observándolo con sus lavados e inexpresivos ojos celestes, una sonrisa vacua colgada en su cara; se le antojo casi tan peligrosa como la otra, torva y traicionera. Su mente se puso en blanco. Un calidoscopio de sensaciones contrapuestas invadió su atormentado cerebro, que se quebró, como una rama seca. En una sucesión vertiginosa de imágenes; se vio abalanzarse sobre Haydeé, inclinando su hombro derecho hacía atrás mientras torsionaba su cintura como un experto boxeador, el puño cerrado descargando un demoledor golpe sobre su pómulo, arrojándola por el aire como una desgreñada muñeca de trapo, escuchando el sonido a hueco que hacia su nuca al golpear contra la pared. Se vio volverse hacia la directora; con dos largos pasos alcanzarla y con su fuerte mano asirla del cuello, presionando fuertemente. Quería liquidarla, terminar con ella. Cobrarse todo lo que había pasado...
Sintió unos toquecitos en su hombro. A través del velo rojo que nublaba su cerebro pudo ver a Haydeé, que lo miraba, extrañada de su inmovilidad.
−Agustín, Agustín, ¿Te sentís bien?
−Sí, sí, estoy bien – contestó Agustín. De mala gana acalló su torturada imaginación y se dio cuenta que estaba vencido. Ni venganza, ni querella, ni nada. Solo agachar la cabeza y tratar que el mal trago pasase lo más rápido posible. Hundió la cabeza entre sus hombros caídos y suspiró. Un suspiro que trasuntaba desaliento y derrota.
−Está bien –dijo quedamente– solo quiero que quede claro que soy inocente.
Haydeé olió la victoria. Ensanchó su sonrisa y tomó del hombro al atribulado Agustín, guiándolo hasta la puerta.
−¡Pero claro!¡Seguro que sí!¡Eso nunca estuvo en duda!¡Andá, andá tranquilo y seguí cumpliendo como siempre! -Con una palmadita amistosa en la espalda, lo despidió y cerró la puerta.
Cuando quedaron solas cruzaron una mirada de alivio.
Agustín caminó lentamente por el pasillo y llegó a la recepción de guardia, su lugar de trabajo. Se enteraría, más tarde, gracias a una compungida confesión de parte, que los anónimos los había enviado una suegra despechada que no soportaba la idea de que no fuese su adorado yerno nunca más. “Jamás pensé que se armara tal quilombo” le confesó entre sollozos de arrepentimiento.
Acomodó su humanidad en la banqueta, encendió su luminosa sonrisa, esa que mantendría la mayor parte de las horas que duraría su turno, y se dirigió a la mujer, que del otro lado de la ventanilla ya daba claras señas de impaciencia ante la espera:
−¡Buenos días señora! ¿En qué puedo ayudarle?

jueves, 1 de abril de 2010

Anonimos I



El día se presentaba gris, frío. El invierno había hecho su aparición con una inusitada crudeza y la poca gente que se atrevía a desafiar el mal tiempo llegaba luchando contra el cortante viento que, desaprensivo, daba vuelta sus frágiles paraguas y les azotaba contra la cara una tenue pero persistente llovizna.

A pesar de no ser las siete todavía, se agolpaban en el pequeño y poco acogedor alero que precedía a las puertas de ingreso al hospital. Los murmullos de disconformidad iban aumentando a medida que la fría llovizna invernal arreciaba. Una obesa señora vestida con una pollera y un suéter que habían conocido tiempos mejores, blandía el paraguas plegado y expresaba en voz alta el pensamiento de la mayoría:

¡Que falta de consideración! ¡Nos tienen aquí esperando, muriéndonos de frío, todos mojados! ¡Podrían abrir las puertas un rato antes!

¡Sí, sí! Recién le grité a una chica ahí adentro que estaba pasando el trapo, que nos abriera y me dijo que no podía, que hay que esperar que lleguen los recepcionistas. – Quien aportaba la información era un señor flaco y alto que con su estatura dominaba a todo el grupo, la mayoría mujeres.

Hasta que esta gente se digne a abrir las puertas nos vamos a enfermar más de lo que ya estamos. – Dijo una joven mamá con su bebé en brazos.

Hubo murmullos de asentimiento. De pronto el bramido de una motocicleta de gran cilindrada acalló todas las voces. Pasó como una exhalación, y con una serie de rebajes, ingresó por la entrada de las ambulancias. Las personas amontonadas en la entrada miraron con curiosidad mientras se apretujaban contra las puertas recién abiertas.

Agustín detuvo su potente moto y apagó el motor. Se apeó, se quitó el casco y sacudió brevemente su cabeza para acomodar su bien cuidada cabellera. Era alguien que llamaba la atención. Atlético, de hombros anchos, cintura estrecha; vestía, debajo del camperón impermeable, un suéter multicolor, camisa blanca con corbata roja y calzaba un jean “stone wear” ajustado, que resaltaba sus atributos físicos. Ingresó al hospital por el pasillo lateral de la cochera de ambulancias. Los pacientes que atestaban el pasillo esperando con resignación su turno para ser atendidos se hicieron a un lado como una sola persona, para darle paso. El andar acompasado y seguro de sus zambas piernas, hizo que varias mujeres le siguieran con la mirada, con un dejo de fascinación.

Cuando llegó a la recepción, saludó a Reinaldo con un ademán. Sosteniendo el teléfono con el hombro y escribiendo en un formulario, poco tiempo tuvo éste de retribuirle el saludo. Agustín lo observó con curiosidad. Grandes gotas de sudor perlaban la frente de su compañero, su cuello se mostraba enrojecido hasta la línea de su bien cuidadas patillas y dos grandes manchas húmedas afeaban su blanca camisa, justo bajo sus brazos, como si hubiera participado de una carrera pedestre en lugar de haber estado ocho horas atendiendo una ventanilla. Sintió pena por él.

Hola Agustín. Ahí en el cuaderno están anotadas las novedades, te dejo dieciséis pesos en la caja y cinco fichas de televisor. Recién llamó el doctor Mischler para avisar que se iba a demorar una o dos horas en tomar la guardia. Hace un rato ingresó un accidente de moto y está en transitoria, al parecer no es de gravedad. No tuve tiempo de hacer los papeles. Bueno, eso es todo. Chau, me voy – Reinaldo soltó toda la información de un tirón, casi sin tomar resuello, no veía la hora de irse de ese pandemonio.

Ajá – Asintió Agustín, distraído, mientras se cercioraba que los datos que le pasaba su compañero eran correctos.

Bueno, chau, me voy – Concedió Reinaldo con un gesto y se fue, tan rápido como su barriga y sus cortas piernas se lo permitieron.

Agustín se acomodó en la banqueta, encendió en su viril rostro una encantadora sonrisa, que mantendría la mayor parte de su largo y agotador turno y se dirigió a la mujer que, esperando de pie junto a la abertura circular del vidrio de la ventanilla, ya mostraba señales de impaciencia.

Buenos días Señora ¿En qué puedo ayudarle?


La directora se revolvió inquieta en su amplio sillón y arrojo el papel que sostenía sobre el escritorio como si quemara, juntó los dedos de sus manos unos con otros y quedó absorta en sus profundas cavilaciones. Distraída de todo lo que no fuera el gran entuerto que se cernía sobre ella, dejó que su acerada mirada vagara por el despacho que ocupaba. No era muy grande, pero le resultaba cómodo. Su siempre ordenado escritorio, con su teléfono, la agenda donde anotaba todos sus asuntos, un lapicero y un coqueto reloj de mesa, obsequio de un atento visitador médico, presidían la sala. Contra la pared, a su izquierda, en un armario de nerolite gris, que hacía juego con el escritorio, guardaba bajo llave toda la documentación importante. El armario contaba con varios estantes, en donde podían verse algunos adornos baratos. En uno de ellos descansaba una Biblia de tapas rojas, abierta en la cita correspondiente a la lectura litúrgica del día, junto a una pequeña imagen de la Virgen de San Nicolás y un florero. Sobre la pared de enfrente colgaba un enorme pergamino, bellamente enmarcado, que testimoniaba el protagonismo que había tenido en la finalización e inauguración del nuevo hospital. Su mayor logro y orgullo. Un par de sillas ubicadas frente al escritorio, un perchero, un turboventilaor y una estufa a cuarzo completaban el espartano mobiliario.

Por el pasillo algo distrajo su atención. A través de la estructura de acero y vidrio que delimitaba su oficina, pudo ver a un par de empleados administrativos que pasaban bromeando entre sí, casi a los gritos. Las carcajadas resonaron en sus oídos, pero no reaccionó. Reconoció, sin embargo, que tiempo atrás se hubiera incorporado para llamarles la atención por su inconducta. En ese momento carecía de la energía suficiente. En los muchos años que llevaba al frente del Hospital, había aflojado un poco la férrea mano con la que dirigía sus destinos, aunque todavía se permitía cepillar alguna que otra cabeza, cuando lo creía necesario, para que nadie olvidara quien estaba al mando.

El problema que tenía entre manos la perturbaba profundamente. Miró el papel que descansaba sobre el escritorio y que contenía unas pocas líneas sin firma, escritas con una desprolija caligrafía. No era el primero. Había encontrado otros dos bajo la puerta, días anteriores.

Su adormecido sentido común le decía que era altamente improbable que ocurriera tal calamidad en su querido hospital, tenía la certeza de que no podía quedarse de brazos cruzados. Acomodó, con un dejo de coquetería, su leonina cabellera, con algunas hebras de plata aquí y allá, fruto de los años y las preocupaciones de su cargo y juntó sus labios separándolos rápidamente, emitiendo un sonido como el repiqueteo de una gota al caer en el agua. Ya había decidido quién sería la persona que compartiría sus desvelos. Se desperezó lánguidamente, como un felino listo para entrar en acción y tomando el teléfono discó el interno número diez.

Hospital – contestó una ronca voz masculina.

Sebastián, haga que desocupen la línea, tengo que efectuar una llamada– ordenó secamente al recepcionista de administración.

Si doctora, enseguida.

Esperó unos segundos y vio como la luz roja que indicaba que la línea estaba ocupada cesaba en su parpadeo, luego apretó la tecla correspondiente y digitó el número que conocía de memoria.

Acción Social, buenos días.

Buenos días, habla la Dra. Angélica Concepción Durigoni, Directora del Hospital local. Necesito hablar con la señora secretaria. Es urgente.

Lo lamento, doctora, pero la señora Arreche no se encuentra en este momento. Está recorriendo con su cuerpo de asesores el barrio Santa Teresita. ¿Quiere dejar algún mensaje?

Dígale que me llame lo antes posible, por favor.

Colgó el teléfono con un dejo de fastidio. No soportaba tener que dilatar cuestiones importantes y ahora tenía que armarse de paciencia y esperar que Haydeé finalizara con su puesta en escena. No desconocía la ilimitada ambición que motorizaba a la que ahora veía como una adversaria. En algún momento del pasado había cometido el error de alimentarla, hasta que cayó en la cuenta, quizá demasiado tarde, de que la estaba usando como palanca para acceder a los más encumbrados círculos del poder local y provincial.

Imaginó a Haydeé recorriendo el barrio orillero, con barro en sus zapatos, el pelo lacio y rubio restallando bajo el sol, repartiendo sonrisas, ropas, chapas y caja de alimentos, y la firme promesa de más, si ganaba las elecciones. Con la intención apenas disimulada de que cada óbolo entregado, cada promesa efectuada con voz vibrante y convencida se transformara en un voto. Una de las formas más procaces de hacer política. Aprovechar la necesidad del pobre. La política como ella la entendía y la practicaba era eso, un continuo toma y daca, donde solo sobrevivía el más fuerte, el que menos escrúpulos tuviese.


La noche apuraba su entrada, oscureciendo con su negro velo a la ciudad. Una gran luna llena bañaba con su fría luz los techos de chapa del hospital, reflejando en ellos haces iridiscentes y mortecinos. Las farolas que cercaban la construcción aguardaban apagadas la señal del mecanismo automático que las controlaba, por lo que bajo la selénica lumbre, el hospital era una mole grande y sombría, de aspecto poco acogedor.

En el interior del despacho de dirección, y a pesar de la estufa de cuarzo encendida, el ambiente era tan o más gélido que el de afuera. Directora y Presidenta del Samco se encontraban reunidas allí, despojadas por completo de la máscara de amabilidad con la que pretendían tratarse en público. Sentadas una frente a la otra, con el escritorio de por medio, se estudiaban lenta y concienzudamente, como gladiadores que intentan descubrir el punto débil de su contrincante.

Angélica bostezo sin disimulo, tapándose apenas la boca con la mano derecha y eructó. No fue por cansancio o aburrimiento. Era su particular manera de expeler de su interior las corrosivas malas ondas que sentía arremolinarse en torno a ella. Se inclinó sobre el escritorio y alcanzó a Haydeé los tres papeles que tanto la perturbaban, evitando deliberadamente tocarle la mano.

Esos son los anónimos de los que te hable. Son acusaciones muy graves.

Haydeé tomó los papeles y los leyó, uno por uno. El último, el más virulento decía textualmente:

“Señora Directora:

Es mi deber reiterar la denuncia contra el Sr. Agustín Ramírez. Este señor, cuando trabaja de noche roba medicamentos y jeringas del Hospital para después cambiarlas por droga, que luego vende en las escuelas. Por eso es que en tan poco tiempo pudo comprarse la moto nueva que tiene y además, alquilar una casa.

Espero que tome medidas contra esta persona, ya que al no hacer nada lo está encubriendo”

Bueno Angélica, no veo porque me lo mostrás a mí. Vos bien sabés que los asuntos del personal le corresponden a la Dirección. El Samco no puede hacer nada al respecto– Haydeé arrojo sobre la mesa los papeles esbozando una media sonrisa de condescendencia.

No te hagas la mosquita muerta, vos bien sabes porque te muestro esto a vos– Angélica, que no se caracterizaba por su paciencia, comenzaba a perder los estribos.

Te repito que no me pienso involucrar. Es tú problema, además esto no está confirmado, es un simple puterío. Alguien que no quiere a ese chico le quiere hacer pasar un mal momento y nada más.

Mirá Haydeé, yo no sé si esto es verdad o no, pero si llega a tener algo de cierto, esta situación nos va a perjudicar a las dos y no hace falta que yo te lo diga. No te olvidés que este pibe entró por recomendación tuya.

Haydeé entrecerró sus bellos y fríos ojos celestes, mirando fijamente a su antagonista. Ya se daba cuenta por donde venía el juego de Angélica. Deslindar responsabilidades lo más rápido posible, o por lo menos compartirlas. Nadie ignoraba que la mayoría de la planta de empleados del nuevo hospital había ingresado gracias a ella. Todo se había realizado bajo los estrictos códigos de la política de pueblo. Una telaraña de “conocidos de”, “recomendados por”, pago de favores, favores a cuenta, se había entretejido vertiginosamente en su rededor. Muchas familias le debían el pan de cada día y esperaba ciertamente poder cobrarse tales favores en las próximas elecciones, donde se postulaba como candidata a concejal.

Se daba cuenta que Angélica tenía algo de razón. Si los anónimos decían la verdad, ella, como presidenta del Samco, se vería involucrada en un caso que alcanzaría la primera plana en la prensa local y provincial. No podía permitirse este riesgo a tan poco tiempo de las elecciones. Su conclusión fue, por una vez, coincidente con la de su rival.

–Bueno Angélica – concedió diplomáticamente – me parece que te estas apurando a juzgar a este pobre chico sobre la base de unas denuncias sin fundamentos, pero coincido con vos en que no nos podemos quedar de brazos cruzados. ¿Vos que propones?

Mirá, lo mejor es hacer la denuncia policial. Ellos sabrán que hacer.

Si, tenés razón, no podemos permitir que el hospital se vea involucrado en un caso de tráfico. No debe haber ni la menor sombra de duda sobre este punto.

De esta manera Directora y Presidenta del Samco dejaron de lado sus diferencias personales y políticas y sellaron un pacto de mutua conveniencia. A ninguna de las dos se les ocurrió siquiera considerar el realizar una investigación interna para constatar la veracidad de las denuncias. En un centro de salud donde la falta de antibióticos, calmantes y hasta aspirinas es crónica, no hubiese sido algo difícil de averiguar.