jueves, 7 de octubre de 2010

"El fantasma del remordimiento"



- ¿Qué sentís por mí?
La pregunta, en su rotunda inocencia, lo tomó completamente desprevenido. Miró hacia arriba sin ver y su nuez de adán se convulsionó al tragar rápidamente saliva. ¿Qué intenciones verdaderas encubriría, así como fue formulada: neta, sin ambages ni prolegómenos? Al hacerla, incluso lo había tocado, casi rozado, con su mano pequeña y suave. Sentado en un taburete, con las piernas abiertas y los talones apoyados en el descanso, hizo acopio de valor y bajó la cabeza. Inhaló aire un par de veces, casi con desesperación, en un denodado e infructuoso intento por oxigenar sus ideas. Solo logró impregnar sus fosas nasales con su perfume embriagador, lo que confundió más su cerebro. Por un brevísimo instante, el que su escaso valor y su inocultable turbación le permitieron, le sostuvo la mirada. Solo eso le bastó para percatarse que ella se había parado frente a él, en el límite mismo del arco que formaba la abertura de sus ahora temblorosas piernas. La admiró nuevamente: la ensortijada y rebelde cabellera, el perfecto rostro, el par de almendrados y centelleantes ojos castaños, rodeados por discretas líneas que apenas anunciaban su muy bien llevada madurez, la espléndida y cautivadora sonrisa, el grácil cuello, el nacimiento de sus senos, que gallardos y generosos desafiaban, impertinentes la ley de la gravedad, el cuerpo pleno, grácil, elástico, dotado de todas las curvas y concavidades correspondientes.
No creyó justo que ella ahora lo sometiera, implacable, al duro trance de tener que responder una pregunta de ese calibre. ¿Acaso no eran amigos? Un pistoletazo en el centro de su corazón le hubiese dañado menos. ¿Qué debía responder? ¿Debía responder? Sopesó por un instante dejar correr la situación, ignorar el interrogante planteado, cambiar de tema, hablar de la incidencia de la cotización del dólar en la exportación agropecuaria o de los infortunios de su equipo de fútbol favorito. Instintivamente supo que no era posible. Se esperaba de él una respuesta.
Sus sentimientos, soterrados bajo el pesado edificio de su arraigada moralidad, se debatían denodadamente. Había sido educado para doblegar sus instintos, sublimar sus pulsiones, acotar su comportamiento a las firmes pautas de la fidelidad, la honradez, el sentido común. Estaba seguro que cualquier acción suya que se apartara de esos nobles preceptos ocasionaría que una pesada e insostenible culpa lo embargara y no lo dejara vivir. Su vida quedaría a merced del implacable fantasma del remordimiento, que lo perseguiría impiadoso, que se interpondría entre él y la felicidad. Su alma atormentada no conocería la paz y el sosiego jamás. El incansable y omnipresente fantasma se encargaría de ello.
Volvió a mirarla, y con los ojos inundados de lágrimas, le contestó.
Se encontraba ahora, recostado en la cama, su brazo izquierdo detrás de su cabeza, tranquilo y relajado, sintiendo una calma, una paz y una felicidad que nunca había soñado sentir. Con su mano libre la acarició suavemente. Dormía con un ligero ronquido acompasado y no la quiso despertar. Después de dos turbulentas y apasionadas horas el también hubiese querido imitarla. Pero no podía. Esperaba al fantasma de la culpa y el remordimiento. Lo que había hecho, por maravilloso que fuese, estaba mal. Mirando fijamente su reflejo en el cielorraso espejado apenas podía reconocerse. ¿Ese era él? ¿Por qué sonreía satisfecho? Poco le iba a durar, reflexionó. El fantasma ya estaría al caer. Su dedo acusador lo señalaría, su sombra lo perseguiría por el resto de sus días.
Cansado de esperar, se durmió. Durmió un sueño profundo y reparador y por eso no pudo ver cuando una figura etérea y ominosa se corporizó en la habitación y pareció ocuparla toda con su presencia; de su rostro solo se distinguían dos fulgurantes ojos rojos que escrutaron ceñudos la escena que tenían ante si. La figura, flotando como solo los fantasmas saben hacerlo, se acercó hasta él, se inclinó, y con una mano huesuda y descarnada le apartó un mechón de pelo de la transpirada frente, en un gesto casi maternal. “Por fin, pibe” le susurró, y se fue.

1 comentarios:

Unknown dijo...

Muy bueno te pasas en palabras capo!!

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