
La tenue y verdosa luz del tablero de instrumentos iluminaba los rostros reconcentrados de Hernán y Julio, el enfermero de guardia. La ambulancia se bamboleaba, lanzada a toda velocidad por el pavimento húmedo de las calles de la ciudad, desiertas a esa hora. Las balizas reflejaban la luz en los charcos y la estridente sirena anunciaba el paso del bólido sanitario, en una desesperada carrera contra el tiempo.
Hernán, el chofer, puteaba por lo bajo. No obstante el aplomo y la pericia que había adquirido en tantos años sentado frente al volante de una ambulancia, sumados a su innato talento natural para conducir, no pudo evitar abollar el guardabarros del auto de la doctora de guardia, al salir presuroso a cubrir la emergencia.
– Que se joda – pensó.
Acomodó con un rápido y apenas perceptible movimiento de su mano izquierda el hirsuto y rebelde flequillo que caía sobre sus aindiados ojos; metió un rebaje digno de un avezado piloto de TC 4000, dobló la esquina con la velocidad justa como para que la rueda trasera izquierda se despegara brevemente del piso y, controlando el vehículo para evitar que se convirtiera en una perinola, aceleró, pasando por todos los cambios en un santiamén.
A pesar de haber viajado muchas veces con Hernán, Julio no terminaba de acostumbrarse a la deslumbrante capacidad de su compañero de manejar siempre al borde del desastre y sin embargo tener todo bajo control. Su tez morena se adivinaba, bajo la pálida luz, de un acentuado tinte ceniciento, que en otra persona hubiese podido calificarse de una palidez mortal.
Agradeció a Dios el hecho que el accidente no fuese lejos y salió de su ensimismamiento cuando Hernán le preguntó, con esa voz firme y llena de autoridad que reservaba para estos casos:
– Tenemos todo lo que hace falta, ¿no?
– Si – respondió Julio, al tiempo que se sujetaba firmemente del apoyabrazos, sin poder evitar que su trasero se despegase del asiento al rebotar la ambulancia en la loma de burro de una bocacalle, golpeándose la cabeza contra el techo.
Finalmente divisaron el lugar del accidente, para alivio de Julio, que comenzaba a luchar contra unas nada oportunas náuseas. Un grupo de personas esperaba, denotando impotencia y nerviosismo, por no poder hacer nada útil, excepto mirar e intercambiar opiniones, de esas que siempre se emiten en situaciones como esta:
– Pobre hombre, lo hicieron puré.
- El de la trafic no lo vio, lo que pasa es que no tenía luces la bicicleta.
– También, estas trafics de pasajeros andan siempre a mil, no respetan nada.
-Habría que agarrar al chofer y colgarlo en la plaza, va a ver como no joden más.
– Para mí esta frito
– No, no, me parece que todavía respira, pero perdió mucha sangre, no le debe quedar mucho.
Una de las personas se separó del grupo y salió al encuentro de la ambulancia, cruzando repetidamente los brazos sobre su cabeza a modo de señal.
Una vez detenidos, Hernán y Julio pudieron observar la escena del accidente. Una “traffic” de transporte de pasajeros, cruzada sobre el cordón, había terminado violentamente su trayectoria incrustada en un árbol de la vereda, el vapor del radiador todavía saliendo por su frente destrozado; más allá se alcanzaba a ver los caños retorcidos de una bicicleta y no muy lejos, un cuerpo que yacía inerme en el suelo, sobre un charco de sangre.
Sin perder tiempo, ambos se apearon, Hernán corrió a la parte posterior, para bajar la camilla y la tabla; Julio se dirigió a la puerta lateral para retirar la valija que contenía todo lo necesario para suministrar al herido las primeras atenciones y prepararlo para el traslado al hospital.
(Continuará)

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