Al "Poeta de las islas"La sala de espera de la guardia estaba vacía. No había tenido que atender a mucha gente y no había afrontado mayores problemas. A Reinaldo nunca le había gustado cubrir la recepción de noche. En realidad, nunca le había gustado estar en ese lugar. Atender a la gente que diariamente concurría al hospital, a los delincuentes heridos traídos por el comando y a los borrachines irascibles, no era lo que hubiese elegido para terminar sus días de trabajador. Pero no se quejaba, tal como estaban las cosas en el país, era un privilegiado por tener un empleo relativamente estable.
Una mujer empujó la pesada puerta de ingreso y se acercó a la ventanilla de la recepción. Flaca, huesuda, la cara surcada por infinidad de arrugas, que desmentían su relativa juventud. Llevaba en brazos un bebé envuelto en una manta raída y sucia. La vaharada llegó primero, un olor a mugre rancia lo envolvió y se le metió, persistente, por sus fosas nasales. Recordó de pronto porqué no le agradaba su trabajo.
La mujer se inclinó sobre la abertura circular del vidrio de la ventanilla y le dijo:
– Quiero un turno para el pediatra de guardia. ¿Quién atiende hoy?
– Hoy está atendiendo el doctor Artaza.
– Bueno, deme un número.
Reinaldo anotó los datos del bebé en la planilla correspondiente y le extendió a la mujer un papel con el número de atención que le correspondía. Ciertamente era innecesario –en ese momento estaban solos- pero generalmente era muy respetuoso de las normas y procedimientos.
– ¿Tiene un peso, señora? – Preguntó, más por costumbre que otra cosa, pues sabía la respuesta.
– No, no tengo.
– No importa, siéntese, por favor, el doctor la atenderá enseguida.
La mujer tomó el papel, y sin emitir sonido se sentó en unos de los maltrechos bancos que había en el hall de espera.
Reinaldo la miró sin ver, ensimismado en sus pensamientos. Era increíble como había cambiado su vida en este último tiempo. Le parecía mentira como él, hasta ayer un hombre casado, con hijos ya adultos y hasta nietos, ya no le importara más nada que el amor de una mujer.
Caminaba rápidamente por el gélido pasillo. El delantal, cuya blancura haría palidecer de envidia a cualquier comercial de jabón en polvo, flameaba acompañando el frenético vaivén de sus brazos. Su cara era una máscara de terror, los ojos vidriosos y ligeramente desorbitados. Un tic levantaba la comisura izquierda de sus labios, que se movían imperceptiblemente mientras recitaban una plegaria exorcizante. Bien lo sabía ella, solo era cuestión de tiempo, el Maligno haría su aparición en este antro de perdición, donde las almas pérfidas se encontraban a sus anchas, burlándose del Señor. Lo había visto, en un súbito destello, con total claridad. Lo intuía, intuía su presencia, pero no se había imaginado ni en la peor de sus pesadillas toda su malévola magnificencia. Aún así, el hecho de que al querer apoderarse de ella se enredara en las cortinas de la cocina la convencía de que Dios no la había abandonado.
La larga y acelerada caminata por los pasillos le había quitado el aliento cuando llegó frente a la puerta de la sala de esterilización y entró sin llamar. Su amigo Edgardo, un pulcro enfermero que estaba a punto de introducir un tambor de acero inoxidable con gasas al autoclave, la miró, sorprendido primero, extrañado después:
– ¿Qué pasa Elsina?
Elsina tomo una larga bocanada de aire y respondió en una exhalación:
– ¡Lo vi, Edgardo, vi a Satanás enredado en las cortinas de la cocina!
El tambor de acero inoxidable cayo de las ahora temblorosas manos de Edgardo, rebotando estrepitosamente contra el suelo de mosaico, y sus blancas facciones se tornaron aún más pálidas. Asió con fuerzas las manos de Elsina.
– ¡Oremos! ¡Oremos para alejar el mal!
Y así, tomados de la mano, estuvieron durante cuarenta minutos, los ojos cerrados, los semblantes concentrados, los miembros rígidos, en una liberadora catarsis espiritual.
Alba meció al bebé, acunándolo tiernamente en sus brazos mientras le alimentaba con el biberón. Estaba en Neonatología, con solamente dos bebés internados y ninguno con problemas graves, por lo que se podía permitir estar tranquila y pensar, mientras seguía la rutina del cuidado de los prematuros.
Hacía muchos años que era enfermera, sin embargo todavía era joven. Cualquier observador desprevenido podría haberla tomado por una rolliza matrona con su pequeñuelo en brazos y seguramente este mismo observador hubiese estado de acuerdo con que la imagen sería un excelente modelo para una obra de Botero. El pelo negro partido a la mitad de la cabeza por una raya perfectamente delineada, caía como dos cascadas enmarcando una cara ovalada y pálida, de mejillas llenas, labios carnosos, nariz respingona, aunque no pequeña, ligera papada, coronado todo el conjunto por un par de ojos grandes, con largas pestañas, de mirar lánguido, casi bovino.
El bebé terminó su comida y lanzó un sonoro eructo, totalmente desproporcionado a una criatura de tan pequeño tamaño. Alba lo depositó cuidadosamente en la incubadora y verificó el control de temperatura de la misma, al tiempo que miraba el reloj en la pared y suspiraba larga y soñadoramente. Pronto llegaría Reinaldo y esperaba con ansias ese momento.
La única oportunidad que tenían de encontrarse a solas era en el Hospital, cuando coincidían sus respectivos turnos nocturnos, aún a sabiendas del enorme riesgo que corrían. No podía precisar exactamente cuando se había dado cuenta que lo amaba. Siempre le habían gustado los hombres mayores, de hecho en este momento se encontraba en pareja con uno que le doblaba la edad –aunque era consciente que la relación ya había terminado- , pero con Reinaldo todo había sido fácil. No lo había buscado, pero lo que sentían el uno por el otro era ya imposible de ocultar, aunque todavía lo intentaban. Él era casado, ella estaba en pareja y ambos aún debían tomar la decisión que los liberase de sus compromisos y ataduras.
Reinaldo miró por enésima vez la hora y se cercioró de que no hubiese nadie esperando en el Hall. Ya los médicos debían estar durmiendo, o por lo menos tan entretenidos en lo suyo que no lo molestarían. Bien sabía él la fama de la que hacía gala el doctor Artaza. Se levantó de su silla y se acomodó nervioso el cabello. Respirando profundamente emprendió el camino hacia Neonatología.
Elsina y Edgardo habían finalizado sus rezos y se sentían más tranquilos. Ella estaba convencida que lo sucedido era una señal que marcaba el comienzo de la lucha entre el bien y el mal en el hospital y no abrigaba dudas con respecto al bando en el que le tocaba estar. Una sombra fugaz la sacó de su trance. Por un momento temió lo peor; no soportaría repetir la experiencia pasada en la cocina; pero no, era solo la sombra de una persona que caminaba presurosa y decidida. Lo supo por el sonido firme de las pisadas, cuyo eco amortiguado rebotaba en el ominoso silencio de la noche. Recordando de pronto su actual investidura y jerarquía, salió justo a tiempo para ver doblar a Reinaldo por el pasillo, situación que hizo que frunciera fuertemente las cejas y la boca se le doblara en un duro rictus de autoridad.
Alba abrazó fuertemente a Reinaldo no bien este cruzó la puerta de ingreso a Neo. Sus bocas entreabiertas se fusionaron en un largo, apasionado y húmedo beso.
– ¡Reinaldo, mi amor, no sabés como te extraño!¡ Te necesito tanto!
– ¡Yo también! El tiempo se me hace eterno, mi torcacita montera. Dejame que te bese, que te toque, que sienta tu perfume...
– ¡Abrazame fuerte, abrazame que no soporto más estar lejos de vos! Tenemos que decidirnos, mi amor, no podemos seguir así.
– Sí, tenés razón. Es difícil para mí romper con una rutina de más de toda una vida, pero estoy decidido y lo haré. Todo lo que quiero en este momento es pasar el resto de mi vida a tu lado.
– Yo también, mi amor, yo también – Alba, con lágrimas en los ojos, tomó con sus manos blancas y regordetas el rostro de Reinaldo, acariciando con los pulgares sus tupidas y recias patillas de caudillo norteño y federal. Acercando a él su cuerpo, con una atracción irrefrenable, las manos de él explorando sus redondeces, fundiéndose en un apasionado abrazo.
– ¡¿QUÉ SIGNIFICA ESTO?!
El grito destemplado los sobresaltó, dándoles un susto de muerte. Ninguno de los dos había escuchado ingresar a Elsina, que se había plantado en el arco de la puerta, sus brazos en jarra, la espalda erguida, sus piernas levemente separadas y bien plantadas sobre el suelo, dando una imagen de autoridad suprema e inapelable. Ninguno de los sorprendidos enamorados se atrevió, de momento, a mirarla a los ojos. Si lo hubieran hecho habrían descubierto que fulguraban centellas de indignación.
– Les pregunto de nuevo: ¿Qué significa esto? ¿Qué hace usted Reinaldo fuera de su lugar de trabajo?
Reinaldo, hombre de vasta experiencia en el campo del amor y sus avatares, logró sobreponerse a su sobresalto inicial, ocultando rápidamente su desbocada virilidad. Enfrentó la mirada de Elsina no sin cierto aire de sumisión, algo por demás de raro en él, puesto que no era hombre de doblegarse ante nadie.
– Señora Elsina – comenzó respetuosamente – no vaya a pensar nada malo, solamente dejé un minutito la guardia porque necesitaba decirle a Alba...
– ¡Ya veo lo que necesitaba de Alba! –Interrumpió Elsina con un tono de voz que no admitía réplica– pero escúcheme y vos también Alba: ¿Qué se piensan que es esto? ¿Un motel? ¿Villa Cariño? ¿Un lugar para citas amorosas? ¡No señor! ¡Esto es un Hospital! ¡Un Hos-pi-tal! ¡Un hospital donde venimos a trabajar, a cuidar enfermos, a brindarnos al prójimo, no a los placeres pervertidos de la carne! ¡No puedo creer lo que estoy viendo, esto es el acabose, no tiene justificativo ni perdón! ¡Ahora mismo...! – Por favor, Elsina – alcanzó a balbucear Alba, atreviéndose apenas a levantar la vista – no estábamos haciendo nada.
– ¡No me interrumpas! ¡Es este momento soy la máxima autoridad aquí y esto no va a quedar así! – Elsina, la cara roja, las venas del cuello hinchadas por la indignación que le daba el haber descubierto tamaña inmoralidad, estaba segura que no era la primera vez que sucedía, y no estaba dispuesta a pasarlo por alto. Reinaldo y Alba intercambiaron una mirada de resignación, convencidos que la furiosa Supervisora hablaba en serio y nada podría hacerla cambiar de opinión.
– Ud. Reinaldo –prosiguió Elsina- regrese inmediatamente a su puesto y Ud. Alba siga con sus tareas; ¡Y tengan por seguro que esto llegará hasta las últimas consecuencias!
Cuando estuvo segura de que su orden había sido bien comprendida por los atribulados enamorados, dio media vuelta y salió de la habitación con paso firme y majestuoso.
Reinaldo rozó la mano de Alba, que sollozaba inconsolablemente y sin decir nada salió tras los pasos de Elsina, rumbo al estrecho cubículo de la recepción de guardia.
Elsina se dirigió directamente hacia su oficina. Cuando Reinaldo pasó por ahí, rumbo a su puesto, alcanzó a escuchar el sonido furioso que las teclas de la máquina de escribir hacían contra el rodillo. No perdía tiempo, pensó. Seguramente estaba escribiendo la nota que sentenciaría a ambos. No se hacia ilusiones respecto del contenido. Sería lapidaria, tal cual había sido ella esta noche.
Se acomodó en su banqueta y observo a través del cristal de la ventanilla. El hall estaba desierto. El reloj de la pared indicaba que todavía quedaban varias horas para que finalice su turno.
Oyó unos murmullos apagados, seguidos de una risotada. Del consultorio de Guardia salió el Dr. Artaza con una ancha sonrisa en su rostro. Al pasar por el lado de Reinaldo le guiño el ojo.
– ¿Todo bien, Reinaldo? – Preguntó.
– Si Doctor, una noche tranquila –fue la apagada respuesta.
El Doctor se alejó por el pasillo. No le dijo donde iba y no le preguntó. Tenía todo el aspecto de haber pasado un muy buen momento, y no atendiendo pacientes precisamente. La doctora Sofía era muy bonita, además de buena médica. Reinaldo suspiró. Los profesionales eran un caso aparte; ellos no se regían por las reglas de los demás mortales. Alejó esos pensamientos con un ademán, como si estuviera espantando un insecto molesto y se revolvió en su silla, incómodo. Por raro que pareciera, no solía importarle lo que los demás hacían con su vida.
Cuando por fin llegó Griselda, su relevo –quince minutos tarde, como acostumbraba- no protestó. Le entregó la caja con la exigua cantidad de monedas que esa noche había recaudado y como Griselda no le preguntó si había novedades –rara vez lo hacía – solo murmuró un saludo de circunstancia, fichó su tarjeta y salió al exterior.
Llenó sus pulmones con el limpio aire matinal y miró hacia el este. El sol hacía su aparición tímidamente, inundando con su luz los techos de las casas, alejando las sombras de la fachada algo deteriorada del hospital y también de su corazón.
Lo ocurrido esta noche iba a tener, sin duda, consecuencias graves. Los hechos expuestos bajo el punto de vista de Elsina serían fuertemente condenatorios y la autoridad que los evaluaría no se llevaba bien con él. Seguramente recibiría un duro llamado de atención, podrían suspenderlo, quizá hasta despedirlo. Se sorprendió al comprender lo poco que le importaba. Esbozó una media sonrisa y sacudió la cabeza ¿Quién iba a pensar que él, Reinaldo Barragán, un hombre hecho y derecho, ya de vuelta en todo, se sentiría como un adolescente enamorado? Los misterios de la vida, concluyó.
Abrochó las botamangas de sus pantalones azules, montó en su vieja bicicleta y emprendió el regreso a su casa, a lo que hasta hoy había sido su hogar. Ya no más. Basta de la aciaga rutina. Basta de una vida monótona y desdichada. El haber tomado la decisión final, definitiva, lo hizo sentirse libre. No iba a ser fácil, pero valía la pena. Dobló la esquina y tomó la avenida pedaleando ágilmente, repechando la pequeña cuesta mientras silbaba una tonadita criolla. La brisa fresca de la mañana acarició su curtido y sonriente rostro, bañado por los todavía tenues rayos de un amable sol otoñal.
Una mujer empujó la pesada puerta de ingreso y se acercó a la ventanilla de la recepción. Flaca, huesuda, la cara surcada por infinidad de arrugas, que desmentían su relativa juventud. Llevaba en brazos un bebé envuelto en una manta raída y sucia. La vaharada llegó primero, un olor a mugre rancia lo envolvió y se le metió, persistente, por sus fosas nasales. Recordó de pronto porqué no le agradaba su trabajo.
La mujer se inclinó sobre la abertura circular del vidrio de la ventanilla y le dijo:
– Quiero un turno para el pediatra de guardia. ¿Quién atiende hoy?
– Hoy está atendiendo el doctor Artaza.
– Bueno, deme un número.
Reinaldo anotó los datos del bebé en la planilla correspondiente y le extendió a la mujer un papel con el número de atención que le correspondía. Ciertamente era innecesario –en ese momento estaban solos- pero generalmente era muy respetuoso de las normas y procedimientos.
– ¿Tiene un peso, señora? – Preguntó, más por costumbre que otra cosa, pues sabía la respuesta.
– No, no tengo.
– No importa, siéntese, por favor, el doctor la atenderá enseguida.
La mujer tomó el papel, y sin emitir sonido se sentó en unos de los maltrechos bancos que había en el hall de espera.
Reinaldo la miró sin ver, ensimismado en sus pensamientos. Era increíble como había cambiado su vida en este último tiempo. Le parecía mentira como él, hasta ayer un hombre casado, con hijos ya adultos y hasta nietos, ya no le importara más nada que el amor de una mujer.
Caminaba rápidamente por el gélido pasillo. El delantal, cuya blancura haría palidecer de envidia a cualquier comercial de jabón en polvo, flameaba acompañando el frenético vaivén de sus brazos. Su cara era una máscara de terror, los ojos vidriosos y ligeramente desorbitados. Un tic levantaba la comisura izquierda de sus labios, que se movían imperceptiblemente mientras recitaban una plegaria exorcizante. Bien lo sabía ella, solo era cuestión de tiempo, el Maligno haría su aparición en este antro de perdición, donde las almas pérfidas se encontraban a sus anchas, burlándose del Señor. Lo había visto, en un súbito destello, con total claridad. Lo intuía, intuía su presencia, pero no se había imaginado ni en la peor de sus pesadillas toda su malévola magnificencia. Aún así, el hecho de que al querer apoderarse de ella se enredara en las cortinas de la cocina la convencía de que Dios no la había abandonado.
La larga y acelerada caminata por los pasillos le había quitado el aliento cuando llegó frente a la puerta de la sala de esterilización y entró sin llamar. Su amigo Edgardo, un pulcro enfermero que estaba a punto de introducir un tambor de acero inoxidable con gasas al autoclave, la miró, sorprendido primero, extrañado después:
– ¿Qué pasa Elsina?
Elsina tomo una larga bocanada de aire y respondió en una exhalación:
– ¡Lo vi, Edgardo, vi a Satanás enredado en las cortinas de la cocina!
El tambor de acero inoxidable cayo de las ahora temblorosas manos de Edgardo, rebotando estrepitosamente contra el suelo de mosaico, y sus blancas facciones se tornaron aún más pálidas. Asió con fuerzas las manos de Elsina.
– ¡Oremos! ¡Oremos para alejar el mal!
Y así, tomados de la mano, estuvieron durante cuarenta minutos, los ojos cerrados, los semblantes concentrados, los miembros rígidos, en una liberadora catarsis espiritual.
Alba meció al bebé, acunándolo tiernamente en sus brazos mientras le alimentaba con el biberón. Estaba en Neonatología, con solamente dos bebés internados y ninguno con problemas graves, por lo que se podía permitir estar tranquila y pensar, mientras seguía la rutina del cuidado de los prematuros.
Hacía muchos años que era enfermera, sin embargo todavía era joven. Cualquier observador desprevenido podría haberla tomado por una rolliza matrona con su pequeñuelo en brazos y seguramente este mismo observador hubiese estado de acuerdo con que la imagen sería un excelente modelo para una obra de Botero. El pelo negro partido a la mitad de la cabeza por una raya perfectamente delineada, caía como dos cascadas enmarcando una cara ovalada y pálida, de mejillas llenas, labios carnosos, nariz respingona, aunque no pequeña, ligera papada, coronado todo el conjunto por un par de ojos grandes, con largas pestañas, de mirar lánguido, casi bovino.
El bebé terminó su comida y lanzó un sonoro eructo, totalmente desproporcionado a una criatura de tan pequeño tamaño. Alba lo depositó cuidadosamente en la incubadora y verificó el control de temperatura de la misma, al tiempo que miraba el reloj en la pared y suspiraba larga y soñadoramente. Pronto llegaría Reinaldo y esperaba con ansias ese momento.
La única oportunidad que tenían de encontrarse a solas era en el Hospital, cuando coincidían sus respectivos turnos nocturnos, aún a sabiendas del enorme riesgo que corrían. No podía precisar exactamente cuando se había dado cuenta que lo amaba. Siempre le habían gustado los hombres mayores, de hecho en este momento se encontraba en pareja con uno que le doblaba la edad –aunque era consciente que la relación ya había terminado- , pero con Reinaldo todo había sido fácil. No lo había buscado, pero lo que sentían el uno por el otro era ya imposible de ocultar, aunque todavía lo intentaban. Él era casado, ella estaba en pareja y ambos aún debían tomar la decisión que los liberase de sus compromisos y ataduras.
Reinaldo miró por enésima vez la hora y se cercioró de que no hubiese nadie esperando en el Hall. Ya los médicos debían estar durmiendo, o por lo menos tan entretenidos en lo suyo que no lo molestarían. Bien sabía él la fama de la que hacía gala el doctor Artaza. Se levantó de su silla y se acomodó nervioso el cabello. Respirando profundamente emprendió el camino hacia Neonatología.
Elsina y Edgardo habían finalizado sus rezos y se sentían más tranquilos. Ella estaba convencida que lo sucedido era una señal que marcaba el comienzo de la lucha entre el bien y el mal en el hospital y no abrigaba dudas con respecto al bando en el que le tocaba estar. Una sombra fugaz la sacó de su trance. Por un momento temió lo peor; no soportaría repetir la experiencia pasada en la cocina; pero no, era solo la sombra de una persona que caminaba presurosa y decidida. Lo supo por el sonido firme de las pisadas, cuyo eco amortiguado rebotaba en el ominoso silencio de la noche. Recordando de pronto su actual investidura y jerarquía, salió justo a tiempo para ver doblar a Reinaldo por el pasillo, situación que hizo que frunciera fuertemente las cejas y la boca se le doblara en un duro rictus de autoridad.
Alba abrazó fuertemente a Reinaldo no bien este cruzó la puerta de ingreso a Neo. Sus bocas entreabiertas se fusionaron en un largo, apasionado y húmedo beso.
– ¡Reinaldo, mi amor, no sabés como te extraño!¡ Te necesito tanto!
– ¡Yo también! El tiempo se me hace eterno, mi torcacita montera. Dejame que te bese, que te toque, que sienta tu perfume...
– ¡Abrazame fuerte, abrazame que no soporto más estar lejos de vos! Tenemos que decidirnos, mi amor, no podemos seguir así.
– Sí, tenés razón. Es difícil para mí romper con una rutina de más de toda una vida, pero estoy decidido y lo haré. Todo lo que quiero en este momento es pasar el resto de mi vida a tu lado.
– Yo también, mi amor, yo también – Alba, con lágrimas en los ojos, tomó con sus manos blancas y regordetas el rostro de Reinaldo, acariciando con los pulgares sus tupidas y recias patillas de caudillo norteño y federal. Acercando a él su cuerpo, con una atracción irrefrenable, las manos de él explorando sus redondeces, fundiéndose en un apasionado abrazo.
– ¡¿QUÉ SIGNIFICA ESTO?!
El grito destemplado los sobresaltó, dándoles un susto de muerte. Ninguno de los dos había escuchado ingresar a Elsina, que se había plantado en el arco de la puerta, sus brazos en jarra, la espalda erguida, sus piernas levemente separadas y bien plantadas sobre el suelo, dando una imagen de autoridad suprema e inapelable. Ninguno de los sorprendidos enamorados se atrevió, de momento, a mirarla a los ojos. Si lo hubieran hecho habrían descubierto que fulguraban centellas de indignación.
– Les pregunto de nuevo: ¿Qué significa esto? ¿Qué hace usted Reinaldo fuera de su lugar de trabajo?
Reinaldo, hombre de vasta experiencia en el campo del amor y sus avatares, logró sobreponerse a su sobresalto inicial, ocultando rápidamente su desbocada virilidad. Enfrentó la mirada de Elsina no sin cierto aire de sumisión, algo por demás de raro en él, puesto que no era hombre de doblegarse ante nadie.
– Señora Elsina – comenzó respetuosamente – no vaya a pensar nada malo, solamente dejé un minutito la guardia porque necesitaba decirle a Alba...
– ¡Ya veo lo que necesitaba de Alba! –Interrumpió Elsina con un tono de voz que no admitía réplica– pero escúcheme y vos también Alba: ¿Qué se piensan que es esto? ¿Un motel? ¿Villa Cariño? ¿Un lugar para citas amorosas? ¡No señor! ¡Esto es un Hospital! ¡Un Hos-pi-tal! ¡Un hospital donde venimos a trabajar, a cuidar enfermos, a brindarnos al prójimo, no a los placeres pervertidos de la carne! ¡No puedo creer lo que estoy viendo, esto es el acabose, no tiene justificativo ni perdón! ¡Ahora mismo...! – Por favor, Elsina – alcanzó a balbucear Alba, atreviéndose apenas a levantar la vista – no estábamos haciendo nada.
– ¡No me interrumpas! ¡Es este momento soy la máxima autoridad aquí y esto no va a quedar así! – Elsina, la cara roja, las venas del cuello hinchadas por la indignación que le daba el haber descubierto tamaña inmoralidad, estaba segura que no era la primera vez que sucedía, y no estaba dispuesta a pasarlo por alto. Reinaldo y Alba intercambiaron una mirada de resignación, convencidos que la furiosa Supervisora hablaba en serio y nada podría hacerla cambiar de opinión.
– Ud. Reinaldo –prosiguió Elsina- regrese inmediatamente a su puesto y Ud. Alba siga con sus tareas; ¡Y tengan por seguro que esto llegará hasta las últimas consecuencias!
Cuando estuvo segura de que su orden había sido bien comprendida por los atribulados enamorados, dio media vuelta y salió de la habitación con paso firme y majestuoso.
Reinaldo rozó la mano de Alba, que sollozaba inconsolablemente y sin decir nada salió tras los pasos de Elsina, rumbo al estrecho cubículo de la recepción de guardia.
Elsina se dirigió directamente hacia su oficina. Cuando Reinaldo pasó por ahí, rumbo a su puesto, alcanzó a escuchar el sonido furioso que las teclas de la máquina de escribir hacían contra el rodillo. No perdía tiempo, pensó. Seguramente estaba escribiendo la nota que sentenciaría a ambos. No se hacia ilusiones respecto del contenido. Sería lapidaria, tal cual había sido ella esta noche.
Se acomodó en su banqueta y observo a través del cristal de la ventanilla. El hall estaba desierto. El reloj de la pared indicaba que todavía quedaban varias horas para que finalice su turno.
Oyó unos murmullos apagados, seguidos de una risotada. Del consultorio de Guardia salió el Dr. Artaza con una ancha sonrisa en su rostro. Al pasar por el lado de Reinaldo le guiño el ojo.
– ¿Todo bien, Reinaldo? – Preguntó.
– Si Doctor, una noche tranquila –fue la apagada respuesta.
El Doctor se alejó por el pasillo. No le dijo donde iba y no le preguntó. Tenía todo el aspecto de haber pasado un muy buen momento, y no atendiendo pacientes precisamente. La doctora Sofía era muy bonita, además de buena médica. Reinaldo suspiró. Los profesionales eran un caso aparte; ellos no se regían por las reglas de los demás mortales. Alejó esos pensamientos con un ademán, como si estuviera espantando un insecto molesto y se revolvió en su silla, incómodo. Por raro que pareciera, no solía importarle lo que los demás hacían con su vida.
Cuando por fin llegó Griselda, su relevo –quince minutos tarde, como acostumbraba- no protestó. Le entregó la caja con la exigua cantidad de monedas que esa noche había recaudado y como Griselda no le preguntó si había novedades –rara vez lo hacía – solo murmuró un saludo de circunstancia, fichó su tarjeta y salió al exterior.
Llenó sus pulmones con el limpio aire matinal y miró hacia el este. El sol hacía su aparición tímidamente, inundando con su luz los techos de las casas, alejando las sombras de la fachada algo deteriorada del hospital y también de su corazón.
Lo ocurrido esta noche iba a tener, sin duda, consecuencias graves. Los hechos expuestos bajo el punto de vista de Elsina serían fuertemente condenatorios y la autoridad que los evaluaría no se llevaba bien con él. Seguramente recibiría un duro llamado de atención, podrían suspenderlo, quizá hasta despedirlo. Se sorprendió al comprender lo poco que le importaba. Esbozó una media sonrisa y sacudió la cabeza ¿Quién iba a pensar que él, Reinaldo Barragán, un hombre hecho y derecho, ya de vuelta en todo, se sentiría como un adolescente enamorado? Los misterios de la vida, concluyó.
Abrochó las botamangas de sus pantalones azules, montó en su vieja bicicleta y emprendió el regreso a su casa, a lo que hasta hoy había sido su hogar. Ya no más. Basta de la aciaga rutina. Basta de una vida monótona y desdichada. El haber tomado la decisión final, definitiva, lo hizo sentirse libre. No iba a ser fácil, pero valía la pena. Dobló la esquina y tomó la avenida pedaleando ágilmente, repechando la pequeña cuesta mientras silbaba una tonadita criolla. La brisa fresca de la mañana acarició su curtido y sonriente rostro, bañado por los todavía tenues rayos de un amable sol otoñal.

1 comentarios:
Te felicito por tu blog Dani!! muy lindo e interesante todo que escribis! te mando besos y espero poder seguir teniendo el agrado de leer tus escritos!! besos!
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