lunes, 26 de abril de 2010

"El descubrimiento del Dr. Samuel Fritz"

Caminaba por el ancho pasillo con su sonrisa canchera y la apostura propia de un galán de telenovela latina. El doctor Samuel Fritz era una de esas personas que irradian un aura de superioridad sin siquiera esforzarse por lograrlo. Líder nato, sabía dominar la situación con solo esbozar una sonrisa de costado –casi una mueca– o intimidar con su profunda mirada, enarcando elegantemente una ceja sobre sus ojos. Su pelo crespo, siempre cortado con un estilo casi militar y, a pesar de su juventud, poblado de abundantes canas, le daba un plus a su natural atractivo. Sus facciones eran cuadradas, armónicas, con un dejo de rudeza masculina. Siempre se le veía elegante, enfundado en su entallado ambo verde claro.
Estaba casado hacía dos años, con una bella y encantadora joven, pero no era de los que hacen un culto a la fidelidad. En las largas guardias que cumplía, había demasiadas médicas, enfermeras, mucamas, bioquímicas, dispuestas a caer subyugadas ante sus irresistibles encantos.
Médico por tradición familiar –su abuelo y su padre le precedían– jamás consideró que el tradicional “Juramento Hipocrático” lo atara demasiado. Su calidad profesional y su juventud le aseguraban que su paso por este perdido hospital provincial de baja categoría no se extendería en el tiempo. Mientas tanto trataba de cumplir con sus obligaciones lo mas tranquilamente posible. Su objetivo era adquirir alguna experiencia, mientras ejercitaba sus dotes de seducción con cualquier personal femenino que valiera la pena.
Como médico de U.T.I. su vida profesional transcurría sin mayores sobresaltos. Los casos que revestían alguna gravedad eran sistemáticamente derivados a centros de salud de la gran ciudad, por lo que solo atendía a viejos y desahuciados para los que el final era casi un alivio y también para sus familiares, aunque se mostrasen compungidos y derramaran abundantes lagrimas.
Jamás se involucró emocionalmente con paciente alguno. Creía firmemente que la clave del éxito profesional residía en mantenerse frío, eficiente y distante. Él estaba para curar el cuerpo; del alma -si existía- y de las emociones, que se ocupasen los familiares. O algún cura.
Caminaba el doctor, ajeno a cualquier problema terrenal. Feliz y relajado luego de un gratificante interludio con la bioquímica en el estrecho catre del laboratorio.
Cuando estaba a punto de ingresar a su servicio se percató de un movimiento inusual en la guardia. Escuchó gritos y la confusión que solo podría indicar el arribo de una emergencia.
- Cagamos, un accidente –maldijo a media voz– Ojala que no me rompan las bolas.
No alcanzó a finalizar este escatológico pensamiento, cuando la puerta que tenía delante se abrió, asomando la cabeza de la enfermera. El rostro huesudo y anguloso mostraba la expresión atarugada y perpleja propia de alguien que es despertado de sopetón y puesto en actividad, antes de que su cerebro alcance a comprender que es lo que sucede.
- Doctor, acaban de llamar de la guardia, parece que hubo un accidente –le manifestó con la voz pastosa y los ojos legañosos– quieren que vaya.
- Bueno, vamos a ver que pasa –se resignó.
Cuando llegó a la enfermería, no se asombró al ver el desbarajuste que campeaba en el lugar. Nora Gorostiza, veterana médica de guardia y Juana Laborde, diminuta y pelirroja enfermera, parecían extraídas de un filme policial. La brillante y escarlata sangre arterial estaba desperdigada por todas partes, en la estrecha, incomoda y poco funcional enfermería. Manchaba las ropas, las manos enguantadas, las gafas protectoras de acrílico. Las dos mujeres luchaban denodadamente para detener la hemorragia.
- ¿Qué pasó? – Fue la breve pregunta de rigor.
- Un accidente múltiple. Tres personas. A dos los pudimos mandar a Rosario, pero este quedó acá. Me gustaría que lo vieras, pero creo que lo más conveniente es llevarlo a UTI. –concentrada como estaba, Nora habló sin mirarlo.
Samuel se inclinó sobre el hombro de la enfermera y lo que vio no hizo sino confirmar el diagnóstico de su colega. El tronco del joven presentaba una pronunciada depresión sobre su costado derecho y unas astillas inusualmente blancas perforaban la piel del desdichado. Fractura expuesta de costillas, tórax comprimido, casi con seguridad ambos pulmones perforados. Por la cantidad de sangre perdida, también alguna arteria principal comprometida.
- Bueno, sacale los frenos a la camilla, Vamos a llevarlo.
En el trayecto, sobre la camilla, rodeado de los dos médicos y la enfermera que llevaba el suero, el joven abrió los ojos y clavo sus dilatadas pupilas en él.
- Doctor, por favor, sálveme. No me deje morir.
Todos dieron un respingo. Samuel lo miró perplejo. Era imposible que estuviera consciente en tal estado.
Cuando llegaron a la sala de cuidados intensivos, lo depositaron en una cama y la enfermera del sector, ya totalmente despabilada, comenzó a conectarle toda la parafernalia propia de las circunstancias.
El muchacho estaba despierto. Su rostro, pálido y desencajado; sus ojos, aterrorizados. Contemplaba las filosas astillas de sus huesos, dándose cuenta de que por esos desgarrados orificios se le escapaba la vida. Desvió la mirada y comenzó a gemir quedamente.
- El auto... el auto... mi viejo me mata...
Cada palabra pronunciada era acompañada por el gorgoteo de la sangre mezclada con el aire de sus deshechos pulmones
- Doctor, dígale a mi papá que me perdone, no sé lo que paso, dígale que no fue mi culpa
- Calmate flaco, no hables ahora. Después se lo decís vos -Samuel no pudo mirar directamente a los ojos, sabiendo, como sabía, que le estaba mintiendo. Todavía no entendía como era posible la lucidez del muchacho.
- No doctor, no, me estoy muriendo, lo sé. Doctor... prométame que va a hablar con mis padres... explíqueles... no fue mi culpa... - Una débil tos interrumpió las palabras, un hilillo de sangre se deslizó por la comisura de la boca. La enfermera se apresuró a limpiarlo.
- No digas pavadas, flaco. Te vas a poner bien. -La sonrisa de Samuel y sus despreocupadas palabras contrastaban con la tristeza que asomaba en sus ojos.
El joven cerró los ojos y ladeó la cabeza. Su respiración se tornaba cada vez más dificultosa. El ominoso burbujeo se escuchaba cada vez más fuerte.
De pronto comenzó a sollozar:
− No quiero morir... no quiero morirme. Doctor ayúdeme, por favor – una débil tos entrecortaba las palabras salpicando con pequeñas gotas de sangre pulmonar su barbilla desencajada.
− Flaco, no hables, quedate tranquilo, todo va a salir bien – Samuel lo alentaba en voz baja, mientras miraba a su alrededor, como buscando ayuda. No soportaba escuchar esa súplica.
- Mamá... mamá... no quiero... no... - el balbuceo apenas inteligible, termino por destruir las pocas reservas anímicas de todos. Samuel se dio vuelta y miró a los ojos a la doctora, moviendo la cabeza de lado a lado, derrotado. La ciencia médica ya no tenía nada que hacer.
De repente el muchacho inspiró ruidosamente y quedó inmóvil. El monitor cardiaco cambió su irregular trazo por una macabra línea y el pitido intermitente se transformó en un ominoso y desolador sonido continuo.
La enfermera tomó rápidamente las paletas del desfibrilador, ya listo para ser aplicado y se las tendió.
- Doctor - le ofreció suavemente.
Samuel negó nuevamente con la cabeza.
- Es inútil, todo es inútil.
La enfermera, entonces, cumplió con el clásico ritual. Con la sabana manchada de sangre cubrió el cuerpo y el rostro del joven exánime y comenzó a desconectar los aparatos.
Un denso velo de lágrimas cubría sus ojos y los de la doctora. Curtidas veteranas en la lucha contra la muerte, ésta en particular había tocado la poca sensibilidad que aún quedaba en sus duros corazones.
El Doctor Fritz, los hombros caídos, la mirada perdida, se sentó sobre una camilla desocupada y apoyó la espalda contra la pared.
Por la puerta lateral entró atropelladamente Héctor, el chofer.
- Che, afuera están los viejos del pendejo, quieren saber que pasa con su... - la frase quedo suspendida en la densa atmósfera que reinaba en el recinto. Al ver la sábana que cubría el cadáver giró para enfrentarse con Samuel.
- ¿Qué, se murió? - quiso saber
- Ahora no, negro, ahora no - le contestó un pálido doctor, con la mirada fija en el piso verde y aséptico del lugar.
Héctor, cosa rara en él, se llamó a silencio.
Era su deber dar la noticia a los padres. Se sentía raro, lo ocurrido lo había afectado de una manera que no creía posible. Si hasta había llegado a burlarse de los colegas que se mortificaban cuando perdían un paciente. No era lo correcto tomarlo como algo personal, y aún sabiendo eso, no entendía por que se sentía tan mal.
Quizá en unos pocos días volvería a ser el de antes. Un profesional frío, metódico y ambicioso. Y trataría a los demás con el desdén y la condescendencia propias de su superioridad. Quizá en unos pocos días volvería a las andadas, disfrutando de los favores de cuanto personal del género femenino accediera. Quizá. Pero no en ese momento. Se encontraba enfrentado a su conciencia, una conciencia que no creía tener.
El muchacho, del que aún no sabía ni el nombre, en su agonía, lo había hecho ingresar en un estadio nuevo, donde lo posible no alcanzaba, en donde todo su saber, toda su preparación no servían siquiera para agregar un par de segundos a la vida de una persona. No podía borrar de su mente la mirada, hasta cierto grado acusadora, del que sabe que nada podrá hacer para salvarlo. Le dolía en el alma haber perdido, no por su orgullo de ganador, lamentaba sinceramente haber sido incapaz de evitar esa muerte en particular.
Los demás observaban en silencio, con asombro y curiosidad como, sentado e inmóvil en la camilla, con aire vencido y distante, el otrora altanero y orgulloso doctor Samuel Fritz se cubría la cara con sus manos enguantadas y rompía a llorar.

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