martes, 16 de marzo de 2010

"107 Emergencias" III


La sirena le indicó a Héctor que la ambulancia regresaba con un paciente dentro. Como carecían de comunicación, esta era la señal que habían acordado para poner a todo el personal en estado de alerta. Si bien el espíritu algo exhibicionista de Hernán muchas veces le había hecho dar una falsa alarma, no podía dejar de tomar como algo serio la inminente llegada de un caso de urgencia.

La guardia estaba todo lo lista que podía estar. Había aprendido, en cinco años que llevaba ocupando su puesto, las dificultades que surgían al preparar lo que él llamaba, con cierta pomposidad propia de su carácter, “el teatro de operaciones”. Pasó lista mentalmente los pasos que había seguido para dejar todo listo y elevó una plegaria rogando no haber omitido nada. En rigor de verdad, el procedimiento a seguir en casos de urgencia en el hospital, era fruto de una larga serie de casos atendidos, con la esperanza de poder aprender algo más de cada uno. También era cierto que los cuatro recepcionistas tenían una manera diferente de encarar las cosas y ni hablar de los médicos y los enfermeros, por lo que cada caso particular era una especie de entramado de reglas que la mayoría de las veces eran contradictorias.

Por supuesto – pensó – él era el que la tenia más clara, sin darse cuenta que los demás seguramente pensaban lo mismo.

El golpe seco de la ambulancia al subir en la entrada lo saco de sus pensamientos. La doctora Comesaña ya había retirado su abollado automóvil. Héctor alcanzó a escuchar los epítetos, nada propios para una profesional, que había dirigido hacia el chofer y toda su familia mientras realizaba esta tarea, sonriendo para sí.

Hernán detuvo el vehículo con un teatral chirrido de frenos y prestamente bajó para sacar la camilla por las puertas posteriores. Julio abrió la puerta lateral y se dirigió a la Doctora para darle los primeros informes sobre el accidentado. Esta, enojada por lo ocurrido con su auto, no le prestó la menor atención y dirigiéndose a Hernán le gritó, con esa familiaridad que dan las largas noches compartidas en la guardia de una institución de salud:

Negro, la puta que te parío, me hiciste mierda el auto, me hiciste.

Hernán le contesto en el mismo tono, sabiendo que la cosa no pasaría a mayores:

No te calentés, Sofía, yo después te lo hago arreglar.

Julio no se dio por vencido e insistió con su informe, hablando casi al mismo tiempo que Hernán, de manera que la doctora no pudo escuchar a ningunos de los dos, y decidió prestamente, que en ese momento quizá era más importante tratar de hacer algo por la pobre persona que dentro de la ambulancia había comenzado a proferir un profundo y lastimero gemido.

Hernán abrió por fin las puertas traseras de la ambulancia y comenzó a retirar la camilla de su soporte. Con la suficiencia propia de su experimentada trayectoria como chofer, avalado por los innumerables cursos de accidentología que había realizado y que según él le hacían el más capacitado para afrontar situaciones límites como ésta, tiró para atrás la traba de las patas plegables de la camilla al mismo tiempo que la deslizaba hacia afuera, en un movimiento perfectamente sincronizado. Lamentablemente para el y mucho más para el accidentado, la traba no alcanzó a expandirse en su totalidad, por lo que las patas posteriores no quedaron enclavadas y, al terminar su recorrido por el riel, no sostuvieron el peso del cuerpo, haciendo que la camilla con paciente y todo se precipitara a tierra.

Los gemidos del accidentado se interrumpieron en una brusca exhalación al estrellarse con su humanidad en el frío y húmedo piso de cemento de la entrada de ambulancias, reiniciándose instantes después, para alivio de todos, porque significaba que todavía estaba vivo.

¡Epa! – Exclamó Julio, estirando sus brazos hacia delante, en un vano intento por evitar lo inevitable.

¡Se te cayó el paciente, pedazo de boludo!- acotó innecesariamente Sofía.

¡Que querés, si nadie me ayuda, tengo que hacerlo todo yo solo! – Respondió un ofuscado Hernán, en un intento por defenderse o por lo menos compartir la responsabilidad de lo ocurrido.

Entre los tres acomodaron al hombre accidentado, cuyos quejidos habían subido en intensidad y tenía los ojos fuertemente cerrados, la cara contraída en una mueca de dolor, llevándolo rápidamente hacia la sala de guardia; donde la actividad se hizo febril. La Dra. Sofía y Julio trabajaban sobre el paciente, tratando de estabilizar sus signos vitales. Hernán, que no se había arredrado en lo absoluto por su pequeño percance con la camilla, estaba parado a un costado, presto a brindar su experimentada colaboración cuando se lo solicitasen. Flora había querido ingresar. Testigo privilegiado del penoso incidente que ocasionara Hernán, quería averiguar si la caída había agravado el estado del accidentado. Siempre era muy útil poseer la mayor cantidad posible de información.

¿Está consciente el tipo? Necesito los datos para la planilla – pregunto Héctor a voz en cuello, ingresando precipitadamente a la ya atestada enfermería por la puerta lateral, golpeando a Julio y lanzándolo contra la camilla.

¡No! ¡Y dejate de joder, eso lo podés hacer después! – Le respondió Sofía al tiempo que le lanzaba una mirada furibunda, porque odiaba las interrupciones y además se le complicaban las cosas. - ¡Necesito que me consigas al radiólogo y al bioquímico que estén de guardia! ¡Ya!

Héctor desistió por el momento de averiguar la filiación del hasta el entonces anónimo accidentado y se dirigió al teléfono para cumplir con lo que le habían encargado.

Julio, alcanzame el suero, tenemos que canalizar a este tipo antes que entre en shock. Decime la presión y el pulso.

Presión 90/60, pulso 110 – contestó eficientemente Julio, al tiempo que le alcanzaba el suero estéril para iniciar la perfusión por vía intravenosa.

No está tan mal, ponele la mascarilla con oxígeno – indicó Sofía, mientras intentaba introducir la agujeta en la vena de la mano del paciente- la puta, no la encuentro- exclamó al tercer y frustrante intento.

Tranquila Sofía, respirá hondo y tomate tu tiempo, salvo por la sangre que le sale de la pierna, el tipo no está tan mal - terció Hernán, al notar el nerviosismo que se iba apoderando de la pobre médica.

¡Callate negro de mierda, vos no me vas a decir lo que tengo que hacer!¡ yo soy una profesional entrenada! – respondió duramente Sofía – ¡Y vos, ponele el oxígeno de una vez! – le grito a Julio.

El pobre enfermero, que no las tenía todas consigo, no soportaba que le gritasen. De carácter sensible e introvertido, le comenzaron a temblar las manos cayéndosele la mascarilla de oxigeno, con tanta mala fortuna que cuando quiso recuperarla tiro de la manguera cristal que la conectaba al regulador del panel, inundando la sala con el particular ruido de los gases a presión cuando escapan libremente. Si algo le faltaba a Julio para quedar al borde del colapso nervioso era soportar nuevamente los gritos de la doctora, que no se hicieron esperar:

¡Pelotudo, que hacés! ¡Tené un poco más de cuidado!

Julio, que no atinó a responder nada, en un desesperado intento por remediar su error, dio un rápido paso hacia el panel del oxigeno para cerrar la válvula, enganchando con su ambo de enfermero la pierna lastimada del accidentado, atrayéndola hacia sí. El grito que sobrevino a esta acción fue infrahumano; taladró los oídos de todos los presentes y congeló la sangre de las personas que se encontraban esperando fuera de la enfermería. El pobre hombre que yacía en la camilla, con los ojos fuera de órbita y la mano fuertemente asida a la pechera de la doctora, enfrentaba su rostro con el de ella, la boca abierta en un alarido desgarrador. Luego, y afortunadamente, perdió el conocimiento.

El silencio que sobrevino podía cortarse con un bisturí. Julio, con los ojos llenos de lagrimas y ya temblando incontrolablemente pudo por fin alcanzar el panel de la pared y cerrar el flujómetro. Hernán lo ayudó a conectar de nuevo la manguera y colocar la mascarilla sobre el rostro del paciente. La cara de Sofía era una mascara hierática que ocultaba como una armadura los sentimientos que bullían en su interior. ¿Quién me habrá mandado a meterme acá?, se preguntaba. Hasta ahora había tenido suerte y sus guardias habían resultado tranquilas. Este, podría decirse, era su bautismo de fuego. Y no le estaba gustando nada.

Julio trataba de mantenerse bajo control. Él era un enfermero capaz. Un profesional con experiencia. No iba a dejar que esa medicucha lo basureara. Lo que había pasado era una desgracia, un accidente, algo imprevisible. Pero estaba dispuesto a superar el mal trance.

Hernán observaba todo atentamente. Se daba cuenta que la situación no era normal y que tanto médica como enfermero estaban nerviosos, casi al punto del derrumbe, pero no podía decir nada. Se le había caído el paciente de la camilla. La pesadilla de un chofer de ambulancia. Solo lo consolaba en parte el hecho de que había poca gente a esa hora, aunque no se hacía demasiadas ilusiones. Su blooper circularía en poco tiempo por todo el hospital y sus alrededores.

Sofía trató de tomar el control de la situación.

Julio, por favor, medí los signos vitales, Hernán por favor controlá el panel, que no se vuelva a salir la manguera. Voy a mirar la herida.

Tanto Hernán como Julio se apresuraron a cumplir lo indicado, mientras que Sofía tomó el fotósfero y lo ubicó en posición para observar la pierna. Este aparato; un tubo de acero inoxidable de unos 30 cm. de largo y unos 10 cm. de diámetro, con un portalámparas en un extremo y un lente de aumento en el otro, sujeto a un pie; sirve para focalizar la luz en sitios donde se requiere un examen minucioso.

La doctora conectó el fotósfero y éste no encendió. Maldiciendo en voz baja apoyó su mano derecha sobre el cilindro para sacudirlo un poco, quizá fuera un falso contacto.

El primero en darse cuenta que algo no andaba bien fue Hernán, cuando notó que las luces comenzaron a parpadear. Observó que a Sofía se le habían erizado los pelos, tenía los ojos en blanco, un hilo de saliva le corría por la comisura de su boca entreabierta, que no profería sonido alguno y que su cuerpo se sacudía en movimientos espasmódicos.

¡Quedó pegada! ¡Julio, Sofía quedó pegada!

¿Eh?! ¿Qué pasa?!

Correte salame – solo la veloz reacción de Hernán impidió la tragedia. Con un par de veloces zancadas llegó hasta el enchufe y teniendo la saludable precaución de no tocar a la infortunada doctora, que se sacudía como una coctelera, asió el cable del fotósfero y le dio un tirón.

Sofía dejó de temblar, trastabilló y cayo sobre el carro de guardia, repleto de instrumental, arrastrando estrepitosamente todo en su caída.

Julio, ayudame, vamos a llevarla a transitoria.

Entre el chofer y el enfermero cargaron el cuerpo exánime de la profesional y lo depositaron en la cama de la habitación contigua que oficiaba de sala de internación transitoria.

Hernán le pidió a Héctor, que había escuchado el estrépito y se acercaba a ver que pasaba, con Flora pisándole los talones:

Llamá por favor a Miguel, a ver si se puede hacer cargo de este desastre.

Bueno, pero ¿me podés contar que pasó?

Después te cuento, esto es un quilombo, llamá a Miguelito, por favor.

El recepcionista optó por reprimir su curiosidad y se dirigió a llamar al médico de UTI (Unidad de Terapia Intensiva). Cuando Miguel llegó a la guardia, Sofía estaba reclinada en su cama y ya se encontraba mejor. Julio estaba en la enfermería, cuidando del traumatizado, todavía inconsciente en la camilla.

Miguel era una persona de pocas palabras y mucha iniciativa. Cuando escuchó de boca de Hernán y Julio lo que había pasado, le echó una ojeada al paciente y mandó llamar a Héctor.

Escuchame negro, ¿este tipo tiene obra social?

Si, acá llegaron unos parientes que me dieron sus datos. Se llama Ramón Almada y tiene obra social.

Bueno, listo el pollo. Conseguime una derivación al Rivadavia, explicale mas o menos como viene la mano. Hernán prepará todo para llevarlo, yo te acompaño.

Una vez cumplimentados todos los trámites cargaron, con muchísimo cuidado al hombre accidentado en la ambulancia, emprendiendo el corto camino hasta el sanatorio privado.

Unos días después apareció pegado en el transparente de la recepción un papelito manuscrito en el que se podía leer:

“Los familiares de Ramón Almada agradecen enormemente la atención recibida en este Hospital, orgullo de toda la comunidad, y especialmente a la Dra. Sofía, a Julio, a Hernán, a Héctor y al Dr. Miguel por la preocupación y la enjundia que demostraron atendiendo a nuestro querido Ramón. Que Dios los bendiga a todos”

1 comentarios:

Juan Jose Gomez dijo...

Muy buenoooo, jjajajaja, tal cual ha pasado en algun momento, y en otras situaciones.

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