lunes, 25 de enero de 2010

"El paraíso sombrilla"



Enderezó su espalda y contempló satisfecho su obra. El próximo verano el paraíso daría suficiente sombra como para poder estacionar el auto bajo su protección.
Hacía ya tres años que era empleado de mantenimiento en una importante institución de salud de la zona. Había conocido tiempos mejores; oriundo de Santa Fe, dejó su huella en diferentes trabajos, hasta que recaló, río abajo, en una por entonces pujante Somisa. Con la llegada de María Julia tuvo que emigrar “voluntariamente” y emprendió una variada gama de negocios que superado el pico de éxito inicial lo dejaban en la ruina.
La posibilidad de ser empleado provincial le llegó casi accidentalmente, el nuevo hospital necesitaba gente, y el gracias a sus conexiones, era alguien adecuado. Su experiencia en la industria lo perfilaba como una persona eficiente y capaz de organizar el mantenimiento de la institución.
“Alemán” lo llamaban los amigos. Descendiente directo de germanos, educado en un hogar donde lo que contaba era la palabra del “jefe de familia”, aprendería pronto que, por ley natural, los hombres son superiores a las mujeres.
Ella era Jefa del servicio de Laboratorio. También de Santa Fe, ostentaba el dudoso honor de ser la persona más resistida del lugar. Con unos cincuenta y tantos, que no aparentaba en absoluto, se preciaba de ser una persona sin concesiones de ninguna índole. Su estilo frontal, directo, descarnado a veces, desprovisto del menor atisbo de tacto o diplomacia, no la hacía ganar muchos amigos. Para algunos era “la loca”, para otros directamente “esa grandísima hija de puta”. El laboratorio era su feudo. “Acá es el único lugar donde se trabaja” solía decir; “en este hospital son todos una manga de vagos e incompetentes” era otra de sus muletillas preferidas. Acostumbraba a tratar a los demás según los cambiantes vientos de su humor “Perdoname, estoy con los patos volados”, rara vez concedía. Su mayor encono lo dirigía hacia los de mantenimiento, “esos zánganos toma mates” como solía llamarlos, y especialmente hacia el alemán, al que consideraba el paradigma del vago y del machista.
La cuestión era que la animadversión era mutua, el querido alemán no se cansaba de despotricar contra ella como la causante de todos sus males, reales o imaginarios. Más de una vez sus compañeros, al ver la intensidad de sus sentimientos, intentaban moderar los mismos con frases al estilo “no le des pelota, no ves que está loca” o “lo que le hace falta a esa es que la atiendan bien”. Pero el alemán no cejaba en su odio. Lo masticaba, lo amasaba, lo amontonaba todo en una bola cada vez más grande y dura.
Hasta que llegó el verano, con sus días de sol a plomo sobre la ciudad, achicharrando la pintura de los autos, obligadamente estacionados por disposición municipal justo del lado de la calle huérfana de árboles.

El alemán, previsor, comenzó a estacionar debajo de su querido paraíso y su felicidad no conocía límites. Ese era su lugar y nadie, ni siquiera el personal directivo, osaba ocuparlo. Pero la felicidad, como todo lo bueno en la vida, dura lo que un suspiro y una fatídica mañana de enero, víspera de reyes recuerdan los memoriosos, ella llegó primero con su auto recién estrenado, reluciente, último modelo y la sombra del arbolito le resultó irresistible. Como pudo –no era muy ducha en maniobrar– estacionó su sedán bajo la protección amable y vedada; y aquí se bifurcan las opiniones, nunca se pudo saber a ciencia cierta si pecó de inocencia o de maldad al cometer semejante sacrilegio.
Cuando el alemán llegó y vio su lugar ocupado, ese lugar que con tanto amor y cariño había preparado, en el parque hasta ese momento virgen de intrusos, sintió que algo se rompía dentro suyo. Según contaron testigos del hecho, cuya veracidad no se pudo confirmar, bajó de su auto y por unos instantes que parecieron una eternidad, miró sin dar crédito a sus ojos las agraciadas líneas del flamante y aerodinámico automóvil de su odiada enemiga, luego dio la vuelta sobre sus talones, y patinando con sus zapatos de suela en el pasto húmedo de rocío, entró, colorado, las venas del cuello hinchadas, los bigotes erizados, en el taller donde sus compañeros, ajenos y felizmente ignorantes a lo que sobrevendría comenzaron la gastada de rigor.
- Alemán, ¿qué pasó?- preguntó uno con fingida inocencia.
– Como pudieron, como pudieron – solo atinó a balbucear, presa ya de un incontrolable temblor, con la furia latiéndole en la vena de la sien.
– ¿Cómo pudimos qué? replicó rápidamente otro.
– La dejaron estacionar en mi lugar, no defendieron mi árbol, la dejaron estacionar en mi lugar – repetía, en una disonante y desesperada letanía.
Todos en el taller se fueron dando cuenta que lo que solo parecía un momento de diversión iba tomando un cariz más grave, ante las facciones desencajadas y la actitud ya francamente amenazante del alemán, que desde su metro noventa miraba a todos con los ojos inyectados, su temblorosa mano apoyada en una llave stillson de considerables dimensiones.
Era el momento adecuado para la distensión, para aflojar el ambiente, para una palabra de comprensión ante el ultraje; pero hubo quien se sintió en la obligación de poner al pobre hombre en perspectiva:
– ¡Aflojá, alemán! ¡Vos estás cada vez más pelotudo! ¿Qué te pensás? ¿Qué somos tus porteros? Además ese lugar no tiene tu nombre escrito en ningún lado y el hospital no es tuyo. Así que dejate de joder.
– ¿Qué me deje de joder? ¡¿Qué yo me deje de joder?! ¡Ahora va a ver la turra esa! ¡Ahora va a ver!
Nadie tuvo tiempo de reaccionar. El alemán asió con fuerza la stillson y con una zancada firme y decidida salió del taller. Un cambio se había producido en él. Estaba controlado. Su mente estaba despejada y razonaba fríamente. El no iba a dejar que ella siguiera haciendo y deshaciendo según su real gana, alguien tenía que ponerle un límite. Todos la apañaban, pretextando su carácter, su aparente locura, su mal genio. Estaba harto. Iba a dar un corte definitivo a la situación. Era verdad, el hospital no era suyo, pero el paraíso sí, su sombra era un derecho adquirido, él lo había plantado, él se había preocupado por tener un lugar donde dejar el auto a salvo, y ahora, dijeran lo que dijeran, no iba a permitir que esa loca se lo quitara. No señor.
Estaba parada en el pasillo, a punto de ingresar a su santo sanctórum. En un momento infrecuente de jolgorio, su tropa reía a carcajadas por algo que ella les contaba. Cuando el alemán apareció en el pasillo, las burlonas carcajadas subieron un punto en la escala y el no necesitó más confirmación que esa. Se le estaban riendo en la cara. La muy mal nacida encima lo gozaba, se regodeaba de su indigna acción.
Se acercó con paso decidido, sin decir palabra, el odio y el desprecio brotándole por todos los poros de su piel.
Las risas menguaron hasta quedar aleteando solo en las pícaras miradas de las bioquímicas. Una le espetó:
– ¿Qué haces alemán, estás buscando sombra?
Y la carcajada fue general.
Pero al alemán no escuchó la broma, ya estaba más allá de eso. Había llegado hasta ahí con un solo propósito y lo iba a cumplir. La llave Stilson describió un semicírculo perfecto en el aire de arriba hacia abajo, solo alterada su trayectoria una fracción al hacer impacto en el cráneo de ella. Una lluvia sanguinolenta de astillas óseas y masa encefálica pulverizó a todos los allí presentes, manchó los azulejos de las paredes y parte del cielo raso. Ella no alcanzó a darse cuenta de lo que pasaba. Su último pensamiento fue: “puta, me hubiera venido en remis”.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

DANI,BUENISIMO ESTE NO LO HABIA LEIDO. PUBLICA MAS. CELESTE

Juan Jose Gomez dijo...

otra muy buena danny excelente, segui que vas bien, nos matamos de la risa con estas historias.
queremos mas!!!

Anónimo dijo...

Mi papi tiene un blog. :D jajaja!

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