jueves, 1 de abril de 2010

Anonimos I



El día se presentaba gris, frío. El invierno había hecho su aparición con una inusitada crudeza y la poca gente que se atrevía a desafiar el mal tiempo llegaba luchando contra el cortante viento que, desaprensivo, daba vuelta sus frágiles paraguas y les azotaba contra la cara una tenue pero persistente llovizna.

A pesar de no ser las siete todavía, se agolpaban en el pequeño y poco acogedor alero que precedía a las puertas de ingreso al hospital. Los murmullos de disconformidad iban aumentando a medida que la fría llovizna invernal arreciaba. Una obesa señora vestida con una pollera y un suéter que habían conocido tiempos mejores, blandía el paraguas plegado y expresaba en voz alta el pensamiento de la mayoría:

¡Que falta de consideración! ¡Nos tienen aquí esperando, muriéndonos de frío, todos mojados! ¡Podrían abrir las puertas un rato antes!

¡Sí, sí! Recién le grité a una chica ahí adentro que estaba pasando el trapo, que nos abriera y me dijo que no podía, que hay que esperar que lleguen los recepcionistas. – Quien aportaba la información era un señor flaco y alto que con su estatura dominaba a todo el grupo, la mayoría mujeres.

Hasta que esta gente se digne a abrir las puertas nos vamos a enfermar más de lo que ya estamos. – Dijo una joven mamá con su bebé en brazos.

Hubo murmullos de asentimiento. De pronto el bramido de una motocicleta de gran cilindrada acalló todas las voces. Pasó como una exhalación, y con una serie de rebajes, ingresó por la entrada de las ambulancias. Las personas amontonadas en la entrada miraron con curiosidad mientras se apretujaban contra las puertas recién abiertas.

Agustín detuvo su potente moto y apagó el motor. Se apeó, se quitó el casco y sacudió brevemente su cabeza para acomodar su bien cuidada cabellera. Era alguien que llamaba la atención. Atlético, de hombros anchos, cintura estrecha; vestía, debajo del camperón impermeable, un suéter multicolor, camisa blanca con corbata roja y calzaba un jean “stone wear” ajustado, que resaltaba sus atributos físicos. Ingresó al hospital por el pasillo lateral de la cochera de ambulancias. Los pacientes que atestaban el pasillo esperando con resignación su turno para ser atendidos se hicieron a un lado como una sola persona, para darle paso. El andar acompasado y seguro de sus zambas piernas, hizo que varias mujeres le siguieran con la mirada, con un dejo de fascinación.

Cuando llegó a la recepción, saludó a Reinaldo con un ademán. Sosteniendo el teléfono con el hombro y escribiendo en un formulario, poco tiempo tuvo éste de retribuirle el saludo. Agustín lo observó con curiosidad. Grandes gotas de sudor perlaban la frente de su compañero, su cuello se mostraba enrojecido hasta la línea de su bien cuidadas patillas y dos grandes manchas húmedas afeaban su blanca camisa, justo bajo sus brazos, como si hubiera participado de una carrera pedestre en lugar de haber estado ocho horas atendiendo una ventanilla. Sintió pena por él.

Hola Agustín. Ahí en el cuaderno están anotadas las novedades, te dejo dieciséis pesos en la caja y cinco fichas de televisor. Recién llamó el doctor Mischler para avisar que se iba a demorar una o dos horas en tomar la guardia. Hace un rato ingresó un accidente de moto y está en transitoria, al parecer no es de gravedad. No tuve tiempo de hacer los papeles. Bueno, eso es todo. Chau, me voy – Reinaldo soltó toda la información de un tirón, casi sin tomar resuello, no veía la hora de irse de ese pandemonio.

Ajá – Asintió Agustín, distraído, mientras se cercioraba que los datos que le pasaba su compañero eran correctos.

Bueno, chau, me voy – Concedió Reinaldo con un gesto y se fue, tan rápido como su barriga y sus cortas piernas se lo permitieron.

Agustín se acomodó en la banqueta, encendió en su viril rostro una encantadora sonrisa, que mantendría la mayor parte de su largo y agotador turno y se dirigió a la mujer que, esperando de pie junto a la abertura circular del vidrio de la ventanilla, ya mostraba señales de impaciencia.

Buenos días Señora ¿En qué puedo ayudarle?


La directora se revolvió inquieta en su amplio sillón y arrojo el papel que sostenía sobre el escritorio como si quemara, juntó los dedos de sus manos unos con otros y quedó absorta en sus profundas cavilaciones. Distraída de todo lo que no fuera el gran entuerto que se cernía sobre ella, dejó que su acerada mirada vagara por el despacho que ocupaba. No era muy grande, pero le resultaba cómodo. Su siempre ordenado escritorio, con su teléfono, la agenda donde anotaba todos sus asuntos, un lapicero y un coqueto reloj de mesa, obsequio de un atento visitador médico, presidían la sala. Contra la pared, a su izquierda, en un armario de nerolite gris, que hacía juego con el escritorio, guardaba bajo llave toda la documentación importante. El armario contaba con varios estantes, en donde podían verse algunos adornos baratos. En uno de ellos descansaba una Biblia de tapas rojas, abierta en la cita correspondiente a la lectura litúrgica del día, junto a una pequeña imagen de la Virgen de San Nicolás y un florero. Sobre la pared de enfrente colgaba un enorme pergamino, bellamente enmarcado, que testimoniaba el protagonismo que había tenido en la finalización e inauguración del nuevo hospital. Su mayor logro y orgullo. Un par de sillas ubicadas frente al escritorio, un perchero, un turboventilaor y una estufa a cuarzo completaban el espartano mobiliario.

Por el pasillo algo distrajo su atención. A través de la estructura de acero y vidrio que delimitaba su oficina, pudo ver a un par de empleados administrativos que pasaban bromeando entre sí, casi a los gritos. Las carcajadas resonaron en sus oídos, pero no reaccionó. Reconoció, sin embargo, que tiempo atrás se hubiera incorporado para llamarles la atención por su inconducta. En ese momento carecía de la energía suficiente. En los muchos años que llevaba al frente del Hospital, había aflojado un poco la férrea mano con la que dirigía sus destinos, aunque todavía se permitía cepillar alguna que otra cabeza, cuando lo creía necesario, para que nadie olvidara quien estaba al mando.

El problema que tenía entre manos la perturbaba profundamente. Miró el papel que descansaba sobre el escritorio y que contenía unas pocas líneas sin firma, escritas con una desprolija caligrafía. No era el primero. Había encontrado otros dos bajo la puerta, días anteriores.

Su adormecido sentido común le decía que era altamente improbable que ocurriera tal calamidad en su querido hospital, tenía la certeza de que no podía quedarse de brazos cruzados. Acomodó, con un dejo de coquetería, su leonina cabellera, con algunas hebras de plata aquí y allá, fruto de los años y las preocupaciones de su cargo y juntó sus labios separándolos rápidamente, emitiendo un sonido como el repiqueteo de una gota al caer en el agua. Ya había decidido quién sería la persona que compartiría sus desvelos. Se desperezó lánguidamente, como un felino listo para entrar en acción y tomando el teléfono discó el interno número diez.

Hospital – contestó una ronca voz masculina.

Sebastián, haga que desocupen la línea, tengo que efectuar una llamada– ordenó secamente al recepcionista de administración.

Si doctora, enseguida.

Esperó unos segundos y vio como la luz roja que indicaba que la línea estaba ocupada cesaba en su parpadeo, luego apretó la tecla correspondiente y digitó el número que conocía de memoria.

Acción Social, buenos días.

Buenos días, habla la Dra. Angélica Concepción Durigoni, Directora del Hospital local. Necesito hablar con la señora secretaria. Es urgente.

Lo lamento, doctora, pero la señora Arreche no se encuentra en este momento. Está recorriendo con su cuerpo de asesores el barrio Santa Teresita. ¿Quiere dejar algún mensaje?

Dígale que me llame lo antes posible, por favor.

Colgó el teléfono con un dejo de fastidio. No soportaba tener que dilatar cuestiones importantes y ahora tenía que armarse de paciencia y esperar que Haydeé finalizara con su puesta en escena. No desconocía la ilimitada ambición que motorizaba a la que ahora veía como una adversaria. En algún momento del pasado había cometido el error de alimentarla, hasta que cayó en la cuenta, quizá demasiado tarde, de que la estaba usando como palanca para acceder a los más encumbrados círculos del poder local y provincial.

Imaginó a Haydeé recorriendo el barrio orillero, con barro en sus zapatos, el pelo lacio y rubio restallando bajo el sol, repartiendo sonrisas, ropas, chapas y caja de alimentos, y la firme promesa de más, si ganaba las elecciones. Con la intención apenas disimulada de que cada óbolo entregado, cada promesa efectuada con voz vibrante y convencida se transformara en un voto. Una de las formas más procaces de hacer política. Aprovechar la necesidad del pobre. La política como ella la entendía y la practicaba era eso, un continuo toma y daca, donde solo sobrevivía el más fuerte, el que menos escrúpulos tuviese.


La noche apuraba su entrada, oscureciendo con su negro velo a la ciudad. Una gran luna llena bañaba con su fría luz los techos de chapa del hospital, reflejando en ellos haces iridiscentes y mortecinos. Las farolas que cercaban la construcción aguardaban apagadas la señal del mecanismo automático que las controlaba, por lo que bajo la selénica lumbre, el hospital era una mole grande y sombría, de aspecto poco acogedor.

En el interior del despacho de dirección, y a pesar de la estufa de cuarzo encendida, el ambiente era tan o más gélido que el de afuera. Directora y Presidenta del Samco se encontraban reunidas allí, despojadas por completo de la máscara de amabilidad con la que pretendían tratarse en público. Sentadas una frente a la otra, con el escritorio de por medio, se estudiaban lenta y concienzudamente, como gladiadores que intentan descubrir el punto débil de su contrincante.

Angélica bostezo sin disimulo, tapándose apenas la boca con la mano derecha y eructó. No fue por cansancio o aburrimiento. Era su particular manera de expeler de su interior las corrosivas malas ondas que sentía arremolinarse en torno a ella. Se inclinó sobre el escritorio y alcanzó a Haydeé los tres papeles que tanto la perturbaban, evitando deliberadamente tocarle la mano.

Esos son los anónimos de los que te hable. Son acusaciones muy graves.

Haydeé tomó los papeles y los leyó, uno por uno. El último, el más virulento decía textualmente:

“Señora Directora:

Es mi deber reiterar la denuncia contra el Sr. Agustín Ramírez. Este señor, cuando trabaja de noche roba medicamentos y jeringas del Hospital para después cambiarlas por droga, que luego vende en las escuelas. Por eso es que en tan poco tiempo pudo comprarse la moto nueva que tiene y además, alquilar una casa.

Espero que tome medidas contra esta persona, ya que al no hacer nada lo está encubriendo”

Bueno Angélica, no veo porque me lo mostrás a mí. Vos bien sabés que los asuntos del personal le corresponden a la Dirección. El Samco no puede hacer nada al respecto– Haydeé arrojo sobre la mesa los papeles esbozando una media sonrisa de condescendencia.

No te hagas la mosquita muerta, vos bien sabes porque te muestro esto a vos– Angélica, que no se caracterizaba por su paciencia, comenzaba a perder los estribos.

Te repito que no me pienso involucrar. Es tú problema, además esto no está confirmado, es un simple puterío. Alguien que no quiere a ese chico le quiere hacer pasar un mal momento y nada más.

Mirá Haydeé, yo no sé si esto es verdad o no, pero si llega a tener algo de cierto, esta situación nos va a perjudicar a las dos y no hace falta que yo te lo diga. No te olvidés que este pibe entró por recomendación tuya.

Haydeé entrecerró sus bellos y fríos ojos celestes, mirando fijamente a su antagonista. Ya se daba cuenta por donde venía el juego de Angélica. Deslindar responsabilidades lo más rápido posible, o por lo menos compartirlas. Nadie ignoraba que la mayoría de la planta de empleados del nuevo hospital había ingresado gracias a ella. Todo se había realizado bajo los estrictos códigos de la política de pueblo. Una telaraña de “conocidos de”, “recomendados por”, pago de favores, favores a cuenta, se había entretejido vertiginosamente en su rededor. Muchas familias le debían el pan de cada día y esperaba ciertamente poder cobrarse tales favores en las próximas elecciones, donde se postulaba como candidata a concejal.

Se daba cuenta que Angélica tenía algo de razón. Si los anónimos decían la verdad, ella, como presidenta del Samco, se vería involucrada en un caso que alcanzaría la primera plana en la prensa local y provincial. No podía permitirse este riesgo a tan poco tiempo de las elecciones. Su conclusión fue, por una vez, coincidente con la de su rival.

–Bueno Angélica – concedió diplomáticamente – me parece que te estas apurando a juzgar a este pobre chico sobre la base de unas denuncias sin fundamentos, pero coincido con vos en que no nos podemos quedar de brazos cruzados. ¿Vos que propones?

Mirá, lo mejor es hacer la denuncia policial. Ellos sabrán que hacer.

Si, tenés razón, no podemos permitir que el hospital se vea involucrado en un caso de tráfico. No debe haber ni la menor sombra de duda sobre este punto.

De esta manera Directora y Presidenta del Samco dejaron de lado sus diferencias personales y políticas y sellaron un pacto de mutua conveniencia. A ninguna de las dos se les ocurrió siquiera considerar el realizar una investigación interna para constatar la veracidad de las denuncias. En un centro de salud donde la falta de antibióticos, calmantes y hasta aspirinas es crónica, no hubiese sido algo difícil de averiguar.

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