miércoles, 27 de enero de 2010

"Por ese palpitar"

Para el Pequi
El rancio hedor de la transpiración cristalizada impregnaba el pequeño recinto. La caseta, que originalmente albergaba los tubos de oxigeno, era ahora su dominio. Su bulín, como la habían bautizado sus compañeros. Se encontraba sentado en la penumbra, rodeado de herramientas de jardinería, cajas apiladas con objetos y utensilios de todo tipo y tamaño, ropa sucia, trapos, botellas con líquidos que ni siquiera él sabía que contenían. Solo con sus pensamientos. La voz de un joven Sandro se dejaba escuchar en una pequeña radio portátil, apoyada en una destartalada repisa:
“…que tiene tu mirar / yo puedo presentir / que tu debes sufrir…”
Estaba seguro que nadie comprendía su sufrimiento. Todo había comenzado hacía ya seis años. Suspiró profundamente cuando a su memoria vino el nítido recuerdo de ese maravilloso día de abril cuando la vio por primera vez. Rubia, curvilínea, agraciada. Con una breve minifalda que dejaba ver sus bien torneadas piernas. Fue una aparición celestial en su vida. No fueron presentados formalmente, pero el se encargó de averiguar su nombre, que se le antojó con graciosas sonoridades y que no se cansaba de repetir, en voz baja, extasiado.
Ahora, sentado en el trono de su reino –un cajón de manzanas boca abajo– se solazaba evocando diversos momentos vividos con ella, como en el flashback de una mediocre tira de amor.

“…el drama singular / que existe entre los dos / tratando simular / tan solo una amistad…”
Ella era una joven amable, simpática en extremo, dueña de una carcajada franca y espontánea, que soltaba con facilidad, invitando a la complicidad de una diversión compartida. Se negaba a creer que, sabedora del efecto que causaba en él su cercanía, le tocara el brazo llamándolo “tío” solo para hacerlo sufrir. Estaba seguro que no. Ella era buena, era perfecta, era una mujer merecedora de estar en un pedestal y recibir adoración. Su adoración incondicional.
Siempre había sido cortés, un caballero, aún en sus andrajos, dispuesto a la galantería. Le ayudaba en todo. “Llevá 10 cajas de leche al consultorio” le pedía, y él las llevaba; “sacá las cajas vacías del consultorio”, y él las sacaba; “Llegó el camión con siete mil quinientos kilos de leche, descargalo por favor”, y él lo descargaba, aún si para hacerlo debía agregar tres o cuatro horas más a su jornada.
Le regalaba caramelos, bombones de licor, la cortejaba de mil maneras diferentes, siempre con corrección y respeto. Todavía podía escucharse a sí mismo, cuando, con voz engolada y rostro de circunstancia, se explayaba en los más diversos temas, siempre tratando de adivinar su pensamiento y adecuar así su opinión a la de ella.

“…sentado frente a ti / me siento desangrar…”
El fin se precipitó sin previo aviso, cual un mazazo que desmoronó el frágil castillo de naipes que había construido para albergar su platónico sentimiento. Ante la intensidad de sus recuerdos, su compañero tropezó un par de pasos. Lo sintió. La pequeña vacilación en la regularidad de su ritmo cardíaco lo puso en estado de alerta. Se tomó fuertemente el pecho con su mano derecha, estiró su brazo izquierdo, dejando flexionado un ápice su codo, los dedos de su temblorosa mano apuntando hacia el cielo y exhaló un quejido lastimero, apretando sus dientes hasta hacerlos rechinar, su cabeza levemente inclinada. ¡Agh! Otra vez esa maldita contracción, que lo atravesaba como una chuza de punta dura y afilada.
Evocó el momento con prístina claridad. Cuando sus sensibles tímpanos, que debía proteger con sendos tapones de algodón, ya que era muy propenso a las infecciones óticas, registraron la conversación, ocurrida en el pasillo. Primero escuchó la inconfundible voz de ella, sonora, cantarina, nítida; cual el discurrir díscolo de un arroyuelo de montaña. El nunca había escuchado el discurrir díscolo de un arroyuelo de montaña, pero se figuraba que la comparación era correcta.

“…Tus labios de rubí/ de rojo carmesí / parecen murmurar / mil cosas sin hablar…”
− ¡Hola tío! ¿Cómo estas?
Contuvo a duras penas el salvaje impulso de salir disparado como un resorte para contestarle, porque se dio cuenta a tiempo que el saludo no era dirigido a él y siguió escuchando, oculto e inmóvil, presa ya de una angustia infinita, mezclada con funestos presagios.
− ¡Hola, tanto tiempo! – La voz inconfundiblemente varonil que contestó el alegre saludo era de Ramón, un compañero de mantenimiento.
− ¿Lo viste a Remo? Lo ando buscando para que me ayude con unas cajas.
− ¿Ese viejo vago? Me parece que no está, seguro que fue a hacer los mandados para la cocina.
− ¡Eh, no le digas así! ¡Pobre tío Remo! – Respondió divertida. Siempre la hacían reír las salidas del tío Ramón.
− ¡Pobre tío Remo! – Se mofó Ramón – Vos decís eso por que no sabés lo que sé yo.
− ¿Qué sabés? ¿Qué sabés?
− El viejo ese está enamorado de vos– soltó Ramón, sin anestesia y ante la mirada atónita de su interlocutora, prosiguió, serio y circunspecto– No sabés, está todo el santo día hablando de vos, te persigue, te espía. Tené cuidado que en cualquier momento, cuando pasés por su bulín, saca la mano y te zampa pa’dentro y ahí sí que perdés como en la guerra.
− ¡Dejate de joder, no te creo!
− ¡Te digo enserio! – porfió Ramón – está totalmente loco por vos. Yo no sé lo que puede llegar a hacer.
− ¿De verdad? Bueno, si es así, mejor me voy. ¡Pero no te creo, seguro que me estas jodiendo!
− Bueno, vos hacé lo que quieras, yo te dije la posta.
Dos pesadas e irregulares gotas saladas rodaron por sus barbudas mejillas, pugnando por ganar las comisuras de sus labios, apretados en una mueca de desolación. El estado de trance y devastación en el que se encontraba no le impidió escuchar cuando Ramón entró al taller y entre carcajadas les contó a sus compañeros el susto que le había dado a su amor imposible.
Desde ese nefasto día, ella dejo de hablarle. Solo lo indispensable. No fue más por el taller, porque para eso debía pasar por el bulín. Él comprendía, ella no tenía la culpa, a fin de cuentas era víctima de un terrible engaño. Si lo último en la vida que se le habría ocurrido era lastimarla, traicionar su confianza. En cuanto a el bromista, optó por el silencio. ¿Qué sentido tenía enfrentarlo, pedirle explicaciones? El daño ya estaba hecho.
En definitiva, no le importaba que ella lo rechazara. Solo se conformaba con verla de lejos, escuchar su voz, disfrutar su risa. El dolor y la desolación desaparecían cuando pensaba en ella. “…total que mas me da/ ya se que sufriré /pero al final tendré /tranquilo el corazón…”
Suspiró profundamente y poniendo los ojos en blanco se tomó con su mano derecha el lado izquierdo de su pecho, para asegurarse que su compañero siguiera allí, palpitando estoicamente. Apagó la radio - "un maestro, el gitano" pensó - y se paró con un gruñido de cansancio. Eran las doce y media de un tórrido lunes de febrero. Hora de cortar el césped.


3 comentarios:

Anónimo dijo...

Primo...
Brillante como siempre!!!
Ya reenvio la dirección a mis contactos
Un abrazo!!
RR

Galgo_gm dijo...

Gracias querido primo, siempre fuiste y serás el primero!

Anónimo dijo...

Colosal, unico calificativo que cuadra con semejante obra literaria. La influencia de la estrabica prosa del querido Licenciado y su legendario "Hombre cuis" es innegable.
Un abrazo grande!!!
Tu papa en la play.

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