miércoles, 14 de abril de 2010

"Anónimos" II

El Subcomisario Arturo Esteban Etchenique, jefe del departamento “Drogas Peligrosas” de la Unidad Regional de la ciudad, escuchó atentamente el sucinto relato que las dos insignes señoras que tenía delante le hacían de los hechos. La primera conclusión a la que arribó era que, precisamente, no existía ningún hecho. Se guardó de expresar su opinión y siguió escuchando atentamente.
−... y así Señor Subcomisario, con la Sra. Arreche coincidimos en que lo más atinado era dar parte de estos lamentables sucesos a la policía, para que se tomen las medidas necesarias que lleven a su total esclarecimiento.
−Comprenderán señoras –explicó el Subcomisario en un pedagógico tono de voz– que si ustedes presentan una denuncia formal sobre la base de estos anónimos, es porque consideran que tienen algún fundamento. En este caso, se abriría el sumario correspondiente y la causa pasaría al Juez para que dictamine los procedimientos necesarios.
Angélica y Haydeé intercambiaron una fugaz mirada de mutuo entendimiento. Haydeé dijo:
−Sr. Subcomisario, comprendemos la gravedad y las implicaciones; por lo que le decimos que el hospital debe quedar libre de toda sospecha. Nuestra intención es que este problema de solucione de la mejor manera posible y con la mayor discreción.
−En ese caso, pueden ustedes estar tranquilas, les aseguro que han tomado la mejor decisión.
−Gracias, Sr. Subcomisario –Angélica tomó nuevamente la palabra– No le quitamos mas de su valioso tiempo. Dejamos todo en sus manos.
Y sin decir más estrecharon la mano del enjuto y cejijunto oficial de la ley y tan majestuosamente como habían ingresado en su oficina, se retiraron, las cabezas erguidas y las conciencias en paz.
El Subcomisario Etchenique contempló en meditabundo silencio como las señoras abandonaban su despacho y se quedó sopesando las alternativas que se le presentaban. Estaba casi seguro que todo esto no era más que una fantochada. Las denuncias anónimas no presentaban más datos que una insidiosa y trasnochada afirmación, sin ninguna prueba o fundamento. Por otra parte, tenía que considerar su situación al frente de la división “Drogas Peligrosas”. Mas allá de alguna requisa ocasional, su gestión no había sido ciertamente para destacarse. Los peces gordos de la zona eran, bien lo sabía el, intocables y su impunidad se extendía también a los “dealers” que hacían su agosto en boliches y escuelas de la ciudad. El se preciaba de ser un policía honrado, pero no podía enfrentar al sistema. Sabía bien lo que les ocurría a quienes osaban arriesgarse. Policía honesto, si –pensó– suicida, jamás. El caso Ramírez se presentaba como una oportunidad de bajo riesgo para poner en movimiento los oxidados engranajes de la maquinaria policial. Si, como estaba seguro, todo era una falsa alarma, tendría para presentar una impecable investigación y una absoluta dedicación a la lucha antidroga. Por el contrario, si los anónimos estaban en lo cierto, ya vería como zafar de cualquier implicación nefasta. Tomó el teléfono y se dispuso a comunicarse con el Juez.
A Agustín la vida le sonreía. Nunca se había sentido mejor. Mientras caminaba de regreso a su casa tomado de la mano de su novia, bajo el cielo tachonado de estrellas de esa fría noche de invierno, se sintió verdaderamente feliz.
Desde lejos pudo notar que algo no estaba bien. Una punzada de inquietud traspasó su conciencia. ¿Qué habría pasado? El despliegue ante sus ojos era impresionante. Pudo contar tres patrulleros y un furgón policial. Al acercarse pudo ver policías en sus ropas de fajina y armados con amedrentadores fusiles. Estaban por todas partes, en la vereda, en la calle, arriba de los techos. Su inquietud se trocó en franco temor cuando advirtió que todo el despliegue era precisamente en su casa. Al llegar pudo ver que los agentes también estaban en el interior. Era un allanamiento en toda regla.
La voz de Marisa sonó a su lado, con una nota de pánico que el mismo comenzaba a sentir hasta los huesos.
−¿Qué está pasando, amor?
−No sé, no tengo la menor idea. Debe ser un error –respondió, aferrándose a la única explicación plausible que se le ocurrió.
Dos robustos policías, de aspecto amenazador y cara de pocos amigos se adelantaron para cortarle el paso.
−¿Qué sucede? ¿Qué es todo esto? ¿Por qué están en mi casa? –Las preguntas le brotaban a borbotones, mientras sentía que sus piernas no lo sostenían.
−¿El Señor Agustín Ramírez? – Quien habló era el Subcomisario Etchenique, que parado y apoyado en la puerta del patrullero dirigía el operativo.
−Si soy yo. Y esta es mi casa. ¿Me pueden decir de una vez que está pasando?
El Subcomisario hizo una seña casi imperceptible y los dos fornidos policías se abalanzaron sobre él, mientras otros que estaban cerca lo apuntaban con sus armas. Lo arrancaron del lado de Marisa, que profirió un involuntario chillido ante el atropello, y sin ninguna delicadeza lo dieron de bruces contra el capot del automóvil policial, sonde lo sometieron a un humillante cacheo.
−Sr. Agustín Ramírez –recitó protocolariamente el Subcomisario– queda usted detenido. Se le acusa de robo y tráfico de estupefacientes.
Agustín quedo desconcertado. ¿Robo? ¿Tráfico? ¿De dónde había sacado la policía semejante disparate? Seguramente lo estaban confundiendo con otra persona. Abrió la boca para defenderse pero no pudo pronunciar palabra. El agudo y tétrico sonido de las esposas al cerrarse sobre sus muñecas resonó dramáticamente. Con rapidez, los integrantes del grupo de operaciones especiales de la división “Drogas Peligrosas” ocuparon sus lugares en los móviles, partiendo raudamente con su atónita presa.
Sola, de pie, temblando incontrolablemente, Marisa trataba de entender que había pasado. Sus ojos arrasados de lágrimas, distinguieron las borrosas siluetas de los patrulleros que se alejaban con las balizas girando en forma dantesca; mientras los vecinos, curiosos, comenzaron a asomarse cuando estuvieron seguros que el peligro había pasado.

El agente se encontraba de pie, en posición de firmes, la vista fija por encima de la cabeza de su superior sentado en su escritorio.
−Entonces, oficial ¿Cuál fue el resultado del procedimiento? ¿Encontraron algo?
−Negativo señor. La casa estaba limpia. Salvo un par de revistas pornográficas y unas tabletas de aspirinas no encontramos nada. Ni armas, ni dinero, ni drogas, ni medicamentos. Lo único para destacar, señor, es que la tableta de aspirinas decía “Ministerio de Salud Distribución gratuita” –La voz del agente dejaba traslucir algo de la decepción que sentía por lo que él consideraba el fracaso del operativo. Luego calló, esperando obedientemente la orden de su jefe.
−Está bien, agente. Traiga al detenido.
−Si señor –El agente se retiró de inmediato a cumplir con la orden.
El Subcomisario Etchenique quedó solo. Mientras aguardaba que trajeran al sujeto pensó que por esta vez había estado en lo cierto. Hasta ahora, nada de lo que habían encontrado, o de lo que no habían encontrado, se corrigió mentalmente, indicaba que las denuncias tuvieran algún fundamento. Dudaba que la cosa cambiara. El tal Ramírez no tenía antecedentes de ninguna clase y estaba limpio. Sin embargo el juez ya había instruido el sumario y la causa, caratulada “Robo y tráfico de sustancias peligrosas”, seguiría abierta por un buen tiempo. Aún con la intervención de un buen abogado, tardaría al menos un par de años en cerrarla. Sintió pena por el muchacho, pero desdeñó enseguida el sentimiento. El solo había cumplido con su deber.
Agustín ingresó al despacho, esposado y escoltado por dos policías. Pálido, ojeroso, los hombros caídos y la cabeza gacha, deshecha su habitual bizarría. Había pasado la noche en unos de los calabozos de la Seccional y todo en su aspecto revelaba que había dormido poco y nada.
−Bueno muchacho, tuviste suerte, tu casa está limpia, no encontramos nada y eso te va a ayudar.
−No, no tuve suerte. No encontraron nada porque soy inocente de todas esas barbaridades de las que me acusan.
−Si sos inocente o no, eso lo decidirá el Juez. Por ahora te notifico que te vas a quedar acá, incomunicado hasta que su Señoría disponga otra cosa. Vas a poder hacer una llamada y te aconsejo que te busqués un buen abogado.
A una seña suya los oficiales tomaron a Agustín de los brazos y se lo llevaron de regreso a su celda.
Caminaba arrastrando los pies, los ojos enrojecidos y no solamente por la falta de sueño. Todo se le antojaba una terrible pesadilla. Una sensación de irrealidad se había apoderado de él, invadiendo sus sentidos hasta lo más profundo de su ser.

El abogado cerró su cartapacio y le dijo a un atento Agustín:
−Bueno, esta tarde te largan por falta de mérito. Estuve hablando con el juez y no tiene nada firme. Solamente los anónimos y la denuncia de tus jefas del Hospital. Está claro que la policía se armó una película con vos. Una especie de ejercicio.
Agustín no daba crédito a sus oídos. Lo que había creído en un primer momento –que lo habían confundido con otra persona– quedó rápidamente descartado cuando el mismo Subcomisario se lo dijo. Lo que no alcanzaba a entender era de donde había sacado la policía que él era un traficante. Pero lo que el prestigioso y caro abogado le estaba diciendo era que la denuncia formal en contra suya la habían efectuado la Directora y la Presidenta del Samco, basadas en unos absurdos anónimos manuscritos, que la policía y el juez tomaron como verdaderos basados en la importancia que estas señoras dieron al asunto. El estupor y la consternación que sintiera al sufrir tamaña humillación habían mudado en una bronca profunda y visceral.
−Mirá, -prosiguió el abogado- está claro que te acusaron injustamente, sin tener pruebas. Es un hecho que el Hospital salteó pasos administrativos ya que no confrontaron las denuncias ni realizaron el correspondiente sumario. No hubo una investigación interna para corroborar que lo denunciado tuviera asidero. Es decir que nadie se molestó en averiguar su alguna vez faltó algún medicamento. Podés probar que la moto y la casa las estas pagando con la plata del juicio laboral que hace poco ganaste. En definitiva –El abogado miró a Agustín por encima de sus lentes, ávido, olfateando su tajada– tenés elementos de sobra para querellar a todos los que te perjudicaron de tan mala manera.
Agustín lo pensó unos segundos y respondió.
−No sé, dejame ver. No estoy seguro que voy a hacer.
El abogado ocultó su desilusión y dijo:
−Bueno, como quieras. Cuando te suelten, date una vuelta por mi estudio, así arreglamos.
El abogado se puso de pie, asió su maletín negro y se marchó. Agustín lo vio alejarse sintiendo envidia. Contaba los minutos para poder seguir el mismo camino.
El joven agente de policía lo acompañó hasta la puerta de salida de la jefatura y hasta se permitió gastarle una broma:
−¡A ver cuando nos venís a visitar de nuevo, che!
Agustín no se dignó a responder. Lo miró de reojo haciendo una mueca que pretendía ser amable y cruzó el vano de la puerta. Cuando por fin pisó la embaldosada vereda suspiró aliviado. Las treinta horas que había estado demorado se le habían antojado una eternidad. Se sentía como el protagonista de una mediocre película policial. El muchacho bueno acusado injustamente. Sacudió su cabeza, haciendo que su ahora desgreñada melena se sacudiera sin gracia. Por más que le daba vueltas al asunto no lograba encuadrar los hechos en un marco lógico, aunque su abogado le había sido claro. Una causa penal no era joda.

−¡Me mandaron en cana! ¡No lo puedo creer, me mandaron en cana sin tener ninguna prueba! Todavía no puedo entender como pudieron creer semejante barbaridad.
−Mire Ramírez, nosotras no creímos nada, solo nos limitamos a obrar de manera correcta. Lo lógico ante una denuncia de tal calibre era demandar la intervención policial. Usted sabe lo que a mí me disgusta tratar con la policía, pero en este caso no teníamos opción.
Se encontraban los tres reunidos en la oficina de la directora. Esta, con voz glacial se dirigía a su subordinado con la clara intención de que terminara de una vez con su reclamo.
−Agustín, pensá en que situación tan difícil nos encontrábamos. Era algo muy grave, muy serio. Nosotras sabíamos que vos no tenías nada que ver, pero no nos quedaba otra alternativa –Haydeé hacía uso de todo su encanto de política persuasiva, sonriéndole mientras lo consolaba.
−¡Ustedes no tienen idea de lo que yo pasé! –Agustín levantó una octava el tono de su voz– ¡fui tratado como un delincuente peligroso, me detuvieron y esposaron frente a mi novia, tengo que gastar todos mis ahorros y malvender mi moto para pagarle al abogado y voy a tener una causa penal abierta por dos años y ahora me dicen que no tenían otra alternativa, que está todo bien! ¡Me entregaron sin darme la oportunidad de defenderme! ¡Quisieron zafar ustedes mandándome al frente a mí! –La voz de Agustín se quebró en el último y exasperado grito. Estaba al borde de las lágrimas, lágrimas de impotencia y frustración.
−Tenga cuidado con lo que dice y como lo dice, Ramírez –la voz de la directora sonó apretada, implacable– Puede que, como usted dice, sea inocente, pero todavía es mi subordinado y no voy a permitir que me falte el respeto.
−Pero Agustín, tranquilizate, te aseguro que no pasa nada, todo esto se va a olvidar, vas a ver – Haydeé seguía con su tesitura contemporizadora.
−¡No me tranquilizo un carajo! –El grito de Agustín sonó visceral, dolido. Se sentía justificado en su furia. Que se creían esas señoras, arrellanadas en su reducido y mezquino reducto de poder, a él no lo iban a amedrentar así nomás– Mi abogado me dice que puedo querellar al hospital y al Samco por lo que ustedes me hicieron. Tengo un amigo que tiene una empresa de vigilancia y seguridad que está reuniendo las pruebas necesarias. Van a pagar lo que me hicieron.
Esto fue lo último que la Dra. Durigoni estaba dispuesta a escuchar. Se irguió despacio de su silla, como un intimidante oso, inundando con su imponente presencia física todo el recinto y vociferó, al borde de la histeria:
−¡Usted no va a hacer nada, si quiere seguir trabajando en este lugar!¡Puedo echarlo a la mierda de un plumazo y lo voy a hacer si es tan estúpido como para seguir con esto!¡Lo voy a destrozar!¡Nunca va a conseguir un miserable trabajo...! – La Dra., totalmente fuera de control, inclinaba amenazadoramente su cuerpo hacia delante, salpicando con gotas de saliva la cara de Agustín.
−¡Agustín, pensá bien lo que vas a hacer, te digo que lo mejor es que dejes todo como está, no te conviene meterte en más quilombo, haceme caso! –Haydeé intentaba por todos los medios de poner al díscolo recepcionista de nuevo en su sayo– ¡Calmate, hombre, no pasa nada!
Agustín dio un paso adelante. Miró, por única vez, los rostros de sus antagonistas: La Dra., las ventanas de la nariz dilatadas, buscando aire después de sus gritos, las comisuras de su generosa boca llenas de saliva, su mirada cruel y decidida. Haydeé, observándolo con sus lavados e inexpresivos ojos celestes, una sonrisa vacua colgada en su cara; se le antojo casi tan peligrosa como la otra, torva y traicionera. Su mente se puso en blanco. Un calidoscopio de sensaciones contrapuestas invadió su atormentado cerebro, que se quebró, como una rama seca. En una sucesión vertiginosa de imágenes; se vio abalanzarse sobre Haydeé, inclinando su hombro derecho hacía atrás mientras torsionaba su cintura como un experto boxeador, el puño cerrado descargando un demoledor golpe sobre su pómulo, arrojándola por el aire como una desgreñada muñeca de trapo, escuchando el sonido a hueco que hacia su nuca al golpear contra la pared. Se vio volverse hacia la directora; con dos largos pasos alcanzarla y con su fuerte mano asirla del cuello, presionando fuertemente. Quería liquidarla, terminar con ella. Cobrarse todo lo que había pasado...
Sintió unos toquecitos en su hombro. A través del velo rojo que nublaba su cerebro pudo ver a Haydeé, que lo miraba, extrañada de su inmovilidad.
−Agustín, Agustín, ¿Te sentís bien?
−Sí, sí, estoy bien – contestó Agustín. De mala gana acalló su torturada imaginación y se dio cuenta que estaba vencido. Ni venganza, ni querella, ni nada. Solo agachar la cabeza y tratar que el mal trago pasase lo más rápido posible. Hundió la cabeza entre sus hombros caídos y suspiró. Un suspiro que trasuntaba desaliento y derrota.
−Está bien –dijo quedamente– solo quiero que quede claro que soy inocente.
Haydeé olió la victoria. Ensanchó su sonrisa y tomó del hombro al atribulado Agustín, guiándolo hasta la puerta.
−¡Pero claro!¡Seguro que sí!¡Eso nunca estuvo en duda!¡Andá, andá tranquilo y seguí cumpliendo como siempre! -Con una palmadita amistosa en la espalda, lo despidió y cerró la puerta.
Cuando quedaron solas cruzaron una mirada de alivio.
Agustín caminó lentamente por el pasillo y llegó a la recepción de guardia, su lugar de trabajo. Se enteraría, más tarde, gracias a una compungida confesión de parte, que los anónimos los había enviado una suegra despechada que no soportaba la idea de que no fuese su adorado yerno nunca más. “Jamás pensé que se armara tal quilombo” le confesó entre sollozos de arrepentimiento.
Acomodó su humanidad en la banqueta, encendió su luminosa sonrisa, esa que mantendría la mayor parte de las horas que duraría su turno, y se dirigió a la mujer, que del otro lado de la ventanilla ya daba claras señas de impaciencia ante la espera:
−¡Buenos días señora! ¿En qué puedo ayudarle?

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