viernes, 5 de febrero de 2010

"107: Emergencias"


El teléfono de la recepción de guardia comenzó a sonar, en un acompasado y persistente campanilleo. En ese preciso momento no había nadie que lo atendiera. El recepcionista, que había dejado su puesto unos instantes para cumplir con sus impostergables necesidades fisiológicas, se acercaba por el pasillo con un paso cansino y pesado, con la esperanza que, quienquiera que llamase, desistiera de su empeño y le permitiera terminar de leer su revista en paz. Cuando llegó, todavía acomodándose los pantalones, el moderno y funcional aparato telefónico – aún nuevo a pesar de las teclas gastadas, las marcas con lapicera hechas por sus aburridos operadores, las manchas de mate– seguía sonando, terco, apremiando una respuesta.
El recepcionista, Héctor, un muchacho alto, fornido, de tez morena, con la cabeza quizá un tanto pequeña sobre un cuerpo demasiado grande, con una mirada, desde sus negros ojos rasgados, que transmitía la gran confianza que sentía por sí mismo, masculló una maldición, ¿Quién carajo llamaría con tanta insistencia a esta hora? Estaba seguro que era una pavada, algo sin importancia, como casi todos los llamados que atendía a diario. Observó atentamente la consola de la central antes de levantar el tubo. La luz que titilaba acompañando el irritante sonido era la que correspondía a la línea “107”, el directo sin cargo para recibir llamadas de emergencias. Seguramente era un familiar de algún compañero de trabajo que no quería gastar el importe de una llamada. El 107 era muy útil para eso.
Levantó por fin el tubo y con una voz carrasposa y falta de entonación dijo:
– Hospital
– ¡Un accidente! ¡Hubo un accidente! ¡Hay una persona tirada en la calle! ¡Necesitamos una ambulancia! ¡Pronto! – La voz que brotó del auricular, estridente y deformada por las interferencias parásitas de la línea, hizo que apartara el aparato de su oreja con una mueca. De fondo, un coro de voces gritaban en una cacofonía ininteligible:
– ¡Decile que se apure, este hombre está mal!
– ¡Sangra, sangra!
– ¡Se muere, por favor hagan algo!
– ¡¿Dónde está la ambulancia?!¡Qué venga pronto! si no atienden llamá a emcor, a amu, a los bomberos...!
Héctor hizo un esfuerzo de concentración y conminó a su desconocido e histérico interlocutor:
– Por favor, serénese y déme la dirección del accidente, ya mandamos la ambulancia al lugar.
Garabateó rápidamente en un papel la dirección que la voz, a los gritos, le transmitía, intentó esbozar unas palabras de serenidad y cortó la comunicación al sentir el clic del otro lado de la línea.
Pensó unos instantes. Lo primero que se debía hacer era mandar la ambulancia al lugar del hecho, y para ello necesitaba encontrar al chofer. A esta hora –eran las 5:40 a.m.– el chofer seguramente estaría en su habitación, durmiendo placidamente.
El cuerpo de choferes del hospital contaba con el beneficio, otorgado por la dirección, de tener habitación propia, ya que realizaban turnos de 24 hs. por 48 hs. y necesitaban estar siempre frescos y descansados, dado lo riesgoso y crítico de su actividad. Tv. por cable, estufa, aire acondicionado y una confortable cama, eran algunas comodidades que –merecidamente – poseían. Pero no tenían teléfono interno, y en ocasiones como la presente, era difícil comunicarse con ellos.
Llamó a la cocina, desierta a esas horas de la madrugada, con la esperanza que el chofer escuchara, puesto que la habitación era un anexo a esta dependencia. Luego de insistir varias veces, sin suerte, con este procedimiento y dando muestras de una iniciativa y capacidad de improvisación admirables se volvió y le dijo a la mucama, Flora, que desde el momento de escuchar la palabra “accidente” no se había movido del estrecho cubículo de la recepción:
– Andá, por favor, a buscar al Hernán a la pieza, que no contesta el teléfono y tenemos una emergencia.
La mucama, una mujer menuda, ligera, vieja y arrugada; presta y atenta a cualquier eventualidad que no fuera su función específica –limpiar– respondió, al mismo tiempo que soltaba el palo del secador, que blandía como una especie de fusil:
– Enseguida.
Y partió, rauda y diligentemente, hacia los fondos del hospital, con una premura que se explicaba en parte por la preocupación de lograr que el chofer salga rápido al accidente y en parte por el temor de que otra ambulancia, de otro servicio, trajera al desdichado y ella se perdiera el espectáculo que significaba la entrada de un ser humano sangrante, debatiéndose entre la vida y la muerte. No podía perderse eso de ninguna manera, por lo que apuró el paso hasta convertirlo en una carrera por los pasillos del hospital.

Continuará...

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